El conservadurismo triunfante

Redacción

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

Para Cristina, se trata de un juego de suma cero: si algunos ganan más, otros tendrán que conformarse con menos. En base a este silogismo rudimentario, por cadena nacional culpó a los trabajadores ricos, los que perciben de bolsillo algo más de 12.300 pesos mensuales, de las penurias de los “humildes”, dando a entender que si fueran un poquito más solidarios todos disfrutarían de un buen pasar.

De tomarse en serio el planteo ensayado por la presidenta, millones de familias viven en la miseria más absoluta porque una “oligarquía”, que incluye a muchos obreros, se las ha arreglado para privarlas del dinero que de otro modo sería suyo. En boca de un político como el exmandatario uruguayo José “Pepe” Mujica, el que nunca ha manifestado interés alguno en lujos materiales, tal argumento no parecería desubicado, pero sucede que Cristina es una multimillonaria que se ha hecho tan notoria como su amiga, la tucumana Beatriz Rojkés, por su afición extravagante a la compra de bienes costosos en los emporios de Nueva York, Roma, París y otros paraísos consumistas. Según sus propios principios, pues, Cristina podría ayudar a combatir la pobreza despojándose de las cuantiosas riquezas que ha sabido acumular.

Sería un gesto muy lindo que muchos celebrarían pero, por desgracia, no serviría para nada. Una razón por la que casi todos los empleados del país cobran salarios tercermundistas consiste precisamente en la adhesión de los dirigentes políticos nacionales a la noción de que la economía es un juego de suma cero y que lo que más importa no es cómo confeccionar la torta sino cómo dividirla. Convencidos de que si un sector prospera siempre será a costa de otros, los dirigentes políticos suelen concentrarse en impedir que el campo, digamos, o la industria, levanten cabeza, con el resultado de que la Argentina sigue perdiendo terreno frente no sólo a países europeos de cultura parecida como España e Italia sino también a sus vecinos: ya se ha visto aventajada por Chile y Uruguay. No sorprendería que pronto la superaran Paraguay y Bolivia.

Todo en su medida y armoniosamente, decía el marido de Evita, pero lo que puede ser deseable en muchos ámbitos raramente lo es cuando se trata de una economía moderna. Si bien en los países más avanzados en tal sentido el Estado suele procurar atenuar el impacto social de los cambios bruscos con grandes colchones asistenciales, los dirigentes políticos más lúcidos son conscientes de que sería peor que inútil intentar frenar el desarrollo sólo porque perjudica a algunos. Cuando tales dirigentes buscan un ejemplo del destino que sufren sociedades que, por razones supuestamente solidarias, se aferran con tenacidad excesiva a un orden determinado, lo encuentran en la Argentina, un país extraordinariamente conservador que, para extrañeza de norteamericanos, europeos, japoneses, surcoreanos y últimamente chinos, parece resuelto a permanecer en la primera mitad del siglo pasado, negándose a emprender reformas que en otras latitudes han permitido a centenares de millones de personas salir de la pobreza extrema.

En todas partes los políticos pueden elegir entre aprovechar la miseria ajena para conseguir los votos que necesitan para continuar gozando de los privilegios a los que se han acostumbrado y tratar de liberar a los atrapados en la pobreza para que por fin puedan abrirse camino. A quienes optan por la primera alternativa les gusta creerse benefactores caritativos que, a diferencia de sus homólogos de otras latitudes, se preocupan por aquellos que no están en condiciones de valerse por sí mismos. Son paternalistas que, como Cristina y Beatriz, se felicitan por la solidaridad que sienten por los “humildes”, lo que a buen seguro les es muy agradable.

Con todo, aunque la mayoría de los dirigentes locales piensa así, hay una minoría que ve en los pobres una reserva inmensa de capital humano que, debidamente explotado, contribuiría más a hacer de la Argentina un país auténticamente rico de lo que haría cualquier cantidad concebible de petróleo o kilómetros cuadrados sembrados de soja. Los del montón dicen saber que, a partir del inicio de la Revolución Industrial hace un par de siglos, la inteligencia aplicada vale cada vez más y los recursos naturales cada vez menos, de ahí el progreso anotado por países como Japón y Suiza y el atraso de los de África central, que están rebosantes de materias primas pero se niegan a actuar en consecuencia.

El paternalismo asfixia. Tratar a los integrantes del treinta por ciento o más de la población que es pobre según las normas nada generosas vigentes aquí, como víctimas impotentes de la falta de justicia social para entonces limitarse a darles limosnas a través de esquemas clientelares es consagrar la inmovilidad.

También motiva el rencor de los asalariados que con sus impuestos se ven obligados a financiar los esfuerzos redistributivos de gobiernos que se imaginan progresistas. Entre los habituados a calificar de parásitos o vagos de miércoles a quienes ni trabajan ni estudian están muchos que hacen su trabajo a cambio de una magra recompensa. Bajo la influencia de las ideas foráneas y los valores que las acompañan que heredaron de sus abuelos o bisabuelos, entienden que cada uno debería ser responsable de su propio destino.

¿Son hipócritas los paternalistas que, en nombre de la solidaridad, se oponen a cualquier intento de modificar el orden socioeconómico consolidado a mediados del siglo pasado y que, a juzgar por los resultados concretos, ha fracasado de manera escandalosa, para que se asemeje más a los que se dan en sociedades más ricas y más igualitarias? Todo sería más sencillo si lo fueran, si quisieran mantener paupérrima la Argentina porque es de su interés que los pobres se cuenten por decenas de millones, pero la verdad es que, a su modo particular, son personas honestas que sinceramente creen estar luchando con valentía a favor de los “humildes” y en contra de una multitud de enemigos del bienestar popular como los buitres yanquis, el Fondo Monetario Internacional, los economistas neoliberales, los empresarios más ricos y, desde luego, aquellos oligarcas sindicales que el martes pasado paralizaron el país. Si se dignaran a prestar atención a la evidencia concreta, cambiarían de actitud pero, es innecesario decirlo, nunca se les ocurriría dejarse influir por algo tan insignificante.

JAMES NEILSON

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