El gobierno y su viraje hacia el denostado populismo

Golpeado por el resultado de las elecciones primarias, el Presidente anunció un paquete propio de épocas K. La renovada vigencia de un viejo precepto, el “teorema de Baglini”.



Propios y extraños en el gobierno nacional, pueden señalar, tal vez con sinceridad, que el resultado de las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), los sorprendió sin matices.
En efecto, si bien dos días antes del comicio circularon encuestas que acortaban la diferencia entre los principales candidatos hasta apenas dos puntos, e incluso una de ellas se atrevía a dar ganador al Presidente de la Nación, en verdad ningún relevamiento de opinión anticipaba en la previa una distancia semejante en la preferencia de los votantes. La contundencia del resultado, fue un baño de realidad que disparó la inestabilidad.
Por el contrario, la sorpresa no es tal respecto a la fragilidad de las variables macroeconómicas. Pese a la insistencia del discurso oficial respecto a las bonanzas de la reducción de déficit fiscal hasta llegar a ‘casi cero’ en 2019, lo cierto es que desde aquella fatídica conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017, el tablero de la economía nacional no ofrece más que luces rojas.
Un breve repaso, permite advertir que llegadas las elecciones primarias, y previo al revés electoral del oficialismo, la relación deuda/PBI ya superaba el 95%, el déficit financiero rozaba el 6% del PBI, el déficit cuasi fiscal superaba los 1,3 billones de pesos, el déficit de cuenta corriente externa pese a la mejora en la ecuación comercial ya era cercano al 5% del PBI y la insolvencia del estado nacional para hacer frente a los vencimientos y compromisos primarios solo se sostenía con el respirador artificial de la asistencia financiera del Fondo Monetario Internacional. A ello hay que sumar la estrategia de atraso cambiario artificial por la que optó el Banco Central (BCRA) en las cinco semanas previas a las PASO, con tasas promedio del 60% y dólar estacionado en torno a $43, mientras la inflación continuaba galopando a un ritmo de entre el 2% y el 3% mensual.
Si el equipo económico aduce sentirse sorprendido por tales inconsistencias y por los efectos que las mismas podían significar en la estructura económica, en verdad las falencias de la gestión son mucho más graves y profundas de lo que se creía.

El gobierno se percibe lejos del poder desde el mes de diciembre. Asume entonces una postura mucho más ‘irracional’ respecto al gasto solía cuidar.


No es el caso de los mercados, que conocían a la perfección los datos, y aun así decidieron jugar todas sus fichas a favor de la reelección en la rueda del viernes previo a las elecciones. Una decisión que solo puede comprenderse con un telón de fondo ideológico, y que tuvo como corolario el derrumbe de los activos argentinos el día lunes. Ni la euforia del viernes, ni la agonía del lunes, guardan relación lógica con el valor real de las empresas argentinas.
Aún así, los mercados no tardaron en dar su veredicto. El riesgo país como medida del sobreprecio que deben pagar los bonos argentinos en el exterior, opera también como un voto de aprobación o castigo de las calificadoras de riesgo. En este sentido, durante el kirchnerismo era claro que un riesgo país alto era directamente proporcional al grado de distancia del populismo con los mercados. Por el contrario, el registro de esta semana, que volvió a rozar los 2.000 puntos básicos tras más de una década, se da durante una gestión que hace de la amistad con los mercados un culto. Si bien ‘el temor del regreso populista’ puede haber impactado en la evaluación del lunes, cuando el registro de riesgo país llegó a 1.470 puntos básicos, la evaluación negativa del mercado que llevó la marca hasta los 1.975 puntos del miércoles, se relaciona de manera directa con la impotencia política de la gestión de gobierno, una vez desatada la corrida cambiaria.


Conocida es la intima relación que existe entre la política y la economía, y la influencia que la primera tiene sobre la segunda en cuanto a los modelos de gestión. Pero es en momentos de crisis como los que el país atraviesa en estos días, cuando esa relación encuentra su punto más alto. Detalles mínimos como un gesto, una frase, un anuncio, una foto, un tweet, una reunión, o una llamada telefónica, se convierten en este contexto en un acto político de envergadura, que impacta de lleno en la dinámica de la crisis. Tal fue la tónica de la frenética semana posterior a las elecciones.
En ese marco, volvió a cobrar relevancia un viejo precepto de la política argentina conocido como “teorema de Baglini”, el cual sostiene que “el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político, es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder”. El resultado del domingo dejó a la vista la aplicación del teorema en la reacción de cada uno de los actores.
En primer lugar, la reacción destemplada e irracional del Presidente Macri el día lunes, culpando a los votantes por la volatilidad de los mercados, solo tiene sustento en su convicción respecto a la lejanía del poder desde diciembre. Sin embargo la estrategia oficial una vez conocida la paliza electoral, inició en la mañana del lunes. Durante los dos meses previos a la elección se resaltaba la capacidad del BCRA para intervenir en caso de una corrida. Llamativamente, en la jornada del lunes la autoridad monetaria decidió no intervenir y pareció optar por dejar correr la cotización, que promediando la rueda superaba los $61. Ello habilitó al primer mandatario para sentarse tras el cierre, y aleccionar a la población sobre los efectos negativos de ‘equivocarse al votar’. Cuando la lógica imponía un discurso moderado y propio de un estadista, similar al que minutos antes brindó la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, el Presidente eligió vestirse de candidato y se animó a vaticinar que el mundo interpreta el regreso del kirchnerismo como “el final de la Argentina”.
La lectura de los mercados financieros fue tan negativa al día siguiente, que obligó al oficialismo a recomponer la estrategia, con pedido de disculpas, y un paquete de medidas que intenta acercar a la golpeada clase media, que antaño acompañara la epopeya macrista, y que en 2019 eligió exiliarse en brazos de peronismo new age.
El fomento al consumo mediante bonos de monto fijo a los trabajadores registrados del sector privado, y a los empleados del sector público nacional, son una rémora de los decretos de aumento salarial que aplicara Néstor Kirchner en 2003 para fomentar la demanda agregada y el consumo, en busca de paliar los efectos de la salida de la mega crisis de 2001. En menos de 24 horas, el Presidente azuzó el fantasma del populismo, y se inclinó por medidas propias de aquel.
Más grave aún, fue la torpeza en la implementación de los anuncios, que volvieron a tropezar con la falta de timing y de muñeca política. En la noche del lunes, era un hecho la suba de los derechos de exportación al agro, como herramienta para solventar el paquete de anuncios, cuyo costo se estima en unos $100.000 millones. El Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, abogaba por sostener a rajatabla la senda de reducción del déficit primario acordada con el FMI, para lo cual, toda nueva partida de gasto, requiere una nueva fuente de financiamiento. Evaluaba además, que la suma fija de $4 por dólar establecida en septiembre de 2018, quedó absolutamente licuada por la devaluación del lunes. La puja interna, en especial con el repuesto Ministro de Agroindustria y representante de la Sociedad Rural, Agustín Etchevere, fue tan fuerte, que finalmente la suba de las retenciones quedó en el olvido. Desde economía, aseguraban el miércoles que el financiamiento del paquete llegaría de la mano de la recaudación impositiva extra por el crecimiento del consumo. Es decir, de los propios bolsillos de la clase media a la que beneficia el paquete de medidas.
Algo similar surge de la decisión de quitar el IVA a una lista de alimentos básicos. El anuncio se da en una semana en que los formadores de precio ajustaron las listas entre un 10 y un 20%. Todo indica que lejos de llegar a los bolsillos del consumidor, la mejora impositiva será absorbida por la cadena de valor alimenticia.
La contracara del teorema de Baglini, fue la actitud asumida por el vencedor en los comicios. En una actitud moderada propia de quien se percibe cerca del poder, Alberto Fernández prefirió el silencio durante la jornada del lunes, evitó responder en tono confrontativo las palabras del Presidente en la conferencia de prensa, y recibió de buen grado el llamado telefónico del mandatario. Sus palabras respecto a la cotización del dólar, y los rumores respecto al equipo económico de un futuro mandato, fueron bien recibidas por los mercados el jueves, lo que generó algo de calma hacia el fin de semana, con un tipo de cambio estacionado en torno a los $58, y un riesgo país retrocediendo hasta los 1.617 puntos.
Unos y otros son conscientes de la fragilidad de la situación, la cual no es negocio para el oficialismo, que carga con la responsabilidad de gobernar, ni para Fernández, que de ganar deberá asumir para gestionar las esquirlas de la crisis.

En números

25%
La devaluación resultante en la última semana. El dólar cerró el viernes en $58,5.
1.975
El registro de riesgo país en la jornada del miércoles, previo a los anuncios.

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