El hilo de Ariadna

Redacción

Por Redacción

En clave de Y

MARíA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Mientras escribo, tengo a mi lado una pequeña bolsita tejida al crochet, con un coqueto moño de ésos que hace la gente que sabe de presentaciones. En el interior de la bolsita, y contenida por otra de celofán, hay ceniza y arena del volcán Puyehue, el verdugo de Villa La Angostura. He pasado tres días en esta preciosa comarca de Neuquén; uno de esos viajes cortos –éste, con mi hermana Margarita – que fueron más que suficientes para disfrutar no sólo el resurgir de la tierra y las plantas. El resurgir –o el persistir, que es una condición indispensable – de la gente del lugar, venciendo día y noche la negrura y el gris, sacando lo mejor de sí, enfrentando sus peores miedos y desesperanzas, es tan milagroso, o natural, según se mire, como las omnipresentes, preciosas aljabas. Llegamos, en verdad, aprovechando la campaña local para que usted, yo, volvamos, vayamos por primera vez, les demos la oportunidad de demostrar que sí, que salieron, que salieron con todo lo que saben y más que inventaron, y créame: vale el viaje. Comentarle las bellezas de ese paisaje no es el propósito de esta conversación (puesto que supongo que usted está charlando conmigo, acerca del drama de catástrofes naturales y cómo sobrevivir.) Sí diré que están teniendo un otoño templado y amable, como si el universo quisiera resarcirlos de un verano gris y tétrico. La magnificencia de lagos, cascadas y montañas no viene dada, como en general creemos. Antes y ahora, han hecho mucho para resembrar, limpiar el bosque y la pequeña ciudad. César y Clara, la pareja dueña del lugar donde nos alojamos, nos contaba que jamás cerraron, cuestión difícil de creer cuando nos mostraban las fotos donde todo el lugar estaba sepultado en ceniza y arena, salvo ventanas y puertas y un caminito. Ventanas, puertas, caminitos, electricidad, agua, cada determinante habitual de la vida cotidiana, fue barrido, paleado, succionado, una y otra vez. Y como se ha destacado con justicia, la naturaleza respondió en meses lo que los “expertos” esperaban en años. Es conmovedor ver las montañas de arena volcánica que poco a poco desparraman rellenando depresiones, adornadas con ramilletes verdes que emergen de la misma materia que antes las eliminó. O casi. Por supuesto que las hermanas Salto cumplimos todos los ritos turísticos: fotografías, comidas típicas, chocolates, artesanías… debo reconocer que soy compradora compulsiva de tazones, mates, adornos, todas cosas preciosas detrás de las cuales, si usted quiere saber quién hay detrás, brindan historias de vida para dejar pasmado a cualquiera cuyo mayor problema sea que no funciona el celular o dónde estacionar. Adriana, una admirable mujer comerciante, nos contaba lo que fue unirse, organizarse para dar una respuesta a muchas mujeres desvalidas, sin contención económica y sicológica; y como las comunidades tehuelches primitivas, tejían, hilaban, tallaban en conjunto… Debo decirle: reaccionó indignada ante el comentario de que Villa La Angostura es un lugar “para ricos”. Quizás porque ella representa esa parte de la sociedad que emerge día a día con enorme esfuerzo, y esa parte fue la que sostuvo la resistencia, la que encontró, hilo, agujas, punzones, pinturas mediante, el mágico hilo de Ariadna, el que permitió a Teseo salir del Laberinto del Minotauro. Volví a releer este episodio de la mitología griega porque cuando Adriana nos regaló una bolsita, la bolsita que tengo a mi lado, vi el hilo mágico que fue de sus manos a las de las otras mujeres al telar a la aguja a la risa al mate al llanto, el hilo que marcó el camino para salir del laberinto. ¡Ah! Hay un lugar que ofrece la sopa más rica que probé en mi vida.


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