“El docente sigue rumbo a cierta proletarización”
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Ricardo Donaire, autor del reciente libro “Los docentes en el siglo XXI. ¿Empobrecidos o proletarizados?” (Siglo XXI), sostiene que, si bien cuesta definir la inserción de clase de los maestros, de hecho y desde hace no más de tres décadas se asumen como trabajadores más que como integrantes de un rango profesional y desde aquella condición asumen la defensa de sus intereses. El sociólogo y doctor en Ciencias Sociales (UBA) destaca como parte de esa proletarización la progresiva pérdida del control sobre la organización y los objetivos de su trabajo en la escuela durante las diferentes etapas de la historia de nuestro país.
–¿Dónde está el docente hoy desde su inserción en la estructura social, donde en todo caso pareciera venir de una larga historia de clase media o –quizá– una pertenencia que atraviesa verticalmente a la sociedad?
–Para definir el tema enfrentamos un escollo: la estructura social argentina ha sido más definida desde pareceres, visiones, impresiones, percepciones, que desde el rigor de estudios fundados en metodologías rigurosas, de carácter científico. Hay mucho por hacer en ese campo. Lo que sí podemos hoy sostener es que el colectivo docente está desde hace tres décadas en franca mudanza en cuanto a su pertenencia en relación con el trabajo. Hoy se asumen, con independencia de algunas resistencias, como trabajadores de la educación, así, a secas, por decirlo de alguna manera. Venían de décadas en que se expresaron, desde sus primeras organizaciones gremiales, en términos de espacio “profesionalista”, o sea, “funcionarios estatales”, como las FF. AA., con determinadas prerrogativas. Hoy se asumen como trabajadores y adoptan formas de lucha propias de la clase trabajadora.
–Hay un punto en su libro y al menos dos de sus investigaciones en que se infieren las resistencias de la docencia a aceptar la huelga como método de lucha…
–Dos aclaraciones. Una: esa resistencia se corporizó hasta mediados del siglo pasado, cuando los sindicatos docentes aún no eran estructuras firmes, con cultura bien afincada de la protesta. Hay una reflexión que sintetiza cierto promedio de opinión que conocemos a través de los dirigentes sindicales de aquel tiempo: “No era propio de un maestro comportarse como un obrero cualquiera”. Es más, a pesar de que hay huelgas docentes ya en 1881 (ver infografía), recién en la mitad del siglo XIX crece la convicción de apelar a la huelga. Y, recién en 1960 hay un paro nacional, algo más de medio siglo después de que otras ramas del trabajo apelaran a este método de lucha propio de las clases trabajadoras.
–En 1959, 60, 61 –Arturo Frondizi presidente– algunos sectores del trabajo más vinculados con la tarea intelectual que con lo manual, sectores de “cuello blanco” se los solía definir, van a la huelga por primera vez: huelga nacional de jueces, bancarios, docentes, etcétera. ¿Qué nos dice ese salto?
–Comenzaba a insinuarse lo que luego sería una realidad: el cambio en las condiciones sociales y económicas objetivas que se daban en el país y cuyos efectos obligaron a organizarse masivamente a grupos que tradicionalmente se visualizaban como de clase media –una caracterización que hay que manejar con cautela– que venían de una historia ajena a tener que luchar por sus intereses.
–Pero mandaba la inestabilidad de la economía…
–Y, es la referencia insoslayable en cualquier interrogación sobre el tema, porque en esos grupos o planos sociales comienza a corporizarse la idea de empobrecimiento.
–¿Descenso social?
–Que se asume en términos de camino abierto hacia el empobrecimiento de los sectores medios asalariados, un convencimiento que se va a acentuar a partir de los 70 y que hace carne en los docentes, claro. El sueldo de una docente –como bien lo señalan los trabajos de Narodowski y otros investigadores– va dejando de ser una “ayuda” a lo que gana su esposo: es, cualquiera sea su magnitud, un sostén con el que hay que contar. La idea de empobrecimiento, de descenso social, debe ser reflexionada, en tanto objeto a investigar, en relación con muchos otros aspectos del mundo docente.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, lastimar, mellar por un lado la idea muy extendida en la sociedad de que los docentes siempre tenían un “buen pasar”. Sobre esto se asumía otra convicción: el “apostolado” de los maestros, su entrega vocacional. Una cuestión de la que se hacía eco el poder político a la hora de discutir salarios. Pero en todo esto hay otra mirada: con independencia de la idea de descenso social y consecuente empobrecimiento que tomó cuerpo en los docentes a partir de los 60/70, hay que reflexionar el tema remitiéndose a la idea de proletarización del docente, que creo que es lo que fue sucediendo en estas décadas.
–¿Empobrecimiento no es proletarización?
–Una mirada rigurosa sobre este fenómeno me dice que el empobrecimiento no necesariamente está ligado a la condición de trabajador. Por esta razón, la idea de proletarización marca una diferencia: hace a las relaciones en que los docentes trabajan y cómo ellos las perciben. Concretamente, hace al control del trabajo que desarrollan, la forma de definir mucho de la cotidianidad de ese trabajo, su naturaleza, las prácticas en las cuales va mucho de lo personal del docente… ya no hay ausencia de un programa de contenidos, por ejemplo. A medida que se va organizando el sistema educativo y la consecuente organización de la escuela como espacio formativo, el docente queda acotado a un lugar muy definido en ese proceso, es un espacio muy “prediseñado”. En este camino, puede suceder que muchas de las actitudes –como lo han señalado otros investigadores del tema– que siempre se consideraban esenciales para la tarea educativa, bueno, hoy no sean tan necesarias. Aclaremos, de todas maneras, que este proceso de proletarización de carácter técnico, en tanto proceso que modifica visiones de su rol en los docentes, se está insinuando; no tiene aún los rasgos condicionantes que sí tiene para los trabajadores de otras ramas del sistema.
–Pero si ésta es una proletarización –a juzgar por su propia reflexión– técnica, de procedimientos, ¿no hay que mirar ese proceso desde la lente ideológica?
–Hay toda una línea de investigación que reflexiona este proceso desde el prisma ideológico, claro. Yo señalo en mis trabajos, en el libro, que la proletarización ideológica se refiere fundamentalmente a la pérdida de control, por parte de los docentes, de objetivos y propósitos del mismo trabajo que desarrollan. Pero esta pérdida no parece generar fuertes resistencias sino más bien lo que yo defino como “respuestas acomodaticias”, a pesar de que incluso esa pérdida puede estar afectando la ética de los docentes o generar desorientación.
Ricardo Donaire, sociólogo e investigador de la UBA