El mundo feliz de Axel
Es por lo menos factible que el ministro de Economía Axel Kicillof sinceramente crea que la Argentina “es la envidia de todo el mundo” por haberse desendeudado negándose a honrar sus obligaciones o que es absurdo suponer que la tasa anual de inflación es del 40%. También lo es que el hombre fuerte del gobierno entienda muy bien que no le convendría alejarse demasiado del relato imaginativo de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, razón por la que, como el Cándido de Voltaire, se siente constreñido a insistir en que, a pesar de las apariencias, el país cuenta con el mejor de los modelos posibles. Sea como fuere, el que el encargado de manejar la economía nacional se haya permitido hablar así virtualmente garantiza que siga cometiendo errores costosísimos, ya que desde inicios de su gestión la economía no ha dejado de rodar cuesta abajo. No es una cuestión de ideología –parecería que la suya es una mezcla de marxismo y keynesianismo, con una dosis de fervor setentista–, sino de falta de realismo. La Argentina dista de ser “la envidia del mundo”, el desendeudamiento ha sido a lo sumo parcial –ya que, para indignación del gobierno, algunos acreedores no se han dado por vencidos– y toda ama de casa sabe que los precios minoristas están subiendo a un ritmo que es muy superior al 24% que según el secretario de Comercio, el camporista Augusto Costa, alcanzará en el transcurso del año que está por terminar, lo que, de todos modos, ha hecho trizas las previsiones presupuestarias. A juzgar por las desopilantes declaraciones con que nos mantiene entretenidos, el ministro de Economía ya vive en un mundo propio que es muy distinto de aquel de los demás y supone que si minimiza la gravedad de la situación en la que el país se encuentra le será más fácil impedir que todo se venga abajo antes del 10 de diciembre del año próximo. Puesto que ambas alternativas son preocupantes, no extraña que una ola de incertidumbre se haya difundido. Aunque a Kicillof no le gusta para nada que se hable de “clima de negocios”, a su juicio un concepto neoliberal inapropiado para los tiempos nacionales y populares que corren, el estado de ánimo del grueso de los empresarios incide de manera decisiva en la marcha de la economía. En la actualidad, dicho clima es tan malo que la mayoría de las empresas está más interesada en reducir la fuerza laboral que tiene que en aumentarla o en invertir pensando en las posibilidades futuras. Como es natural, la resistencia a arriesgarse está provocando consecuencias sociales muy ingratas. Asimismo, por estar casi todas las fuentes de trabajo que se abren en el sector público pero el Estado carecer de recursos financieros genuinos para pagar a los empleados, ha sido necesario recurrir cada vez más a la maquinita de imprimir billetes, lo que si bien Kicillof, en base a sus propias teorías jura que no lo cree, sólo sirve para alimentar la inflación. En todas partes es normal que el gobierno local interprete las estadísticas económicas de la forma más positiva posible, pero en el mundo democrático ninguno se ha animado a falsificarlas como ha hecho el kirchnerista que, al hacer del Indec una repartición meramente propagandística que trata los deseos oficiales como si fueran datos incontrovertibles, privó al país de un instrumento fundamental. Como resultado, desde hace años los responsables de pilotear la economía nacional dependen más de su propio olfato que de datos concretos, ya que no se animan a prestar la debida atención a la realidad por temor a enojar a la jefa de la tripulación. Así, pues, sin brújula y sin mapas, han llevado al país a una zona tormentosa de la que le costará mucho salir. Los más optimistas esperan que un eventual arreglo con los fondos buitre y la proximidad del cambio de gobierno sean suficientes para que la economía no se hunda mientras Cristina, Kicillof y sus compañeros estén en el poder, pero ni siquiera los convencidos de que el país está en condiciones de soportar un año más de voluntarismo caprichoso creen que la recuperación será automática. Por el contrario, temen que nos espere una etapa prolongada de conflictos de todo tipo al procurar cada uno minimizar su propio aporte a los gigantescos costos que nos supondrán los doce años ganados por los kirchneristas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 2 de diciembre de 2014
Es por lo menos factible que el ministro de Economía Axel Kicillof sinceramente crea que la Argentina “es la envidia de todo el mundo” por haberse desendeudado negándose a honrar sus obligaciones o que es absurdo suponer que la tasa anual de inflación es del 40%. También lo es que el hombre fuerte del gobierno entienda muy bien que no le convendría alejarse demasiado del relato imaginativo de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, razón por la que, como el Cándido de Voltaire, se siente constreñido a insistir en que, a pesar de las apariencias, el país cuenta con el mejor de los modelos posibles. Sea como fuere, el que el encargado de manejar la economía nacional se haya permitido hablar así virtualmente garantiza que siga cometiendo errores costosísimos, ya que desde inicios de su gestión la economía no ha dejado de rodar cuesta abajo. No es una cuestión de ideología –parecería que la suya es una mezcla de marxismo y keynesianismo, con una dosis de fervor setentista–, sino de falta de realismo. La Argentina dista de ser “la envidia del mundo”, el desendeudamiento ha sido a lo sumo parcial –ya que, para indignación del gobierno, algunos acreedores no se han dado por vencidos– y toda ama de casa sabe que los precios minoristas están subiendo a un ritmo que es muy superior al 24% que según el secretario de Comercio, el camporista Augusto Costa, alcanzará en el transcurso del año que está por terminar, lo que, de todos modos, ha hecho trizas las previsiones presupuestarias. A juzgar por las desopilantes declaraciones con que nos mantiene entretenidos, el ministro de Economía ya vive en un mundo propio que es muy distinto de aquel de los demás y supone que si minimiza la gravedad de la situación en la que el país se encuentra le será más fácil impedir que todo se venga abajo antes del 10 de diciembre del año próximo. Puesto que ambas alternativas son preocupantes, no extraña que una ola de incertidumbre se haya difundido. Aunque a Kicillof no le gusta para nada que se hable de “clima de negocios”, a su juicio un concepto neoliberal inapropiado para los tiempos nacionales y populares que corren, el estado de ánimo del grueso de los empresarios incide de manera decisiva en la marcha de la economía. En la actualidad, dicho clima es tan malo que la mayoría de las empresas está más interesada en reducir la fuerza laboral que tiene que en aumentarla o en invertir pensando en las posibilidades futuras. Como es natural, la resistencia a arriesgarse está provocando consecuencias sociales muy ingratas. Asimismo, por estar casi todas las fuentes de trabajo que se abren en el sector público pero el Estado carecer de recursos financieros genuinos para pagar a los empleados, ha sido necesario recurrir cada vez más a la maquinita de imprimir billetes, lo que si bien Kicillof, en base a sus propias teorías jura que no lo cree, sólo sirve para alimentar la inflación. En todas partes es normal que el gobierno local interprete las estadísticas económicas de la forma más positiva posible, pero en el mundo democrático ninguno se ha animado a falsificarlas como ha hecho el kirchnerista que, al hacer del Indec una repartición meramente propagandística que trata los deseos oficiales como si fueran datos incontrovertibles, privó al país de un instrumento fundamental. Como resultado, desde hace años los responsables de pilotear la economía nacional dependen más de su propio olfato que de datos concretos, ya que no se animan a prestar la debida atención a la realidad por temor a enojar a la jefa de la tripulación. Así, pues, sin brújula y sin mapas, han llevado al país a una zona tormentosa de la que le costará mucho salir. Los más optimistas esperan que un eventual arreglo con los fondos buitre y la proximidad del cambio de gobierno sean suficientes para que la economía no se hunda mientras Cristina, Kicillof y sus compañeros estén en el poder, pero ni siquiera los convencidos de que el país está en condiciones de soportar un año más de voluntarismo caprichoso creen que la recuperación será automática. Por el contrario, temen que nos espere una etapa prolongada de conflictos de todo tipo al procurar cada uno minimizar su propio aporte a los gigantescos costos que nos supondrán los doce años ganados por los kirchneristas.
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