El diablo y Santos Vega





El gaucho como clase social hace tiempo que desapareció. Si conocemos parte de su cosmogonía se debe principalmente a hombres letrados que compartieron momentos de su vida con este personaje. Nos queda como hito de su expresión el canto. Gracias a él, algunos gauchos pudieron comunicar parte de su mundo y su circunstancia. 

Hay en ellos un marcado sincretismo religioso alimentado por innumerables supersticiones y leyendas. El campo, la noche, la soledad han dado origen a un sinfín de historias que tienen que ver con lo sobrenatural y especialmente con “Mandinga”, una de las formas de llamar al diablo (en lenguaje gauchesco) en nuestro país.  

Entre esas leyendas figura la de un payador sin igual llamado Santos Vega. La fábula dice que murió por haber sido vencido sorpresivamente en un contrapunto de payada por alguien desconocido.  

Con esos hilos, Rafael Obligado (1851-1920)teje su obra mayor. Cuatro cantos  escritos en décimas tiene su “Santos Vega”. El primero es el que nos sitúa nuevamente en la leyenda, gracias a una distancia atemporal y a una atmósfera propicia que nos permite percibir su alma: “Cuando la tarde se inclina/sollozando al Occidente,/ corre una sombra doliente/ sobre la pampa argentina”.  

El último canto nos relata la muerte de Santos Vega, quien duerme bajo un ombú. Los paisanos están contemplando su sueño; llega un joven impetuoso y lo despierta para desafiarlo a un contrapunto. Pero ese joven no es otro que el diablo, y en plena payada se muestra tal cual es: “Juan Sin Ropa se alzó en tanto,/bajo el árbol se empinó,/un verde gajo tocó,/ y tembló la muchedumbre,/porque echando roja lumbre,/aquel gajo se inflamó”.  Al final, derrotado Santos Vega, el diablo se transforma sobre ese ombú en serpiente y da paso a la leyenda: “y los años dispersaron/ los testigos de aquel duelo;/pero un viejo y noble abuelo,/así el cuento terminó:/“Y si cantando murió/aquel que vivió cantando,/fue, decía suspirando,/porque el diablo lo venció.” 

Hay una clara dimensión simbólica en el poema. Es el contrapunto entre tradición e innovación. Obligado siente que el mundo que él conoció está agonizando y no hay forma de contener al progreso, a pesar de estar disfrazado de diablo. 


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