El desastre egipcio
Obligados a elegir entre un gobierno islamista y una dictadura militar, los millones de egipcios que celebraban manifestaciones gigantescas en el centro de El Cairo y otras ciudades claramente creían que la segunda alternativa sería la menos mala, de ahí el júbilo con el que festejaron el golpe de Estado que puso fin a la gestión del presidente islamista Mohamed Morsi. La actitud de quienes no quieren que su país se vea transformado en una teocracia dominada por clérigos de la Hermandad Musulmana y que se sienten alarmados por la profundización de una crisis económica ya gravísima puede entenderse, pero también se cuentan por millones los egipcios que quieren que todo se subordine al credo religioso mayoritario. Aunque los militares, los que, como sucedía a veces en América Latina algunas décadas atrás, han instalado un gobierno formalmente encabezado por el titular de la Corte Suprema Constitucional, Adli Mansur, se afirman dispuestos a permitir que la Hermandad Musulmana siga desempeñando un papel significante en la política de su país, también han comenzado a reprimir a los integrantes más activos de la cofradía islamista, lo que plantea el riesgo de que el país árabe más poblado se deslice hacia una guerra civil tan feroz como la que tantos muertos ha causado en Siria. Si bien Morsi y otros líderes de la Hermandad han aconsejado a sus partidarios actuar con cautela, con la esperanza de que el régimen militar no tarde en defraudar a sus simpatizantes, su propio desprestigio podría haberlos privado de la autoridad necesaria para que muchos presten atención a sus órdenes en tal sentido. La caída hace dos años del dictador Hosni Mubarak se debió en buena medida al estancamiento de una economía primitiva en que el precio del pan es un indicador clave. Los jóvenes que protagonizaron los episodios iniciales de “la primavera árabe” reclamaban empleos mejor remunerados y más oportunidades para abrirse camino en la vida, pero por tratarse de una minoría urbana de cultura en buena medida occidental, resultaron marginados en las elecciones en que triunfaron con facilidad los candidatos de la Hermandad Musulmana seguidos por los de una agrupación islamista aún más puritana. Como habían previsto los escépticos, el gobierno democráticamente elegido fracasó por completo; no supo, quiso o pudo llevar a cabo las reformas “estructurales” consideradas imprescindibles y, debido al clima de violencia y a medidas destinadas a complacer a los religiosos, ahuyentó a los turistas. En la actualidad, el estado de la economía egipcia es mucho peor de lo que era en los meses finales de la prolongada dictadura de Mubarak. ¿Lograrán los militares mejorarla? No hay motivos para creerlo. Aun cuando manejaran la economía con eficiencia descomunal, no les sería fácil conseguir el dinero que tan desesperadamente necesitan como para impedir que sufra hambrunas un país que no está en condiciones de alimentarse y por lo tanto ha de importar cantidades enormes de trigo y otros productos y que depende demasiado del turismo. Asimismo, los países ricos como Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, los que de todos modos tienen que dar prioridad a sus propios problemas económicos, serán reacios por motivos políticos a ayudar a un régimen militar represivo. Egipto, pues, se encuentra atrapado entre el fanatismo religioso por un lado y una dictadura que, lo mismo que tantos en la América Latina de la segunda mitad del siglo pasado, jura estar decidida a restaurar la democracia en cuanto las circunstancias lo permitan, pero que, a diferencia de los países de nuestra región, carece de recursos económicos. Para sus 85 millones de habitantes, en especial los aproximadamente diez millones de cristianos que, lo mismo que sus correligionarios en Siria y otros países mayormente musulmanes, naturalmente prefieren una dictadura que podría protegerlos a quedarse a la merced de una mayoría vengativa, el panorama es sombrío. Tal y como están las cosas, parece inevitable que el estándar de vida de casi todos los egipcios siga deteriorándose con rapidez, que aumente la emigración de los más capaces y que se agraven cada vez más los conflictos, que todos los días ya producen un tendal de muertos, entre los distintos grupos étnicos, sectas religiosas y los militares.