El dilema del poder concentrado
COLUMNISTAS
Frodo Bolsón, de Bolsón Cerrado, es el protagonista de un cuento al que J. R. R. Tolkien dedicó buena parte de su vida. El escritor creó mundos imaginarios, razas mitológicas, idiomas y hasta culturas para darle contenido y profundidad a una historia sencilla.
Frodo, el protagonista de “El Señor de los Anillos”, es un hobbit, una raza de baja estatura, pies grandes y orejas puntiagudas de personalidad alegre y sencilla. Por su característica racial y también gracias a una poco común pasión aventurera, Frodo es reconocido como el único capaz de portar el anillo del poder supremo hasta su destrucción.
El anillo es el símbolo del poder concentrado. Quien introduzca su dedo en él podrá dominar el mundo entero.
En la famosa trilogía, guerreros y magos muy poderosos, representantes de sus pueblos, conforman la Comunidad del Anillo y acuden a Frodo para que sea el portador del anillo hasta su destrucción. Ellos son conscientes de que no pueden acercarse al anillo por su irresistible poder de atracción y confían en que este hobbit sí podrá hacerlo. En el final, Frodo logra destruir el anillo al arrojarlo a un volcán activo.
Tolkien padeció con angustia la situación que se vivía en la Alemania nazi y otros regímenes autoritarios que él conoció de cerca por su actividad militar y académica. El escritor comprendió apasionadamente que un sistema de poder concentrado, no republicano, es malo en sí mismo, sin importar quién lo detente.
Lo refleja muy bien en su saga, donde describe que la Comunidad del Anillo decide avanzar en la destrucción de la sortija para que nadie pueda poseerla; muestra una renuncia a la posesión del poder, que a la vez conlleva una movilización organizada con un objetivo común de transformar la realidad. Así, se apasiona con el dilema que implica el poder concentrado y en su obra deja entrever su propuesta de solución.
¿Qué tiene Tolkien para decirles a los argentinos? Aquí existe el enorme desafío de terminar con una estructura de poder político y económico concentrado; enfrentar el problema profundo, que es la falta de una verdadera república federal.
Algunas personas bienintencionadas creen que es posible encontrar un líder que acceda al poder y cambie el sistema; es decir, llevar a cabo una transformación profunda desde el poder. Pero, respecto de esta idea es notable la distinción que hace Tolkien: la Comunidad del Anillo convoca a Frodo para que porte el anillo pero nunca debe ponérselo, porque incluso él caería en la tentación del poder absoluto.
Tolkien invita, de forma magistral, a adentrarse en la problemática estructural del poder concentrado. Explica que no se puede esperar que los candidatos a la presidencia transformen la realidad de la Argentina por sí solos, porque el hiperpresidencialismo es parte del problema, y que tampoco se puede obligar a los empresarios de una economía sin competencia a que acaben con sus monopolios.
La sociedad está atrapada en el sistema, enfrentada al mismo dilema que describe el escritor.
Tolkien advierte que el cambio profundo y necesario va a involucrar indefectiblemente a todos y que es la sociedad y no el poder de turno la que debe impulsarlo. Aconseja buscar líderes honestos en quienes se pueda confiar para que canalicen la vocación social en favor de una transformación de la Argentina hacia una república.
Es posible imaginar que Tolkien también les dice a los argentinos que hay una enorme oportunidad si se comprende que no hay enemigos, sino que el problema principal es el sistema, la falta de república; que desde siempre fue así y que la actual democracia por ahora no logró superarlo. Y que se deben encontrar todos los argentinos y reconocerse todos víctimas pero también todos cómplices de un sistema que hace daño, para que se refunde (o se funde), de una buena vez, la república.
EDUARDO BASTITTA
CEO de Plaza Logística
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