Una apertura inteligente

Por Redacción

La presentación del presidente Javier Milei en el foro de Davos ha generado como siempre reacciones a favor y en contra. Más allá de las frases altisonantes, como el anuncio de la “muerte” de las ideas del filósofo Maquiavelo, el discurso presidencial fue dual: tuvo fuertes dosis de principismo libertario pero también un giro hacia el pragmatismo económico, en especial en sus encuentros con empresarios y banqueros, rasgo que quedó opacado por las polémicas mediáticas.

Sí quedó claro el cambio de tono en su discurso ante el auditorio principal. Aunque no dejó de ponderar las virtudes del capitalismo liberal y postularlo como “el único sistema justo” para las sociedades y volvió a fustigar al “socialismo” y la intervención estatal, esta vez dejó de lado el énfasis y las descalificaciones de su particular “batalla cultural” contra el feminismo y el progresismo global para centrarse en lo económico, tanto desde lo teórico como desde la defensa de su gestión de gobierno en estos dos años.

El presidente ratificó el alineamiento de Argentina con la política exterior de Estados Unidos en el particular estilo de su presidente Donald Trump, al justificar sin fisuras la intervención militar en Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro, pero sobre todo con su integración en el Consejo de la Paz, un organismo creado por Trump para intervenir en conflictos internacionales por fuera de lo que considera “la burocracia de la ONU” y otras instituciones multilaterales. Sin embargo, tanto en sus presentaciones en foros empresariales como en la entrevista con la agencia internacional Bloomberg mostró un perfil mucho más pragmático. En estos ámbitos ratificó que “Argentina comerciará con todo el mundo” y que buscará que los productos argentinos ingresen desde “América Latina a China”. Ratificó que el gigante asiático “es un gran socio comercial” que no puede ser ignorado por su peso en la economía global y ratificó que su apuesta a una mayor apertura económica incluye Asia, la Unión Europea, el Mercosur y los Estados Unidos por igual.

Aunque está lejano en las posiciones geopolíticas de Milei, el lúcido discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en Davos, destacado por analistas internacionales, ofreció algunas pistas importantes que todo país que no es potencia en el sistema geopolítico debiera considerar.

Carney advirtió que el viejo “orden basado en normas internacionales”, que con todas sus ficciones y defectos rigió en las últimas décadas, se desvanece en favor de la cruda rivalidad entre las potencias antiguas y nuevas (EE.UU., China y ¿Rusia?) y no volverá. El viejo aforisma de Tucídides “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben” parece más vigente que nunca. Ante este mundo más injusto, frágil e impredecible, los países “medios” tienen las opciones de intentar reforzar su autonomía estratégica y “negociar bilateralmente desde la debilidad” con las potencias o crear asociaciones estratégicas y coaliciones para diferentes asuntos de conveniencia nacional, basadas en valores e intereses comunes, diversificando relaciones comerciales y políticas que permitan “reducir las palancas de coerción” de los poderosos.

En este marco, parece claro hoy que, aunque la estrecha asociación estratégica planteada por el gobierno argentino con Washington le ha permitido sortear la crisis financiera y apuntalar la economía, no debiera limitar sus opciones. De hecho, como admite el propio Milei, las objeciones que plantea Estados Unidos a la injerencia china en la región y en el país se enfocan más que nada en temas de seguridad estratégica (energía nuclear, telecomunicaciones, infraestructura crítica como bases espaciales y puertos) que de comercio, ya que de hecho Washington y Pekín mantienen una intensa interdependencia económica en medio de su rivalidad geopolítica. La consolidación del Mercosur y el acuerdo con la UE, con todas sus idas y vueltas, o plantear una relación “adulta” con Brasil más allá de las diferencias ideológicas entre sus presidentes son un buen paso en ese sentido.

Más allá de las dualidades planteadas, sería saludable que la política exterior argentina consolide una apertura comercial inteligente y pragmática. Con un enfoque profesional y consistente de la política exterior, que construya múltiples relaciones de confianza para aprovechar las enormes potencialidades exportadoras que tiene el país, sin perder sus valores de defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos.


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