El FMI y el Indec

Redacción

Por Redacción

Felizmente para el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los despreciados técnicos del Fondo Monetario Internacional parecen haber llegado a la conclusión de que no les serviría para nada tomar medidas contra la Argentina por la forma heterodoxa de medir la inflación que han elegido los responsables de la intervención del Indec. Dadas las circunstancias, la voluntad de los directivos del organismo de minimizar la importancia del tema puede entenderse. Desde hace meses la directora gerenta del FMI, Christine Lagarde, y sus colaboradores están plenamente ocupados tratando de impedir que la Eurozona se rompa en pedazos debido a las diferencias crecientes entre el desempeño económico de países como Alemania y Holanda por un lado y, por el otro, sus socios del sur, razón por la que no tienen interés alguno en reanudar la pelea con nuestro gobierno. Antes bien, quiere “profundizar la relación”, para citar al vocero del FMI, Gerry Rice, con la esperanza de que la Argentina, como los demás miembros del G20, acepte que es perfectamente natural que el organismo quiera monitorear con regularidad la evolución de la economía, ya que sus vicisitudes podrían afectar al resto del mundo. Aunque Cristina y sus asesores también estén a favor de reconciliarse con el FMI y de tal modo facilitar el regreso del país al mercado de capitales después de una ausencia prolongada, no les será del todo fácil encontrar una salida políticamente innocua del callejón en que se han metido. La escasa confiabilidad de las estadísticas oficiales confeccionadas por el Indec no puede considerarse un asunto meramente interno. En un mundo “globalizado”, lo que sucede en un país tiene repercusiones en virtualmente todos los demás. Por cierto, nadie ignora que la crisis del euro fue agravada por la decisión del gobierno griego de difundir información falsa acerca del estado de las finanzas públicas; aunque, por fortuna, las consecuencias internacionales de nuestras excentricidades en la materia no pueden compararse con las provocadas por la contabilidad creativa de los gobernantes griegos, los intentos del equipo liderado por el secretario de Comercio Guillermo Moreno por hacer creer que aquí la tasa de inflación no supera el 10% anual –lo que de todos modos la ubicaría entre las más altas del planeta– no puede sino ser motivo de preocupación para una institución multilateral como el FMI, que está procurando reducir el riesgo de que las sumamente volátiles finanzas mundiales desemboquen en una gran depresión equiparable con la de hace ochenta años. Aunque es muy difícil estimar con precisión los costos para el país de la decisión, tomada a comienzos del 2007 por el entonces presidente Néstor Kirchner, de intentar combatir la inflación manejando las expectativas, como si sólo fuera cuestión de un fenómeno psicológico, no cabe duda de que han sido abultados. Además de asustar a los inversores en potencia tanto extranjeros como argentinos, privándonos de recursos, el relato inflacionario no tardó en distorsionar otras estadísticas, incluyendo las relacionadas con la tasa de crecimiento, que según los especialistas ha sido menor que la difundida por el Indec, y con la pobreza. Aún más importante habrá sido la incidencia de la maniobra en la calidad de la gestión económica del gobierno. Si Moreno, que se ha acostumbrado a actuar como una especie de superministro, realmente cree en los guarismos fabricados por sus subordinados, y otros funcionarios se sienten obligados a respetarlos, el gobierno se asemeja a un viajero que sigue una ruta indicada por un mapa de otro país; si no creen en sus propios números pero así y todo tienen que fingir tomarlos en serio, los resultados de sus esfuerzos serán muy malos. Para manejar una economía tan complicada como la argentina, los encargados de hacerlo necesitan contar con información confiable; en caso contrario, no podrán sino cometer errores garrafales. En una coyuntura internacional favorable, como la que tanto ha contribuido a la recuperación macroeconómica después de la debacle de 2001/2002, tales errores no llamarán la atención, pero en una negativa –ya existen muchos motivos para suponer que hasta nuevo aviso no contaremos con la ayuda de un “viento de cola” poderoso– no será posible continuar pasándolos por alto.


Felizmente para el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los despreciados técnicos del Fondo Monetario Internacional parecen haber llegado a la conclusión de que no les serviría para nada tomar medidas contra la Argentina por la forma heterodoxa de medir la inflación que han elegido los responsables de la intervención del Indec. Dadas las circunstancias, la voluntad de los directivos del organismo de minimizar la importancia del tema puede entenderse. Desde hace meses la directora gerenta del FMI, Christine Lagarde, y sus colaboradores están plenamente ocupados tratando de impedir que la Eurozona se rompa en pedazos debido a las diferencias crecientes entre el desempeño económico de países como Alemania y Holanda por un lado y, por el otro, sus socios del sur, razón por la que no tienen interés alguno en reanudar la pelea con nuestro gobierno. Antes bien, quiere “profundizar la relación”, para citar al vocero del FMI, Gerry Rice, con la esperanza de que la Argentina, como los demás miembros del G20, acepte que es perfectamente natural que el organismo quiera monitorear con regularidad la evolución de la economía, ya que sus vicisitudes podrían afectar al resto del mundo. Aunque Cristina y sus asesores también estén a favor de reconciliarse con el FMI y de tal modo facilitar el regreso del país al mercado de capitales después de una ausencia prolongada, no les será del todo fácil encontrar una salida políticamente innocua del callejón en que se han metido. La escasa confiabilidad de las estadísticas oficiales confeccionadas por el Indec no puede considerarse un asunto meramente interno. En un mundo “globalizado”, lo que sucede en un país tiene repercusiones en virtualmente todos los demás. Por cierto, nadie ignora que la crisis del euro fue agravada por la decisión del gobierno griego de difundir información falsa acerca del estado de las finanzas públicas; aunque, por fortuna, las consecuencias internacionales de nuestras excentricidades en la materia no pueden compararse con las provocadas por la contabilidad creativa de los gobernantes griegos, los intentos del equipo liderado por el secretario de Comercio Guillermo Moreno por hacer creer que aquí la tasa de inflación no supera el 10% anual –lo que de todos modos la ubicaría entre las más altas del planeta– no puede sino ser motivo de preocupación para una institución multilateral como el FMI, que está procurando reducir el riesgo de que las sumamente volátiles finanzas mundiales desemboquen en una gran depresión equiparable con la de hace ochenta años. Aunque es muy difícil estimar con precisión los costos para el país de la decisión, tomada a comienzos del 2007 por el entonces presidente Néstor Kirchner, de intentar combatir la inflación manejando las expectativas, como si sólo fuera cuestión de un fenómeno psicológico, no cabe duda de que han sido abultados. Además de asustar a los inversores en potencia tanto extranjeros como argentinos, privándonos de recursos, el relato inflacionario no tardó en distorsionar otras estadísticas, incluyendo las relacionadas con la tasa de crecimiento, que según los especialistas ha sido menor que la difundida por el Indec, y con la pobreza. Aún más importante habrá sido la incidencia de la maniobra en la calidad de la gestión económica del gobierno. Si Moreno, que se ha acostumbrado a actuar como una especie de superministro, realmente cree en los guarismos fabricados por sus subordinados, y otros funcionarios se sienten obligados a respetarlos, el gobierno se asemeja a un viajero que sigue una ruta indicada por un mapa de otro país; si no creen en sus propios números pero así y todo tienen que fingir tomarlos en serio, los resultados de sus esfuerzos serán muy malos. Para manejar una economía tan complicada como la argentina, los encargados de hacerlo necesitan contar con información confiable; en caso contrario, no podrán sino cometer errores garrafales. En una coyuntura internacional favorable, como la que tanto ha contribuido a la recuperación macroeconómica después de la debacle de 2001/2002, tales errores no llamarán la atención, pero en una negativa –ya existen muchos motivos para suponer que hasta nuevo aviso no contaremos con la ayuda de un “viento de cola” poderoso– no será posible continuar pasándolos por alto.

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