El mal holandés

El aumento constante del precio de la soja, el “yuyo” que semana tras semana se anota nuevos récords en los mercados internacionales, superando con comodidad los 600 dólares la tonelada a causa de la sequía que sufre Estados Unidos, puede considerarse muy positivo por tratarse de un producto exportable que la Argentina está en condiciones de producir en grandes cantidades. Como afirmó hace poco el exministro de Economía Roberto Lavagna, de no haber sido por el boom del poroto “el modelo” kirchnerista ya hubiera colapsado. Asimismo, de haberse producido diez años antes el fenómeno, nos hubiéramos ahorrado la crisis que puso fin a la gestión de la Alianza. Con todo, la importancia adquirida por la soja sí plantea algunos problemas muy engorrosos. Tal y como están las cosas, el país corre el riesgo de caer víctima de lo que los economistas llaman “la enfermedad holandesa”. En 1959 los holandeses comenzaron a aprovechar los yacimientos de petróleo y gas del mar del Norte, lo que les permitió ganar mucho dinero y mejorar de golpe la balanza comercial, pero que pronto provocó la sobrevaluación de la moneda local, lo que tuvo consecuencias nada felices para la industria y otros sectores económicos que no crecían tan rápidamente como los vinculados con el gas. De más está decir que en nuestro caso las exportaciones de soja están ocasionando distorsiones parecidas, beneficiando enormemente a un sector pero perjudicando a muchos otros. Los voceros gubernamentales aparte, todos coinciden en que el atraso cambiario es grave y que la Argentina ha dejado de ser un país competitivo. De no haber contado el gobierno con los ingresos proporcionados por la soja hubiera tenido que tomar medidas para combatir la inflación, pero merced a las ventas masivas del “yuyo” no se ha sentido constreñido a hacer mucho más que erigir barreras proteccionistas para obstaculizar el ingreso de importaciones, sin que los encargados de dicha tarea se hayan preocupado por discriminar entre lujos presuntamente superfluos por un lado e insumos imprescindibles por el otro. Como sucedió en Holanda cuando se modificó radicalmente el panorama macroeconómico, el protagonismo de la soja ha incidido de manera claramente negativa en las muchas zonas del país que no la producen al obligarlas a adaptarse a una nueva realidad. Como acaba de subrayar la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME), de resultas de la fortaleza aparente de la moneda que ha sido posibilitada por el boom de un commodity específico, la soja, más de la mitad de las explotaciones de las economías regionales “vienen sufriendo pérdida de rentabilidad, golpeadas por el incremento de los costos internos y la persistencia de un tipo de cambio desfasado”, síntomas éstos que, huelga decirlo, son característicos de “la enfermedad holandesa”. Según la CAME, el fenómeno afecta no sólo a los empresarios sino también a casi un millón de personas empleadas “en forma permanente o transitoria” en distintas actividades. También se han visto perjudicados muchos gobiernos provinciales, ya que buena parte del dinero generado por las exportaciones de soja termina en manos del gobierno nacional que, como es su costumbre, lo reparte según criterios netamente políticos. Por fortuna la soja, a diferencia del gas o el petróleo, no se presta con facilidad a la monopolización por parte del gobierno de turno. Aunque no sorprendería que los intelectuales kirchneristas pensaran en la conveniencia de crear una especie de YPF sojera para que el gobierno se apoderara por completo de lo que hoy en día es la fuente principal de ingresos comerciales del país, el riesgo así supuesto parece remoto. De todos modos, en este ámbito la experiencia de los países petroleros ha sido aleccionadora. Con la excepción de Noruega, todos han degenerado en feudos regenteados por corruptos muy ricos. Por razones evidentes, la dependencia excesiva de un solo producto, o sea el monocultivo, no suele ser compatible ni con el pluralismo democrático ni con el desarrollo económico y social equilibrado. Si bien parece poco probable que la soja termine provocando tantos estragos en la Argentina como los ocasionados por el petróleo en muchos países árabes y en Venezuela, ya se ha visto afectada por una variante acaso leve, pero para muchos poco benigna, de la temida enfermedad holandesa.


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