El derecho a morir

Es muy positivo que los parlamentarios de un país como Holanda hayan tenido el coraje moral para dar un paso en favor de la eutanasia.

Redacción

Por Redacción

Una consecuencia previsible del avance vertiginoso y al parecer irrefrenable de la medicina y de la creación así supuesta de tecnologías cada vez más ingeniosas destinadas a permitir que virtualmente cualquier vida humana, por tenue o dolorosa que fuera, pueda ser prolongada cada vez más, ha sido la reanudación del debate en torno de la eutanasia, o sea, del “buen morir”. Aunque se trata de una práctica que es relativamente común en todas partes, el grueso de los médicos, para no hablar de los legisladores, del mundo nunca ha querido hablar mucho de ella, por entender que es mejor la ambigüedad imperante, y porque, en el caso de los primeros, aludir a sus propias experiencias podría suponerles riesgos legales. Huelga decir que ésta no es la opinión de los holandeses. Dispuesta como siempre a hacer caso omiso de los tabúes detrás de los cuales suelen ocultarse sus equivalentes de otros países, la Cámara de Diputados de Holanda acaba de aprobar, por una mayoría muy amplia -de 104 votos contra 40-, un proyecto de ley que permite, conforme a reglas muy claras, la eutanasia de los enfermos adultos terminales que quieran poner fin a sus sufrimientos y morir con dignidad.

Puesto que transcurren pocos días sin que se anuncie por lo menos un nuevo descubrimiento médico que serviría para postergar la muerte definitiva de los pacientes, es probable que andando el tiempo otras sociedades menos valientes que la holandesa también aprueben legislación similar, pero sería realmente sorprendente que la Argentina estuviera entre las pioneras. Para alivio de los reacios a afrontar problemas éticos muy espinosos, la actitud de la Iglesia Católica es tan sencilla como tajante: se opone a cualquier forma de eutanasia -en opinión del Papa, “viola la dignidad de la persona humana”-, de suerte que desde su punto de vista ni siquiera existe la posibilidad de celebrar un debate en torno del tema. Pero, mal que les pese a los muchos que piensan así, a decenas de miles de enfermos terminales, sus parientes y los facultativos que los atienden, no les será tan fácil decidir en favor o en contra de aceptar los beneficios en ocasiones dudosos de la ciencia médica moderna. ¿Es más digna una muerte horriblemente penosa y humillante luego de varios meses, acaso años, de tratamiento obviamente inútil, sin esperanza de remisión alguna, a una elegida antes de iniciarse lo que resultaría ser una agonía atroz? Los comprometidos con ciertas confesiones religiosas dicen saber la respuesta, pero los demás no comparten su seguridad.

En muchos países, la eutanasia, lo mismo que el aborto, es frecuente a pesar de estar prohibida por la ley. Lo es porque es natural que las personas quieran incidir en su propio destino y que, cuando es cuestión de enfermos terminales, los familiares o médicos tengan muchas oportunidades para desistir de obligarlos a someterse a operaciones quirúrgicas que no los curarían o para facilitarles los paliativos que reclaman a sabiendas de que reducirán su expectativa de vida. En tales casos sólo los directamente involucrados sabrán si ayudarán al paciente a morir tal como quería o si se limitarán a no esforzarse demasiado por prolongar su vida. Otro problema tiene que ver con los costos de la tecnología médica: ¿es inmoral quitar a una persona que pide morir un aparato muy caro que podría beneficiar a otro de menos recursos económicos con buenas perspectivas de recuperarse? Puede que algunos no tengan dudas en cuanto a la respuesta, pero a la mayoría los dilemas de esta clase, los cuales se multiplicarán en los próximos años, seguirán planteando dificultades éticas apenas superables. Por eso, es muy positivo que los parlamentarios de un país como Holanda, al cual nadie en su sano juicio consideraría menos respetuoso de “la vida” que el nuestro o que muchísimos otros, hayan tenido el coraje moral necesario para afrontar la cuestión y para procurar establecer un conjunto de reglas a fin de impedir los eventuales abusos y a asegurar que todos los participantes de sucesos que siempre son desgarradores no tengan motivos para temer que la tragedia de la dolorosa muerte de un ser querido no se vea seguida por un proceso legal pesadillesco instigado por personas de creencias rígidas que sean radicalmente distintas de las propias.


Una consecuencia previsible del avance vertiginoso y al parecer irrefrenable de la medicina y de la creación así supuesta de tecnologías cada vez más ingeniosas destinadas a permitir que virtualmente cualquier vida humana, por tenue o dolorosa que fuera, pueda ser prolongada cada vez más, ha sido la reanudación del debate en torno de la eutanasia, o sea, del “buen morir”. Aunque se trata de una práctica que es relativamente común en todas partes, el grueso de los médicos, para no hablar de los legisladores, del mundo nunca ha querido hablar mucho de ella, por entender que es mejor la ambigüedad imperante, y porque, en el caso de los primeros, aludir a sus propias experiencias podría suponerles riesgos legales. Huelga decir que ésta no es la opinión de los holandeses. Dispuesta como siempre a hacer caso omiso de los tabúes detrás de los cuales suelen ocultarse sus equivalentes de otros países, la Cámara de Diputados de Holanda acaba de aprobar, por una mayoría muy amplia -de 104 votos contra 40-, un proyecto de ley que permite, conforme a reglas muy claras, la eutanasia de los enfermos adultos terminales que quieran poner fin a sus sufrimientos y morir con dignidad.

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