El abrazo del oso
Además de manejar la economía nacional, manteniéndose al tanto de todas las variables, y desempeñarse como secretario general de la Unasur, funciones que tendrían plenamente ocupado a cualquier mortal común, Néstor Kirchner fue el líder del notoriamente conflictivo PJ, cargo que lo obligaba a discutir, dialogar y negociar con una multitud de operadores políticos, legisladores, gobernadores, intendentes municipales, sindicalistas, piqueteros y otros, muchos de los cuales, al difundirse la sensación de que el ciclo kirchnerista se agotaba, no ocultaban lo tentadora que les resultaba la idea de trasladarse a organizaciones igualmente justicialistas como la conformada por el Peronismo Federal. Si bien se podría decir que el perfil de “disidentes” como Felipe Solá, Francisco de Narváez y Carlos Reutemann es más conservador que el de los kirchneristas, la verdad es que las diferencias que los separaron tuvieron más que ver con el urticante “estilo K” –y con la lucha incesante por acceder al contenido de “la caja”– que con discrepancias ideológicas, razón por la que es perfectamente factible que la muerte del caudillo haya posibilitado la reconciliación de las dos alas principales de un movimiento que, para frustración de sus adversarios, a través de los años se ha fragmentado una y otra vez por motivos coyunturales para después reunirse. Aunque por ahora virtualmente todos los peronistas dan a entender que están decididos a acompañar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, esto no quiere decir que se alinearán automáticamente detrás de un eventual proyecto reelectoralista a menos que no cupiera duda de que triunfaría con facilidad relativa. Caso contrario, muchos preferirían apoyar a un disidente como Reutemann o acercarse al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, por entender que estarían menos dispuestos que Cristina a ceder ante los reclamos constantes del líder de la CGT y jefe del PJ bonaerense, Hugo Moyano. Consciente de esta realidad, poco antes de la muerte de Néstor Kirchner Moyano se pronunció contra la candidatura de Scioli y a favor de aquella de Cristina, pero, como saben muy bien los peronistas, la imagen pública del camionero es tan mala que, en términos electorales por lo menos, a la presidenta no le convendría del todo contar con su respaldo, aunque por ahora no querrá arriesgarse desairándolo. Los intendentes del conurbano tienen motivos de sobra para oponerse al crecimiento del poder ya desmedido de Moyano, un hombre que se ha habituado a interferir políticamente en sus jurisdicciones y a presionarlos económicamente aprovechando su control de empresas responsables de la recolección de la basura, un negocio lucrativo que consume hasta el 30% de los gastos municipales. Por razones que en el fondo son similares, “los gordos” sindicales están resueltos a frenarlo en defensa de su propio poder, puesto que Moyano no deja de quitarles afiliados so pretexto de que si manejan camiones deberían someterse a su liderazgo y porque prevén que tarde o temprano sus ambiciones desmedidas, y los métodos violentos que son típicos del sindicato de los camioneros, provocarán una reacción social muy fuerte. Moyano mismo parece entender que sería de su interés suavizar la imagen pública nada atractiva que se las ha arreglado para adquirir, de ahí aquella “cumbre” con el líder de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, pero a esta altura no hay mucho que pueda hacer para modificarla. Tampoco lo ayudará la versión de que la noche del martes pasado mantuvo una discusión telefónica acalorada con Néstor Kirchner, criticándolo por no darle el apoyo político que creía merecer. Para Cristina, pues, la alianza con Moyano es un problema mayúsculo. De haber contado su marido con el poder suficiente, hubiera encontrado hacía tiempo el modo de liberarse del abrazo de oso del camionero, aunque sólo fuera porque no le gustaba tener como su socio más visible a un personaje que, en opinión de muchos, estaba en condiciones de dominarlo, pero parecería que, luego de ver reducido su capital político a partir del conflicto con el campo, sentía no tener más alternativa que la de tolerarlo. Desde mediados de la semana pasada Cristina se ve frente al mismo dilema.