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EE. UU. no detiene el ritmo de las ejecuciones

Pese a que la ejecución de Timothy McVeigh generó un gran debate mundial sobre la utilidad de la pena de muerte, en EE. UU. las ejecuciones seguirán produciéndose con el consenso de la gente. Casi un 60% de los estadounidenses respalda la medida, cifra que llegó al 80% en el caso del extremista muerto el lunes. Espera su turno el mexicano Raúl Garza.





Washington (EFE).- La ejecución de Timothy McVeigh, que provocó una gran conmoción en el extranjero, no ha producido prácticamente ningún debate en Estados Unidos, donde la pena de muerte seguirá aplicándose sin pausa.

Según la Coalición Nacional para Abolir la Pena de Muerte, mañana, miércoles, será ejecutado en Texas John Wheat, sentenciado por el asesinato de tres niños en 1995.

McVeigh, autor del atentado de Oklahoma que causó 168 muertes en 1995, recibió una inyección letal el lunes, en la penitenciaría federal de Terre Haute, en medio de denuncias de racismo y errores en el sistema judicial del país que no alcanzaron demasiado eco.

Por tanto, si no tienen resultado las gestiones de sus abogados que buscan un aplazamiento o una conmutación de la pena, el martes de la próxima semana serán ejecutados dos mexicanos: Raúl Garza, en Terre Haute (Indiana), y Gerardo Valdez, en la penitenciaría de McAlester, Oklahoma.

Después de la de McVeigh, la de Garza será la segunda ejecución federal que se lleve a cabo en 38 años. Los delitos federales que conducen a la pena de muerte incluyen espionaje, secuestro, sabotaje, asesinato de funcionarios del gobierno y ataque a instalaciones del gobierno, entre otros.

Después de Wheat, Valdez será el ajusticiado número 718 por delitos comunes, en su mayoría asesinatos en primer grado, desde que el castigo fue restablecido en 1976.

La muerte de Garza se producirá al vencer un plazo de seis meses que el entonces presidente Bill Clinton dio en diciembre pasado para que se analizara un informe sobre disparidades raciales y geográficas denunciadas por el Departamento de Justicia.

Esas disparidades raciales fueron rechazadas la semana pasada por el secretario de Justicia John Ashcroft, uno de los más férreos partidarios de la pena de muerte.

Garza fue declarado culpable y condenado a muerte en 1993 por tres asesinatos cometidos cuando dirigía una red de distribución de marihuana en Brownsville, Texas.

Según la Coalición Nacional para Abolir la Pena de Muerte, los abogados de Garza han basado su apelación en el hecho de que no se informó a los miembros del jurado de que tenían como alternativa a la sentencia de muerte una condena a 20 años de cárcel sin posibilidades de libertad bajo palabra.

Agregan que, además, no se presentaron pruebas concretas en su contra y que la condena se basó en declaraciones de tres cómplices a quienes se redujo su sentencia a cambio de su testimonio.

Pero el grueso de este país sigue a favor de la pena de muerte -60-40 es la tradicional relación- mientras que en el caso de McVeigh el apoyo se disparó hasta casi el 80%.

De ahí que tan sólo unos cien miembros de grupos religiosos se congregaran ayer, lunes, frente a la Corte Suprema para protestar contra la pena de muerte y denunciar que ésta no elimina la criminalidad y se aplica contra las minorías en EEUU.

«Lo que nuestro país hace está mal porque si la corte condena a morir a alguien por homicidio premeditado, la pena de muerte es también un asesinato premeditado», dijo Sally Hamlon, quien se sumó a la vigilia convocada por el grupo Familiares de Víctimas de Asesinato contra la Pena de Muerte.

«La pena de muerte nos debería dar vergüenza. Si nosotros, mediante el gobierno, volvemos a matar, estamos dejando que el odio nos venza», dijo Hamlon.

Valdez fue sentenciado por el asesinato en abril de 1989 de su compatriota Juan Barrón durante un altercado en un bar en el que ambos estaban borrachos, según la Coalición.

El hombre ha admitido su culpabilidad y explicó que mató a Barrón porque éste era homosexual.

Sin embargo, según la Coalición, su arresto estuvo lleno de irregularidades porque Valdez no habla inglés, se le interrogó en ese idioma y firmó una confesión que no podía entender.

Perpetua para otro terrorista

NUEVA YORK (Reuters).- Un saudita pasará el resto de su vida en prisión por su papel en el atentado de 1998 contra la embajada de Estados Unidos en Kenya, después de que el jurado no pudo alcanzar el martes una decisión unánime para sentenciarlo a la pena de muerte.

Los 12 miembros del jurado en un tribunal federal del distrito neoyorquino de Manhattan dijeron que estuvieron en desacuerdo sobre si Mohamed Rashed Daoud al-Owhali, de 24 años, debía ser ejecutado por su participación directa en el atentado de Nairobi, donde murieron 213 personas. La indecisión del jurado dejó al juez de la Corte de Distrito, Leonard Sand, la única opción de sentenciarlo a cadena perpetua y sin derecho a libertad condicional.

Al-Owhali se había confesado autor del atentado contra la representación diplomática de Washington en Nairobi en 1998, al conducir personalmente el camión con explosivos hasta cerca de la embajada, y durante el juicio su defensa no buscó ningún atenuante.

Los diez de los once miembros del jurado, formado por siete mujeres y cuatro hombres, señalaron en la explicación de su decisión que condenarlo a la pena de muerte sería convertirlo en un mártir de la causa terrorista, y no serviría nada. Nueve de ellos agregaron que tampoco serviría para reducir el dolor de los familiares de las víctimas. (EFE)

Oklahoma vuelve a la calma

OKLAHOMA CITY (Reuters).- La ciudad ensangrentada por el camión-bomba que Timothy McVeigh detonó en 1995 volvió el martes su atención a recuperar su vida normal, un día después de la ejecución del ex soldado por la explosión que dejó 168 muertos.

Algunos residentes de Oklahoma City dijeron que era una mañana mejor, tras la ejecución de McVeigh el lunes en una prisión federal de Terre Haute, en el estado de Indiana. Otros anticipaban, con una mezcla de ansiedad e incertidumbre, el juicio pendiente del cómplice de McVeigh, Terry Nichols, bajo cargos estatales de asesinato que podrían situarlo en la antesala de la muerte pero que a la vez podrían también resucitar las traumáticas memorias del atentado. «Las cosas se sintieron mejor esta mañana», dijo Richard Williams, herido en la explosión del 19 de abril de 1995 que devastó el edificio federal Alfred P. Murrah. «Me desperté. Leí el periódico. Fue una mañana normal. Creo que todos estamos volviendo a recuperar nuestras vidas… La ejecución tuvo una especie de finalidad para mí», dijo Williams.


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