Más allá del ranking
Que la educación argentina está en una situación de profundo deterioro desde hace décadas no es novedad. Sin embargo, los malos resultados de las pruebas PISA 2025 actualizan y agregan aristas a un debate que debiera ser central para la dirigencia y la sociedad en general, ya que es el terreno donde se juega el futuro del país.
Según la evaluación internacional, casi ocho de cada diez adolescentes no logran conocimientos básicos en Matemáticas. Seis de cada diez no llegan el nivel mínimo en Lengua y Ciencias. Argentina, que en el 2000 estaba en puestos de vanguardia en América Latina, quedó 72 entre 91 naciones participantes y octavo en Sudamérica, con un retroceso importante respecto de 2022 y también de 2018. Sin embargo, lo más preocupante no es la caída de posiciones en un ranking que puede ser engañoso, sino la evidencia de que parte importante de nuestros adolescentes transita doce años de escolaridad sin adquirir conocimientos elementales para la vida adulta.
La primera reacción de la política no fue alentadora: tanto el oficialismo como la oposición se mostraron más interesados en repartir culpas con mirada electoralista que en aportar soluciones.
No hay duda de que la pandemia dejó huellas, porque los alumnos evaluados tenían unos diez años cuando las escuelas cerraron y atravesaron esa etapa decisiva de su formación alejados de las aulas, pero no puede ser la explicación central.
El retroceso argentino es anterior y tiene causas múltiples: desfinanciamiento, crecientes desigualdades sociales, ausentismo escolar y docente, pérdida de hábitos de lectura y deterioro del clima de convivencia escolar, entre otros.
A este complejo escenario se sumó en la última década la irrupción de las nuevas tecnologías en las aulas, un fenómeno global. Las evaluaciones PISA señalan que más de la mitad de los adolescentes argentinos recurre semanalmente a chatbots de inteligencia artificial para estudiar. No es un factor que explique por sí solo la caída del rendimiento, ya que por ejemplo los países asiáticos que tuvieron los mejores resultados fueron también los que en mayor medida usaron estas herramientas.
Pero su incorporación puede plantear una peligrosa delegación cognitiva en un alumnado sin destrezas básicas en lectura crítica y comprensión profunda. Al mismo tiempo, el celular puede ser un potente distractor: Argentina ocupa el segundo lugar mundial de interrupciones en el aula, con un 54% de alumnos distraídos con pantallas durante las clases de ciencias y que dedican dos horas diarias al “recreo digital” dentro de la escuela.
Nuestro país también quedó último en clima disciplinario. El 58% de los alumnos consultados dijo que el ruido y el desorden interrumpen habitualmente sus clases y el 47% señala que sus compañeros no escuchan al docente. Dos de cada tres adolescentes llegaron tarde al menos una vez durante las dos semanas anteriores a la evaluación.
Pero quizás el dato más preocupante sea la deserción de las familias del ámbito escolar. El 62% de los estudiantes argentinos dijo que sus padres o responsables le preguntaban una vez a la semana sobre sus actividades en la escuela, 5 puntos menos que en 2022. Y solo un 44% charló sobre las dificultades en alguna materia, contra un 52% del mismo año. Sería un error trasladar la responsabilidad primaria del Estado y las instituciones escolares a las familias, pero las cifras revelan problemas anteriores a entrar al aula. Hábitos como la asistencia, puntualidad, lectura regular, responsabilidad y respeto por quien enseña necesitan un respaldo cotidiano en hogares a menudo desintegrados.
El estudio se divulgó en la semana del Día del Maestro, con la figura de Domingo F. Sarmiento como emblema de una generación que, más allá de las críticas, puso a la educación como eje central de su estrategia de construcción de la nación.
Las pruebas revelan que un mayor financiamiento es clave, pero no la única respuesta, ya que países con menores recursos y desarrollo lograron mejores resultados que otros más ricos.
No se trata de volver al pasado ni de copiar recetas mágicas de países muy distintos al nuestro. Pero quizás la pregunta incómoda sea cuánto valor real le asigna hoy la sociedad argentina a la educación. Durante décadas se aprobaron leyes, programas y se formularon promesas que naufragaron en el olvido. Sobran diagnósticos y faltan acuerdos que comprometan efectivamente a gobiernos nacionales, provinciales, docentes, familias y a la sociedad para atacar el rezago educativo.
Si los indicadores se deterioran por años sin que el tema sea prioridad sostenida de las políticas públicas, el problema excede largamente al sistema escolar.
Que la educación argentina está en una situación de profundo deterioro desde hace décadas no es novedad. Sin embargo, los malos resultados de las pruebas PISA 2025 actualizan y agregan aristas a un debate que debiera ser central para la dirigencia y la sociedad en general, ya que es el terreno donde se juega el futuro del país.
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