El abandono, la maternidad y el amor transitan despiadados en la nueva novela de Marcela Alluz

En “La otra de mi”, Marcela Alluz construye un drama narrado desde la voz de “una mujer que se desnuda y va diciendo, en carne viva la historia que la habita”

Redacción

Por Redacción

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Desde la voz de Helena, Alluz (1971) traza el relato de una mujer que “busca algo que la anude a la vida, y con ese afán -desesperadamente- teje la trama de su infancia y retoma puntos en donde la memoria se esconde. Ama locamente a quién puede prescindir de ella y es en esa pasión por otro, que la abandona de manera sistemática donde halla el retorno al primer amor que fue su madre”, reseña la autora a Télam.

Santiagueña en “la morosidad del andar, del hablar, del ir diciendo”, aunque vive en Córdoba desde 1994 por una “contingencia -como define-, necesaria tal vez para poder levantarme cada día con la nostalgia imprescindible que me ha hecho volcarme en la escritura”, Alluz es autora de otras dos novelas, “Contigo en la distancia” y “El dueño del río”. Y además de escritora es psicopedagoga.

En sus tres novelas, protagonizadas también por mujeres, Alluz encuentra en “el desarraigo y la maternidad” un hilo conductor que las hilvana, a pesar de que en “La otra de mí” (Autoria Literaria) hay más osadía y cierta oscuridad. “Aquí -sostiene- se aborda desde la imposibilidad de parir y la poca mano para mecer. Del deseo de criar hijos y la certeza de no saber qué hacer con ellos en determinado momento”.

En su última novela, la escritora explora “el límite de la maternidad y el borde de esa madre cuando acepta la imposibilidad de hacerse cargo de los hijos: esa decisión impensada socialmente, poder transgredir aquello que viene impuesto desde la condición de mujer, decidir dejar de ser madre aún cuando ya hay un sujeto al que se vincularán de por vida aunque más no sea desde el abandono”, explica.

Precisamente, el disparador de la historia fue “contar el estrago que puede producir una madre loca en sus hijos. La idea nace de intentar narrar esta relación tan absolutamente particular que deviene de una mujer puesta a ser madre y qué lazo es el que va tejiendo con cada hijo. A cuál se ata más fuerte, a cuál más débil. De qué está hecho ese vínculo”, repasa.

Y ahí aparece Helena, ese “personaje descarriado”, una mujer oscura “que no puede abrir los ojos bajo el sol que ilumina verdades que ella prefiere velar”, describe su autora. Y aparece como “hija que cuenta, en fragmentos apenas hilvanados, esa historia que asoma entre las grietas de su propia vida y la interpela a juntar los retazos de esa que fue para poder armarse”.

Con Helena como narradora, que rescata de a pedazos su infancia, el amor, la maternidad, el abandono y la identidad, Alluz da vida a un drama despiadado y descarnado narrado en los bordes. Ese juego con los márgenes, con la ironía que revierte sagaz el dolor, “ha sido una manera de que la trama no caiga en la oscuridad inmensa sobre la que Helena se abisma”, analiza la escritora.

“Me ha parecido preciso matizar pequeños detalles que la salven de tanta pena. -cuenta sobre la construcción de la novela- Helena, sin embargo, lleva también adentro ese vaivén que la mece continuamente entre el suicidio y la risa loca. Ese fino hilo que la ata a la vida, tan retorcido que se vuelve fuerte y la ata, definitivamente de este lado del precipicio”.

Sucece que Helena es oscura y fresca a la vez, se divierte, se odia, se acepta, desnuda sin piedad su costado más íntimo y doloroso. Es triste y sin embargo ríe. En palabras de la santiagueña, “Helena acepta su devenir. Se entrega, se rinde, se deja llevar por la marea porque sabe, con la seguridad de los ciegos, con el olfato de los sabuesos, por dónde va el camino”.

Marcela Alluz, esta mujer que narra y se hace más buena, como dice, y que cuando escribe es para “hacer un síntoma en cada historia y salir, ilesa y viva”, conmueve con una novela -oscura, tenaz y reflexiva- que en definitiva bucea por el miedo a la soledad y la necesidad de sentirse querido.

“Intento -reflexiona y concluye sobre su propio andar como escritora- hablar de sensaciones, de ir tocando el cuerpo, ir rozando con la yema de los dedos, presionando lugares de donde brota la emoción. La escritura se trata también de ir rozando la epidermis del otro que lee, con la soberbia maldita de intuir, cuál es el punto exacto en el que brota el espasmo de la carcajada o de la pena”.

Télam


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