El cronista de las injusticias de la vida real
Eduardo Belgrano Rawson
Eduardo Rouillet
Eduardo Belgrano Rawson es un cronista de la realidad, un transformador de escenas de la vida real en preciosos relatos-alegatos. El escritor nacido en san Luis estará en la Feria el miércoles, a las 19, para dar una charla sobre “La pulsión de narrar”. Su pasión por contar lo llevó a volcarse al periodismo cuando estaba en la mitad de la carrera de Derecho. Trabajó en el semanario “Primera Plana”, el diario “La Opinión” y la revista “Temas y fotos”, cursó cine y escribió guiones de historieta. De 1975 en adelante, hizo varios viajes a Tierra del Fuego que serían el disparador para su novela “Fuegia” (91), sobre el exterminio de indígenas en esa provincia. Su más reciente obra de no ficción, “El sermón de La Victoria”, se publicó primero en Alemania y luego como folletín semanal en “Clarín”. En 2013 salió su segundo libro de relatos, “Vamos fusilando mientras llega la orden”. Sus primeras novelas fueron “No se turbe vuestro corazón” y “El náufrago de las estrellas” y luego llegarían “Noticias secretas de América”, “Setembrada” , “Rosa de Miami” y “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, traducidas en diversos países del mundo. Por lo general, Eduardo vive en El Durazno, en las sierras de San Luis, y en Buenos Aires; ocasionalmente, en París y México. –En “Vamos fusilando…”, dentro del relato “Un soldado sólo conocido por Dios”, usted escribió: “Con los años, todo se va diluyendo… Malvinas siempre vuelve a mí como una señal clara del despropósito y la sinrazón de los poderes desmadrados…”. –Fui a Malvinas hace unos pocos años, a dar un vistazo a las posiciones de Monte Longdon, Monte Williams, Dos Hermanas, que rodeaban Puerto Argentino. Ahí estaban los rastros de la batalla. Era como una expedición arqueológica. Yo me encontraba con las cocinas de hierro oxidado, los restos de borceguíes y mantas, los casquillos de municiones, una que otra lata de conserva, algún grafiti en la piedra… Desperdicios, en fin, de la vida de los soldados durante aquellos setenta y cuatro días. Volví a Buenos Aires con tres crónicas que convertí en relatos, que es lo mejor que me sale. Son las historias de “Tres disparos”: el misil que lanza un (avión) Super Étendard argentino contra una fragata enemiga; el morterazo que mata a tres amigos argentinos que combaten en Longdon y el cañonazo de una fragata inglesa que da sobre el techo de la casa del maestro, matando a tres inglesas, que serán las únicas víctimas civiles de la guerra. Son narraciones de tono intimista, pero que reflejan la esencia de los sucesos. Ese conflicto fue una estupidez soberana, convalidada festivamente por nosotros como si fuera el Mundial. Luego quedó a cargo de otros, que no fuimos nosotros ni los generales que la desataron, sino los combatientes. La guerra no es asunto de los militares sino un grave problema de toda una nación. Todas esas aventuras llevan un sello común: se hacen en nombre de la bandera, el territorio, la dignidad, pero siempre terminan mal. Así sucedió con los alemanes, los fascistas italianos y la casta militar japonesa. Un buen sitio para preguntarse estas cosas es un campo de batalla. ¿Qué habrá pasado por la cabeza de una berlinesa, en 1945, al ver su ciudad reducida a escombros? Pongamos que fuera una de las centenares de miles que los rusos acababan de violar. Esa alemana, se habrá consolado pensando en la bandera, el territorio o la pureza racial? ¿Qué habrá pensado un soldado argentino en 1982, a quien las esquirlas de un cañonazo naval le volaron las piernas, tal vez lo dejaron ciego? ¿Se habrá dicho, ‘no importa, la patria merecía mucho más’, o ‘¡viva la patria! Las Malvinas por fin son nuestras’? La guerra, a la distancia, parece genial cuando la libran otros. A los que estuvieron ahí, no hay manera de pagarles. Deberían estar desfilando, cada 25 de mayo, a la cabeza de las fuerzas armadas, para ser honrados como es debido. Pero no hay nada de eso. Los veteranos son una presencia molesta, la sombra de una mala conciencia que nos remonta al pasado y nos hace evocar el momento en que brincábamos en la plaza, vivando a un personaje que ni siquiera tendría la decencia de combatir en las islas. –Una vez expresó, en una entrevista: “Uno lucha con las palabras”… ¿Cómo es esa pelea, incide en ella la precisión al escribir, la emoción, la necesidad de ser claro, de ser fiel a los borbotones de sus pensamientos? –Dicen que uno recién tiene la novela cuando terminó el borrador. Para mí, ahí empieza lo mejor. Entre mis apuntes y el final, habrá enormes diferencias, al cabo de un trabajo de montaje, supresiones, añadidos, intercalados y añejamiento en cajones, hasta obtener un producto discreto. Del repentismo del borrador paso a un trabajo más reflexivo, que va conectando los hilos del entramado. –¿Cómo procesa las diferentes lecturas que surgen de sus libros y los lectores le hacen saber? –Encontrarse con los lectores es lo más gratificante de todo. Uno descubre si la botella que alguna vez tiró al mar, sin mayores ilusiones, finalmente llegó a destino. –¿La escritura es el final de un proceso que madura en su mente, surge de un impulso, de una palabra? –Todo eso junto, quizás. Otras cosas afloran de modo más imperioso. Uno siente la necesidad de contarlas. Eso pasó con “El sermón de La Victoria”. La novela transcurre en San Luis, en 1989. Una noche de octubre, Nelson Madafs, que tiene diecinueve años, está con uno de sus hermanos en las puertas del Colegio Nacional, esperando la salida. Su hermano va a presentarle una chica. Charlan unos minutos entre los cuatro y luego cada pareja se va por su lado. La chica que va con Nelson se llama Claudia (Díaz) y tiene quince. Nelson la acompaña hasta la casa y se despiden con un beso en la mejilla. Al otro día, ella desaparece y la gente sale a exigir justicia. La cosa se pone pesada, porque reclama con sus marchas del silencio, hermana (Martha) Pelloni a la cabeza. Recordemos que esto sucedió el mismo año que asesinaron a María Soledad (Morales) en Catamarca, un hecho que sacudió a la cúpula del emirato local. En San Luis se hace cada vez más palpable la urgencia de encontrar algún culpable. Alguien ordena la cacería y una noche tocan la puerta de Nelson. Al cabo de salvajes torturas, él confiesa que realmente la asesinó. Va a dar a la cárcel y su familia queda en la ruina. Caen presos su viejo, su hermana y la novia de su hermano. La madre de la amiga también va presa, acusada de abortera. Los hermanos de Nelson van perdiendo el trabajo, pues su apellido se ha convertido en una mala palabra. Sus hermanitos deben dejar la escuela y a la más pequeña la quitan de la escolta de la bandera. Como no aparece el cadáver, la justicia, a la larga, no tiene otro remedio que liberarlo y Nelson sale de la cárcel con SIDA. Muchos años después, ella vuelve lo más tranquila, pues sólo se había ido de su casa, rumbo a otra provincia. “El Sermón de La Victoria” es una novela de la vida real. Son historias de amor, de amistad y de muerte, al vaivén del poder político, la policía y la justicia…
Eduardo Belgrano Rawson
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