El aislamiento presidencial

Por Redacción

ALEARDO F. LARÍA (*)

Existe una abundante literatura sobre gestión empresarial (management) en la que se estudian los tipos de liderazgos y los problemas a los que se enfrentan los jefes de empresa. Los extensos estudios que se han realizado en ese campo pueden trasladarse, sin demasiado riesgo, al terreno de la política. Todo lo que se ha escrito sobre el aislamiento en el que incurren los líderes autoritarios y los riesgos que vienen asociados al ejercicio ilimitado del poder, pueden servir de claves interpretativas para entender ciertos fenómenos característicos de nuestra ciudadela política. Uno de los fenómenos analizados en estos ensayos es la transformación que sufren numerosos líderes cuando alcanzan posiciones de autoridad. Entonces se produce algo extraño. Personas amables, educadas, extrovertidas, se convierten de pronto en personajes impulsivos, desconsiderados y soberbios, incapaces de aceptar sugerencias y opiniones de sus subordinados. La dificultad para contener ciertas tendencias instintivas que despierta el poder aparece como rasgo más notable de estos comportamientos. Los expertos señalan que la capacidad de liderazgo exige ciertas condiciones naturales que facilitan la apertura intelectual a las opiniones de los otros y una disposición al reconocimiento y corrección de los propios errores, inevitables en cualquier labor humana. Por el contrario, se estima que no pueden ser líderes quienes tienen tendencias obsesivas, no saben delegar y confiar, son inflexibles, tienen dificultades para distinguir lo relevante de lo accesorio, no pueden superar un estado de perpetua divagación o carecen de suficiente serenidad y equilibrio interior. Muchos fracasos empresariales han sido consecuencia de las actuaciones de directivos arrogantes, egocéntricos, dispuestos a manipular a los demás. El verdadero líder está dispuesto a reconocer las debilidades y carencias personales, como un modo de corregirlas en vez de esconderlas. Adopta una actitud exigente, que requiere humildad intelectual, fortaleza y capacidad de autocrítica. Aprovecha la capacidad y estimula la autonomía de sus colaboradores. Por lo tanto el liderazgo moderno es más democrático y menos proclive a comportamientos erráticos, al despotismo y las conductas caprichosas. Se apoya en la cooperación de otros y se hace más democrático al buscar la participación de los colaboradores. Por el contrario, la inseguridad de los malos directivos los lleva a controlar a sus subordinados, paralizar sus iniciativas y frenar todo espíritu de autocrítica que permita corregir los desaciertos. Si ahora trasladamos estas pautas de comportamiento al terreno de la política, observaremos que apenas se perciben diferencias en ambos campos. Los líderes políticos autoritarios se muestran incapaces de contar con un equipo de colaboradores de prestigio y prefieren a los ministros grises dispuestos a consentir cualquier iniciativa presidencial, por absurda que parezca. El resultado es que las políticas públicas no son objeto de un debate previo que permita someterlas a un contraste de opiniones y de esta forma limar sus aristas más filosas y arriesgadas. Sólo cabe añadir a estas consideraciones de la psicología de los líderes que nuestro sistema institucional presidencialista opera con poderosos incentivos que estimulan el autoritarismo de los presidentes. El reforzamiento institucional de las facultades del presidente –posibilidad de dictar DNU, uso del veto parcial, falta de regulación del sistema de coparticipación, etc.– han sido expuestos en innumerables estudios sobre los factores que contribuyen al “hiperpresidencialismo”. Lo que ha sido menos estudiado es la influencia del diseño institucional en el estímulo de los factores psicológicos que favorecen la enorme vitalidad de los liderazgos autoritarios. El primer factor de relevancia es la existencia de un mandato blindado del presidente que, elegido por un período rígido, no puede ser removido por el Parlamento, como acontece en los sistemas parlamentarios. Esto confiere a los presidentes un notable sentimiento de fortaleza e impunidad. El blindaje está tan arraigado en nuestra cultura institucional que –como lo evidencia el caso de Lugo en el Paraguay– la remoción del presidente por causas políticas es visto por muchos observadores, inclusive aquellos de inequívoco talante democrático, como un inaceptable escándalo político. Un segundo factor de influencia decisiva en el aislamiento presidencial es la falta de una previsión constitucional que lo obligue a tomar las decisiones en un consejo de ministros. Cuando un observador europeo, acostumbrado a que las decisiones del primer ministro se tomen en la reunión semanal del gabinete, con el refrendo del resto de ministros, recibe la información de que en la Argentina no hay reuniones de gabinete, no puede dar crédito a lo que escucha. La idea de un presidente solitario que toma las decisiones más importantes del país en un reducido cónclave con asesores improvisados o familiares directos, es francamente exótica para la formas de dirección colectiva que caracterizan a las democracias modernas. Un tercer elemento, derivado de las crisis que asolaron la Argentina en los últimos decenios, se suma a los señalados anteriormente: la debilidad extrema de nuestros partidos políticos. Se ha analizado este tema en relación con las dificultades de los partidos opositores para construir una posibilidad real de alternancia. Pero se ha omitido considerar que esa irrelevancia de los partidos perjudica enormemente al propio gobierno, que carece de una correa de transmisión que le permita recibir el feed-back, es decir el retorno de la reacción que generan sus propias políticas en la ciudadanía. En este clima institucional que favorece el arraigo y la expansión de las políticas autoritarias, no deben sorprender los resultados. Desde las decisiones erráticas y enredadas, pasando por los cambios súbitos de rumbo, hasta llegar al uso de un lenguaje presidencial monológico, de sesgo orwelliano –“la guerra es la paz”–, los ciudadanos parecen asistir a una sesión del Cirque du Soleil. Sin embargo, pocos aciertan en reconocer que mientras mantengamos el presente marco institucional, seguirán las acciones de arriesgados trapecistas que actúan sin red, de fantasmales clows –algunos caracterizados de “hombre araña”– y de improvisados funambulistas que apenas logran mantener el equilibrio sobre la cuerda floja. (*) Abogado y periodista