El desarrollo no es nada normal
james neilson
SEGÚN LO VEO
Los obispos católicos no son los únicos que hablan como si creyeran que la prosperidad universal es un fenómeno normal, o por lo menos debería serlo, y que por lo tanto es escandaloso que aún haya pobreza en el mundo. También suelen hacerlo políticos, sindicalistas, intelectuales y muchos otros. Parecen convencidos de que, si no fuera por la codicia, malignidad o estupidez de ciertos personajes determinados –banqueros, oligarcas, funcionarios corruptos, neoliberales insensibles–, todos disfrutarían de una abundancia de bienes materiales y espirituales. Tal actitud, atribuible, quizás, al deseo de subrayar la superioridad moral propia, resulta tan común que a pocos se les ocurre cuestionarla, pero no es necesario ser un escéptico retardatario para entender que se trata de una ilusión acaso bienintencionada pero así y todo perversa. Por desgracia, la prosperidad colectiva no es normal en absoluto sino artificial, en el sentido recto de la palabra. Donde se encuentra, es consecuencia de los esfuerzos de muchos millones de personas que, a través de varias generaciones, se han combinado para crearla, dotándose de las instituciones políticas y sistemas legales apropiados. En cambio la pobreza sí es natural. A menos que una proporción suficiente de los miembros de una comunidad determinada hagan lo necesario para contribuir a generar riqueza, aprovechando la experiencia de quienes ya les han mostrado el camino, el conjunto nunca podrá alcanzar el nivel de vida de las sociedades que en la actualidad son consideradas desarrolladas. Hay algunas excepciones, entre ellas los emiratos petroleros, a esta regla deprimente, pero en el resto del mundo el atraso se debe en buena medida a la resistencia de las elites socioeconómicas y políticas a aprender de lo ya hecho en otros países. Hoy en día, pocos reivindican la pobreza como tal. Casi todos concuerdan con los eclesiásticos en que resulta “escandalosa”, pero puesto que en muchas partes del mundo no pueden aceptar que es el resultado inevitable de su propia negativa a impulsar las reformas radicales que serían necesarias para superarla, se dedican a rabiar contra el imperialismo occidental o, en el caso de los populistas latinoamericanos, el “neoliberalismo”, credo que, como sabemos, privilegia los números por encima de los seres humanos, dando a entender así que el hecho de que el grueso de sus compatriotas viva en la miseria no tiene nada que ver con su propia conducta. Por suponerse natural la prosperidad y aberrante la pobreza, las elites acomodadas de países como la Argentina en que la mayoría ha de conformarse con ingresos sumamente magros se sienten constreñidas a asumir una postura que podría calificarse de paternalista. Se creen solidarias ya que quisieran ayudar a los pobres que según ellos son “víctimas” de la falta de “justicia social”, pero a menudo sus esfuerzos sólo sirven para perpetuar, cuando no agravar, los males que dicen deplorar. Reacios como son a “culpar a la víctima” por su condición desafortunada, raramente procuran alentar a los pobres a modificar drásticamente su forma de actuar. Quienes intentan hacerlo, corren el riesgo de verse acusados de estar más interesados en defender un statu quo intolerable que en luchar contra un orden social y económico injusto. Hace algunos años, el padre Luis Farinello, un clérigo célebre por su sensibilidad lacrimosa, procuró mejorar la condición de algunos marginados dándoles empleos en un taller, pero pronto tuvo que confesarse derrotado porque los beneficiados por su generosidad no entendían nada de “la cultura de trabajo”. Se trata de un problema mayúsculo que, por cierto, no se limita a los llamados “bolsones de pobreza” de la Argentina. Se ha difundido mucho en distintas partes de Estados Unidos y Europa en que la propensión progresista a dar por descontado que, puesto que nadie merece ser pobre, es deber de los demás subsidiar a los que por cualquier motivo se afirman incapaces de valerse por sí mismos, tuvo como resultado una expansión tal de los programas sociales que los encargados de administrarlos llegaron al extremo de identificar como “víctimas” a personas que, por una cuestión de orgullo, rehusaron aceptar los beneficios que les fueron ofrecidos. Mientras que en los países de matriz occidental la mayoría de los dirigentes políticos y, desde luego, de los intelectuales, ha sido reacia a “culpar a la víctima” cuando de la pobreza se trata, la actitud de sus homólogos de Asia oriental es muy distinta. Los comunistas chinos, inspirándose en su propia versión de las enseñanzas de Karl Marx y también en la gran tradición confuciana, no vacilan en subrayar la responsabilidad de cada uno por su propio destino. En China, y también en países capitalistas de cultura social parecida como Taiwán, Vietnam, Japón y Corea del Sur, todos, incluyendo a muchos indigentes, entienden que les corresponde esforzarse al máximo. Aunque, para indignación de los mayores, algunos jóvenes asiáticos les parecen demasiado vulnerables a las tentaciones brindadas por el hedonismo, la pasión por la educación que comparten virtualmente todos no puede sino motivar la envidia de aquellos occidentales que temen por el futuro de sociedades que, a su juicio, se entregaron hace mucho al facilismo y por lo tanto no están preparadas para hacer frente a los desafíos planteados por la globalización. En Europa, la crisis socioeconómica está socavando no sólo el Estado de bienestar sino también las convicciones generosas en que se apoya. Les guste o no a los pensadores más progresistas de su país, el gobierno alemán se ha erigido en paladín de valores habitualmente denostados por reaccionarios y antidemocráticos, valores vinculados con la frugalidad, el trabajo duro, la honestidad, lo malo que es endeudarse. Muchos griegos, italianos y españoles creen que, en el fondo, Angela Merkel y sus colaboradores tienen razón, aunque, claro está, niegan que ellos mismos sufran de los vicios que, según los teutones, son característicos de los países de la franja mediterránea de la Unión Europea. De todos modos, parece más que probable que la época signada por la austeridad que en el viejo continente ya se ha iniciado se vea acompañada por una especie de revolución cultural al darse cuenta sectores cada vez más amplios que, lejos de ser natural, la prosperidad es algo que requiere mucho esfuerzo y que aquellas sociedades que se permitan olvidarlo no tardarán en recaer en la pobreza ancestral.