El fin del bienestar



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DARÍO TROPEANO (*)

Ha pasado inadvertido en los grandes medios de comunicación un hecho conmocionante en la idiosincrasia y forma de vida de la Europa occidental: el anuncio del fin del Estado de bienestar. Se trató de una construcción política, económica y social cuyos antecedentes fueron las soluciones propuestas por Keynes para la crisis del año 1929 en los Estados Unidos, y que en Europa significó una fuerte participación estatal en la recuperación, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial. La relación Estado-ciudadano reflejó no un pacto social y la conducción de un modelo de desarrollo, la construcción de la infraestructura, la educación y la formación profesional, sino también un esquema inclusivo que daba cobertura pública aun a los humildes, incorporando al mercado en forma incesante a más personas. Se trataba de garantías de acceso al trabajo y a los servicios públicos para la mayoría de la población. Los beneficios del Estado de bienestar fueron evidentes. Por un lado, la generación de consenso social de forma que el sistema funcionara de forma armónica y eficiente y, por el otro, su función de creación y reforzamiento de valores éticos fundamentales a la existencia y estabilidad en las relaciones sociales, llevando así a una creciente inclusión al mercado. El thatcherismo de los años ochenta en Inglaterra fue el inicio de la posterior oleada llamada “neoliberal”, que implicó llevar a sus extremos los paradigmas del libre mercado con Estado reducido. Su conformación definitiva se llamó “globalización”, pero en Europa occidental tardó bastante tiempo en derrumbar el modélico Estado de bienestar que tanto orgullo y ejemplo provocó durante más de 60 años. Los sistemas de cobertura social comenzaron a resquebrajarse a partir de la hasta hoy insuperable crisis política, económica y financiera del capitalismo occidental, pero venía siendo programada desde varios años atrás. Exportación de empleo hacia países pobres, reducción de jornadas de trabajo, especulación financiera e inmobiliaria, crisis políticas recurrentes, sobredimensionamiento y corrupción en las estructuras estatales fueron la plataforma para llegar a la realidad actual. La caída de los países liderados por la Unión Soviética dio impulso a la globalización e incluso se idearon inconsistencias teóricas como “la tercera vía” de parte de políticos laboristas ingleses (entre ellos el ex primer ministro Tony Blair, hoy condenado junto a George Bush en Malasia por delitos de lesa humanidad) para hacernos creer que había una globalización con “rostro humano”, más social y sustentable. Hace pocos días el rey Guillermo de Holanda –bajo las galas y una parafernalia medieval increíble a esta altura del desarrollo humano– anunció frente al Parlamento, y en un discurso televisado a la nación, el final del Estado de bienestar. La población evidencia en las últimas encuestas un 80% de reprobación a la gestión de la colación de gobierno socialdemócrata-liberal tras varios años de recorte social y una economía en recesión. En su mayoría los bancos holandeses han sido rescatados por el Estado –solución aplicada para las grandes entidades en Europa y los Estados Unidos– y por cierto su consecuencia fue el endeudamiento soberano y el alza de los déficits públicos por el impacto de éste. Los hogares evidencian un nivel de endeudamiento que duplica la media europea y el desempleo oscila entre el 7,8 y 8%, según la propia secretaria de Economía del país. Los procedimientos de reorganización de deuda y quiebra empresaria alcanzan niveles históricamente desconocidos allí. Como un calco del proceso atravesado por la Argentina en la década de los 90, se proponen recetas similares, lema de una nueva moralidad: ajustar a la mayoría de la población y recompensar a los responsables (las entidades financieras, los tecnócratas de la política y la economía y los grupos económicos dominantes para quienes ellos responden). Pero por supuesto, bajo el manto de conceptos vacíos de todo contenido, frases insustanciales que se pretenden vender como un nuevo “espejito de color”. El rey ha mencionado el concepto de “sociedad participativa”, en que los ciudadanos deberán en sus comunidades ayudarse entre ellos. Dijo claramente el monarca: “Todo el que pueda debe hacerse responsable de sí mismo y del medio en el que vive… la gente quiere decidir por sí misma, organizar su vida y cuidar unos de otros”. De una manera sencillamente interpretativa, el “sálvese quien pueda” ha sido escogido como nuevo paradigma social para Holanda. Es un retroceso social extraordinario a esta altura de la riqueza y tecnología disponible en el mundo –para unos pocos, por cierto–, y coincidente con el esquema que viene preanunciando el primer ministro inglés desde su plataforma electoral: la “big society”. Se trata de cambiar el Estado por una gran sociedad, en que las personas se autogestionen y los municipios y las empresas privadas asuman la prestación de los servicios públicos en un mercado de libre competencia. El papel del Estado nacional debe ser garantizar la libre competencia y que todas las personas tengan acceso justo a los servicios. Así, Inglaterra ha privatizado en estos últimos tiempos empresas públicas, entre ellas el histórico correo Royal Mail. Éstas son las soluciones que se están desarrollando en la refinada Europa occidental, bajo un esquema de concentración del ingreso acelerado, desempleo y evidentes recortes de derechos socio-políticos. Se trata de dirigirse a una sociedad tecnocrática, donde gerentes administren el Estado y sus poblaciones se las arreglen como puedan de acuerdo a su capacidad económica. Es una esquema de “sociedad reducida”, sin participación ciudadana cierta y genuina, cubierta por el incesante machacar del consumo y las realidades aparentes. (*) Abogado. Docente de la Facultad de Economía de la UNC


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