El espía, el cigarrillo y la carcajada

DANTE MOROSANI*


Hace 67 años una salvaje huelga tabacalera dejó sin cigarrillos a casi todo el país. Por semanas resultó imposible conseguir siquiera un atado de ellos.


El actor Ray Milland encarnó el personaje.

Allan Fields, físico nuclear, está siendo vigilado por el FBI bajo sospecha de ser un espía al servicio de la Unión Soviética. La situación se torna dramática cuando Fields, que había ocupado la habitación de un lujoso hotel, comprueba que está cercado, que su detención es inminente, que el final de su peligrosa misión es inevitable. La suerte está echada. Tembloroso, casi no puede controlar su cuerpo. Intenta pitar un cigarrillo pero de inmediato lo aplasta en el interior de un cenicero ubicado sobre la mesa de luz al comprobar que tampoco puede dominar sus manos. La suerte está echada.

Pasaron 67 años de aquel dramático episodio del que fuera testigo una buena parte de la sociedad de nuestra zona. Fue cuando una salvaje huelga tabacalera dejó sin cigarrillos a casi todo el país. Durante varias semanas resultó imposible conseguir siquiera un atado de ellos.

En las jornadas más álgidas del paro, desaparecieron de los diversos puestos de venta -quioscos, cigarrerías, anexos de otros comercios- tanto los denominados “cartones” como los tradicionales atados o el tabaco para armar cigarrillos. Todo “se hizo humo”.

A la par de la huelga fue desapareciendo, hasta su agotamiento total, el producto de las marcas de esa época: tabaco Mariposa, toscanitos Avanti, Regia Italia, Flor de Mayo; entre “negros” y “rubios”, los cigarrillos Piloto, Comander, Arizona, 43, Laponia mentolados, Tecla, Américan Club, Brasil, Gavilán, Fontanares, Imparciales, Saratoga, Clifton y alguna otra etiqueta que seguramente recuerdan muchos lectores, además de los importados Lucky Strike, Chesterfield o Philip Morris. Todavía no se habían instalado marcas que estaban muy próximas a desembarcar, como Jockey Club, Marlboro, Derby, Camel, etc.

En la desesperación no faltaron aquellos que “ no le hacían asco” a levantar un pucho del suelo, y no solo gente en situación de calle. Muy lentamente se fue superando tanto vacío mediante entregas parciales de los distintos proveedores. Se producían largas colas y al principio se vendía un atado por persona. Para los abanderados de la nicotina comenzaba a cerrarse una instancia que de verdad les resultó traumática.

¡Ah!, tengo que explicar al lector que Allan Fields, el físico nuclear, en definitiva fue capturado y que la película se exhibió en la zona coincidiendo con la huelga tabacalera.

Mural de la Federación de Trabajadores del Tabaco de la República Argentina (Fttra)

El dramático momento final, el de mayor suspenso, cuando se observa en primerísimo plano que el cenicero de Fields tenía aplastada casi una decena de cigarrillos prácticamente intactos, que no había podido fumar porque la desesperación le jugaba todo en contra, se conoció con absoluta certeza que la platea de cada sala -no obstante la tensión de la escena- espontáneamente estallaba en carcajadas como si estaría observando el mejor “gag” jamás logrado por la cinematografía mundial.

El hilo conductor de tanta hilaridad está muy lejos de cargarle las tintas a un producto artístico memorable y taquillero. La “responsabilidad” de lo sucedido, que es un hecho simplemente anecdótico, hay que ubicarlo en el encuentro casual -al menos para el espectador de esta zona- entre la película y la crisis tabacalera. “The Thief” (título latino “El Ladrón” ) fue un film laureado, actor excluyente Ray Milland, fallecido en marzo de 1986, inolvidable protagonista de hitos del séptimo arte como “Días sin Huella”, “Beau Geste” y muchos otros.

El “thriller” blanco y negro cuyo argumento sintetizamos en la apertura impactó a nivel internacional por prescindir absolutamente de diálogos y la ingeniosa utilización del sonido, permitiendo el lucimiento del único intérprete.

Con satisfacción me hago cargo de haber contado todo esto, primero por no ser fumador y luego porque siendo adolescente me tocó estar en la venta de cigarrillos en el negocio de mi padre. Con perdón de los fumadores, incluyendo a integrantes de mi familia (mi padre se fumó todo, hasta la vida), siempre lo consideré un hábito entre intolerable e incomprensible.

(*) Locutor y periodista neuquino


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