El Bonex II
Si el "Bonex II" resulta ser una forma de transferir los recursos de millones de particulares a las arcas de una clase política incompetente, el daño será enorme.
Hace más de diez años, el «plan Bonex» del entonces ministro de Economía, Erman González, que consistió en la apropiación por parte del gobierno menemista de los ahorros de muchas personas, sirvió para hacer posible la década de estabilidad monetaria que terminó abruptamente a fines del año pasado a causa de la crasa irresponsabilidad de muchos «dirigentes» encabezados por quien había sido el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde. Por desgracia, pocos creen que la nueva versión de aquel «plan» resulte ser igualmente eficaz. El escepticismo no se debe a los detalles técnicos, que seguirán discutiéndose, ni a que en esta ocasión la confiscación supuesta será decididamente mayor que en la anterior porque en el ínterin muchos habían comenzado a tomar en serio las promesas de sus gobernantes, sino a que es tan profunda la desconfianza que merece la «clase política» nacional, que los más dan por descontado que habrá despilfarrado todo el dinero secuestrado bien antes de llegar la fecha de vencimiento de los bonos. De ser así, la recesión que ya ha durado tantos años será permanente, porque ningún país que insiste en descapitalizarse hasta más no poder estaría en condiciones de emprender un proceso de crecimiento «sustentable».
Sin embargo, a juzgar por el desempeño vacilante del gobierno improvisado del presidente Duhalde en sus apenas cuatro meses de vida, esto es precisamente lo que ocurrirá. Al parecer persuadido de que lo único que realmente importa es impresionar al FMI sin privarse del gusto de presentar cualquier «concesión», por minúscula que fuera, por un triunfo propio cuando en realidad se trata de otro síntoma de inoperancia, aún no ha empezado a pensar en las medidas drásticas que serán claramente necesarias para que la Argentina finalmente logre frenar una caída que podría resultar mucho más penosa de lo que la mayoría aún supone. Huelga decir que cuanto más postergue la toma de decisiones, más severas éstas tendrán que ser. Al concentrarse en las negociaciones con el Fondo, empero, Duhalde ha brindado a los legisladores y a los gobernadores provinciales buenos pretextos para intentar ganar más tiempo, como si creyeran que de mantenerse en sus trece algunos meses más el desbarajuste se esfumaría. Por supuesto que no lo hará. Mientras los responsables de gobernar el país se resistan a hacerle frente, continuará cobrando dimensiones que serán cada vez más alarmantes. Asimismo, al correr de los días la capacidad nacional para reaccionar propende a menguarse: la desesperación es contagiosa y también lo es la tendencia a hacer de la protesta un fin en sí misma.
Si el «plan Bonex II» resulta ser meramente una forma ya nada original de transferir, esta vez de manera definitiva, los recursos de millones de particulares a las arcas de una clase política incompetente y a aquellas de los grupos empresarios que le son afines, su utilidad será limitada y el daño que provocará será enorme. En cambio si, para sorpresa de muchos, se logra el propósito de impedir el drenaje del corralito que están impulsando ciertos jueces que, por las razones que fueran, están contribuyendo a potenciar la crisis al estimular la huida hacia el dólar, podría constituir una solución sin duda injusta y dolorosa pero así y todo eficaz para el «problemón» planteado por el intento de impedir que los ahorristas -los que por razones muy comprensibles se niegan a creer en las bondades de la pesificación- se dolaricen a cualquier precio. Con todo, el eventual fracaso o éxito de la medida que instrumentará el gobierno luego de haberse negado a considerarlo por temor a las repercusiones políticas no dependerá de lo que suceda en las primeras semanas en las que con toda seguridad los bonos conservarán sólo una parte muy reducida de su valor nominal inicial, sino en la evolución del país en los próximos años, motivo por el que tanto a los inmediatamente perjudicados como a los demás les convendría esforzarse por asegurar que, por fin, la Argentina logre dotarse de un gobierno que sea a un tiempo realista, sensato y lo bastante vigoroso como para actuar con rapidez y contundencia ante dificultades supuestamente menores que en un lapso muy breve pueden adquirir proporciones monstruosas.
Hace más de diez años, el "plan Bonex" del entonces ministro de Economía, Erman González, que consistió en la apropiación por parte del gobierno menemista de los ahorros de muchas personas, sirvió para hacer posible la década de estabilidad monetaria que terminó abruptamente a fines del año pasado a causa de la crasa irresponsabilidad de muchos "dirigentes" encabezados por quien había sido el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde. Por desgracia, pocos creen que la nueva versión de aquel "plan" resulte ser igualmente eficaz. El escepticismo no se debe a los detalles técnicos, que seguirán discutiéndose, ni a que en esta ocasión la confiscación supuesta será decididamente mayor que en la anterior porque en el ínterin muchos habían comenzado a tomar en serio las promesas de sus gobernantes, sino a que es tan profunda la desconfianza que merece la "clase política" nacional, que los más dan por descontado que habrá despilfarrado todo el dinero secuestrado bien antes de llegar la fecha de vencimiento de los bonos. De ser así, la recesión que ya ha durado tantos años será permanente, porque ningún país que insiste en descapitalizarse hasta más no poder estaría en condiciones de emprender un proceso de crecimiento "sustentable".
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