El cielo



palimpsestos

Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com

El mundo moderno ha dificultado y en ocasiones birlado un espectáculo que la humanidad ha contemplado desde su niñez primera: el cielo. Resulta difícil hoy en las grandes metrópolis poder contemplar en toda su dimensión el cielo que aparece parcelado o ajedrezado por la irrupción en su bóveda de grandes edificios, cartelería o simplemente la tupida avalancha de cemento que se cierne sobre nosotros ahogando nuestra perspectiva cada vez que levantamos la vista hacia el firmamento. Esto se dificulta mucho más, incluso hasta en los pueblos pequeños, cuando pretendemos observar el cielo durante la noche. Es casi imposible debido a la cada vez más fuerte intención de desterrar la oscuridad en los sitios en donde vivimos. *** Cuando niños solíamos jugar a descubrir determinadas agrupaciones de estrellas como las tres Marías, los siete cabritos, la cruz del sur, etc.; eso es hoy imposible ya que las estrellas apenas se divisan en medio de tanta luz. Los chicos y los jóvenes de hoy ven poco y miran poco el cielo estrellado y su particular belleza y misterio. Si algo conocen se debe a mapas estelares vistos en internet. Aunque nunca fui muy perspicaz a la hora de descubrir constelaciones, no logro ver ni el escorpión, ni piscis, ni centauro…; pero el espectáculo del cielo estrellado patagónico se parece a muy pocos, y seguramente vos lector, lectora tendrás el recuerdo inmarcesible de alguna noche estrellada o de algún amanecer u ocaso en el que el cielo te acompañó en la dicha o en el barranco de tu tristeza. Sí, porque el cielo nos ha servido de consuelo y belleza, nos ha provocado asombro y misterio, también escalofrío metafísico; en su bóveda blanca resalta la pequeñez humana, la conciencia finita, y en algunos la esperanza de una futura morada. Ah, el cielo, o los cielos que pintaban Sisley o Boudin, los cielos nocturnos y siempre brumosos de Grimshaw, las noches estrelladas de Vincent. El cielo añorado y singular de Fray Luis en aquella noche serena: “Cuando contemplo el cielo/ de innumerables luces adornado/(…) Morada de grandeza,/templo de claridad y de hermosura”; también el cielo de Fray Luis, al igual que el de los neoplatónicos está cargado de revelaciones “¿Cuándo será que pueda,/ libre desta prisión volar al cielo,/ Felipe, y en la rueda,/que huye más del suelo, /contemplar la verdad pura sin duelo?”. El cielo o los cielos como lo llamaban los teólogos medievales que creyeron en un cielo estamentado y jerárquico, como la sociedad en que vivían; así tenían el firmamento con sus estrellas fijas, luego el cielo de aguas, y después, vedados a nuestros ojos, el cielo de los espíritus (el paraíso) y el cielo de los cielos, la morada de dios. Un cielo más sencillo, quizás, era el que estudiaba desde su pequeña isla de Mileto, unos mil quinientos años antes, Tales y que le reportó fama de sabio al predecir algunos eclipses; aunque su obsesión por el éter también provocó el hazmerreír de muchos con aquella anécdota de su caída a un foso mientras contemplaba las estrellas. Los mismos deseos por conocer sus misterios lo llevaron a Galileo al borde de la hoguera, sus palabras bien las podría haber dicho Tales: “la ciencia está escrita en el más grande de los libros, abierto permanentemente ante nuestros ojos, el Universo; pero no puede ser comprendido a menos de aprender a entender el lenguaje y a conocer los caracteres con que está escrito”. El cielo o los cielos que vimos a lo largo de nuestra vida, el cielo que consuela, que une a los enamorados, que evoca a los ausentes…el cielo, en la mirada de los que amamos.


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