El Maitén, cuna del trencito que enamora a los turistas

“Acá podés hablar mal de algún pariente, pero no hablés mal del tren porque van a saltar y lo van a defender con uñas y dientes”, graficó Carlos Kmet, el jefe de los talleres ferroviarios con 50 años de oficio y quien sigue siendo un verdadero “artesano de la trocha”, como denominan popularmente los lugareños al Viejo Expreso Patagónico.

Redacción

Por Redacción

FIESTA NACIONAL DEL TREN A VAPOR

En El Maitén se definen como un pueblo “de puro corazón ferroviario” por su pertenencia con el ramal que le dio vida desde la década del ‘40 y fuera declarado “Patrimonio de la humanidad” por sus características que lo han transformado en un atractivo turístico mundial único.

Por estos días todo vuelve a ser algarabía porque se preparan para celebrar la 21° Fiesta Nacional del Tren a Vapor (aunque la celebración ya lleva 31 años consecutivos), donde están programados “viajes populares” en el trencito (cuesta $80 el pasaje hasta la estación Bruno Thomae), con la premisa de que “todos se puedan subir y disfrutar un rato de este verdadero museo andante” encabezado por las viejas locomotoras Baldwin y Henschell, con casi un siglo de andanzas por las estepas patagónicas.

Es que “con mucho orgullo nuestra gente se prepara para recibir a los turistas y mostrarles también los talleres donde se cuida a esta verdadera reliquia, donde se mantiene en envidiable estado las máquinas y vagones para que cada día pueda escribirse una nueva página de esta rica historia y para que los pasajeros puedan realizar un viaje inolvidable a través de nuestros majestuosos paisajes”, refleja el secretario de Turismo, Dardo Rivera.

Lo cierto es que en cada esquina de El Maitén encontrará algún vecino “ansioso de contarle una historia de La Trocha, que dio vida a muchos pueblos entre Ingeniero Jacobacci y Esquel. Hoy vemos que estaciones como Ñorquinco, Cerro Mesa, Mamuel Choique están el olvido, la pobreza de su gente es total y solo el trencito es capaz de volver a levantarlas”, subrayan convencidos los Mansilla, con tres generaciones de maquinistas.

Por las calles el visitante también se encontrará con los viejos ferroviarios -ya jubilados-, con sus anécdotas de “inviernos nevadores, donde el trencito era el único que pasaba”; accidentes que aportaron sus mártires o cientos de relatos de mochileros tocando sus guitarras, estudiantes y paisanos sacando sus cacerolas para calentarlas sobre la única salamandra del vagón de segunda para compartir un almuerzo a mitad de camino…

ARTESANOS

Uno de los atractivos para este fin de semana es una visita guiada a los talleres del Viejo Expreso Patagónico, donde las maquinarias y herramientas de reparación son únicas. Con ellas se realizan artesanalmente todas las piezas que ya no tienen fabricación industrial y es por este motivo que a sus operarios se los denomina “los artesanos del tren”.

Al salir, frente al andén, está el Museo Ferroviario que conserva piezas, indumentaria y herramientas utilizadas en los primeros años de funcionamiento de La Trochita, bautizada por el ancho de sus 75 centímetros de vías. Relatos directos de los protagonistas, trajes, fotografías, antiguas farolas y hasta una zorrita ferroviaria, completan la muestra “con toda su nostalgia a cuestas”.

HISTORIA

El recorrido de La Trochita abarca 402 kilómetros y une a Esquel (Chubut) con Ingeniero Jacobacci (Río Negro). Su nacimiento parte en el año 1908, cuando se sancionó una ley que promovía el fomento de los territorios nacionales mediante la creación de una serie de líneas férreas y que facilitó la llegada del tren a Bariloche.

En tanto, los trabajos para la construcción del ramal de 75 cm de trocha comenzaron en 1922, luego de la compra de máquinas y vagones.

Lo cierto es que su concreción “fue muy complicada ya que presentó todo tipo de dificultades: climáticas, topográficas y de recursos, como la carencia de agua, de vital importancia para el funcionamiento de la locomotora que necesita reaprovisionarse cada 40 kilómteros”. Finalmente, sorteados todos los inconvenientes, en 1942 el tren llegó a El Maitén y tres años después hasta Esquel.

Hasta finales de la década de los ‘70 su actividad fue intensa. Una o dos formaciones diarias partían desde Esquel trasportando cereales, cueros, maderas y fundamentalmente lanas de las estancias inglesas. Una de las “paradas obligadas” era la estación Leleque, ubicada en media del latifundio. En Ingeniero Jacobacci el cargamento era trasladado al ferrocarril de trocha ancha con destino al puerto de Buenos Aires.

Si bien el transporte de cargas era su principal actividad, no era menos importante el servicio social que brindaba a los habitantes de los distintos parajes, que por aquellos años no contaban con otros medios de transporte.

A partir de los ‘80, las nuevas rutas y las “políticas de turno” fueron desplazando la utilidad comercial de La Trochita, hasta que en 1993 un plan de racionalización ordenó el cierre del ramal.

Sin embargo, el trencito patagónico “ya estaba instalado en el corazón de la gente, y como los sentimientos no entienden de números, se produjo un fenómeno social que involucró a pobladores y medios de comunicación que reclamaron por el salvataje de La Trochita”.

Finalmente, en febrero de 1994, el gobierno chubutense decidió hacerse cargo y hasta hoy se cumplen los servicios turísticos entre El Maitén y Bruno Thomae, y entre Esquel y Nahuelpán (AEB).


FIESTA NACIONAL DEL TREN A VAPOR

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