El desastre educativo
Hace un siglo, los dirigentes de organizaciones izquierdistas entendían que la mejor forma de derribar las barreras sociales que mantenían postergados a los trabajadores y campesinos consistiría en privilegiar la educación. Crearon una multitud de institutos, a menudo de calidad superior a la de muchas universidades actuales, para que los hijos de familias paupérrimas pudieran transformarse en profesionales. Andando el tiempo, las ideas pregonadas por aquellos socialistas, sindicalistas y clérigos progresistas serían adoptadas por, virtualmente, todos, aunque sólo fuera porque se habían dado cuenta de que sin una fuerza laboral alfabetizada el desarrollo económico sería imposible, pero en lugar de festejar el triunfo así supuesto, muchos izquierdistas reaccionaron oponiéndose a la difusión resultante de valores a su juicio burgueses, mientras que, con escasas excepciones, los sindicalistas priorizaron los problemas salariales y las condiciones laborales de los docentes. De resultas de este cambio de actitud, millones de jóvenes argentinos reciben una educación de calidad lamentable en colegios públicos que con frecuencia exasperante se ven paralizados por huelgas. Lo mismo que sus equivalentes decimonónicos, seguirán atrapados en la miseria, debido en su caso no sólo a la indiferencia de ciertas elites sociales sino también a la voluntad de quienes se suponen sus aliados de anteponer sus propios intereses a aquellos de los rezagados, ya que no cabe duda alguna de que las víctimas principales de la militancia política y sindical de personas que se afirman izquierdistas o populistas son los pobres que no pueden, o no quieren, enviar a sus hijos a colegios privados. A esta altura, se trata de un problema estructural sin ninguna solución que parezca ser política o económicamente viable. En nuestro país, como en otros latinoamericanos, los docentes siempre han percibido salarios muy bajos, razón por la que la mayoría abrumadora son mujeres dispuestas a sacrificarse por su vocación. Puesto que hay aproximadamente 620.000 docentes, una eventual decisión estratégica de modificar su lugar en la pirámide socioeconómica para acercarlo al ocupado por sus homólogos en Finlandia o el Japón acarrearía costos que el país no estaría en condiciones de soportar. Asimismo, sindicalistas que representan a trabajadores de otros sectores no tardarían en reclamar aumentos similares. Por lo demás, de convertirse la enseñanza en una profesión de elite, como en los países escandinavos y de Asia Oriental, muchos docentes actuales no podrían competir con los graduados universitarios más brillantes que la encontrarían atractiva. Como es lógico, a los sindicalistas del sector no les gustaría para nada que, para llegar a ser maestros, los aspirantes tuvieran que superar un proceso de selección sumamente exigente y por lo tanto discriminatorio, ya que tienen que preocuparse por el destino de sus afiliados actuales. No sólo aquí sino también en muchos otros países, los sindicatos docentes suelen procurar frustrar los intentos de impulsar reformas encaminadas a mejorar la calidad de la educación pública, denunciándolas por “elitistas” o “antipopulares”. Con todo, por ahora los sindicalistas no tienen motivos para inquietarse, ya que es nula la posibilidad de que el gobierno kirchnerista procure llevar a cabo una revolución educativa destinada a hacer de la docencia una profesión tan prestigiosa, y por lo tanto relativamente bien remunerada, como en Finlandia, el Japón, Corea del Sur o Singapur. Una vez más, la educación pública es rehén del conflicto tripartito entre los sindicatos, el gobierno nacional y los provinciales, de suerte que todo lo demás se ha visto subordinado a “la lucha” protagonizada por los dirigentes gremiales y la voluntad de los kirchneristas de hacer tropezar al gobernador bonaerense Daniel Scioli. Mientras tanto, el sistema educativo del país continuará deteriorándose y millones de jóvenes seguirán abandonados a su suerte en un mundo que, mal que nos pese, está haciéndose cada vez más competitivo en que el futuro de quienes carezcan de la preparación necesaria para abrirse camino se verá signado por la pobreza extrema y por la dependencia humillante de redes clientelistas manejadas por punteros políticos corruptos.