El camino chileno
Después de una larga serie de negociaciones que en distintas ocasiones parecieron estar a punto de fracasar, el gobierno socialista de Chile liderado por el presidente Ricardo Lagos acaba de firmar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, logrando de este modo una relación que será mucho más estrecha, para no decir «carnal», con la superpotencia que la disfrutada por la Argentina en los años noventa. Lo ha hecho sin haberse preocupado demasiado por los cucos «ideológicos» que tanto incidieron en las actitudes y en la conducta de nuestros gobernantes que, a partir de la caída del presidente Fernando de la Rúa, se mostraron más interesados en subrayar el horror que según ellos les ocasiona «el neoliberalismo» o la hostilidad que sienten hacia la política exterior estadounidense, que en tomar medidas prácticas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los habitantes del país. Es que los políticos chilenos, lo mismo que sus equivalentes de diversos países de Asia oriental que han conseguido dejar atrás la extrema pobreza ancestral, entienden muy bien que las ventajas para el conjunto de poder comerciar libremente con Estados Unidos, país cuyo mercado ofrece oportunidades que son incomparablemente mayores que las posibilitadas por el Mercosur, importan mucho más que las dificultades que tendrían que enfrentar aquellas empresas, agrupaciones profesionales o sectores como el conformado por los empleados públicos que se han acostumbrado a la ineficiencia propia de las sociedades habituadas a operar detrás de altas barreras proteccionistas. Si bien nadie en Chile duda de que el acuerdo con Estados Unidos supondrá muchos problemas, los más saben que negarse a hacerles frente sólo serviría para perpetuar el atraso, que tomar «apertura comercial» por sinónimo de «destrucción de la industria» no puede ser sino suicida.
Aunque a esta altura ya es evidente que el rumbo emprendido por Chile es mucho más promisorio que las distintas «alternativas» reivindicadas por los ideólogos latinoamericanos y sus amigos de otras partes del mundo, la verdad es que es poco probable que sus vecinos lo elijan. Por cierto, no lo hará el gobierno encabezado por Néstor Kirchner, mandatario que ha subrayado que por ser hombre de «convicciones» firmes no se permitirá seducir por el «pragmatismo», o sea, que antepone su compromiso con sus propias ideas a los resultados eventuales de cualquier intento de gobernar en base de ellas. Asimismo, en sectores influyentes ya se da por descontado que el «neoliberalismo», cuando no el capitalismo como tal, ha fracasado por completo en nuestro país, de modo que será necesario reincidir en algunas de las prácticas tradicionales del populismo corporativo criollo. Puesto que no existen motivos para suponer que las políticas que se insinuaron servirán para que la Argentina comience a reducir la brecha que ya la separa del «Primer Mundo», aunque es posible que permitan un año o dos de crecimiento aceptable, es de prever que tarde o temprano el país opte por seguir un derrotero similar al chileno. Claro, sería mejor que lo hiciera ahora mismo, pero mientras dure la situación política actual no podrá producirse cualquier iniciativa en tal sentido.
Después de pasar por un período agitado y sangriento signado por guerras ideológicas, con escasas excepciones los chilenos han decidido dejar de sacrificarse en aras de tales obsesiones para concentrarse en atenuar las muchas lacras sociales y problemas económicos muy graves que comparten con los demás pueblos de América Latina. En cambio, en el resto de la región las élites en la actualidad más influyentes siguen pendientes de las abstracciones ideológicas que tanto contribuyeron a afianzar el subdesarrollo. Puede que en la mayoría de los casos el fervor así manifestado sea sincero, pero en otros tiene más que ver con la defensa de intereses mezquinos que con el «idealismo» o con el «utopismo» porque, como en el Medio Oriente, en América Latina son muchos los individuos o grupos que tienen muy buenos motivos para oponerse a la modernización que si bien resultaría beneficiosa para millones de personas, privaría de sus privilegios a aquellos políticos y otros que han resultado ser más que capaces de prosperar en medio de la miseria generalizada.
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