El mundo real es virtual

Daniel Molina

No nos damos cuenta de que vivimos más tiempo en el mundo de los bits que en el de los átomos. Hay 4.000 millones de adultos de clase media que hoy pasan más del 60% de su tiempo mirando una pantalla. Sin embargo, seguimos creyendo que el mundo virtual no es importante.


Seguimos pensando en países, pero lo cierto es que el poder que se está desarrollando en el mundo virtual es de tal magnitud que no hay gobierno que hoy pueda hacerle frente. Amazon paga impuestos por una cifra ridícula en EE. UU. porque tiene su sede en el exterior y casi todo lo que gana en los EE. UU. lo reinvierte allí (entre otras cosas en inteligencia artificial). Si el poderoso gobierno de EE. UU. no tiene suficiente poder para lograr que Amazon tribute lo que debería, imaginen qué poder tienen los demás gobiernos.


El caso de Amazon no es una excepción sino la regla. Además, Amazon paga cada vez peores salarios. Su estructura necesita una ínfima cantidad de empleados hipercapacitados (que ganan sueldos inimaginables en la mayoría de las otras empresas), pero la realidad de los otros cientos de miles de sus empleados es muy diferente: como realizan tareas poco sofisticadas y rutinarias ganan tan poco dinero que un tercio de ellos solicita el vale de comida que le provee el Estado norteamericano a los trabajadores con salarios más bajos.


Aceptamos los avances tecnológicos sin pensar en las consecuencias. Nadie lee los términos y condiciones que acepta cuando baja a su celular una aplicación. Esta semana se puso de moda FaceApp (¡es redivertida!), que muestra nuestro rostro envejecido: cientos de millones de personas le regalaron sus datos sin pensarlo. Esa app es parte de los programas de reconocimiento facial, la principal tecnología actual.


Esos programas son cada vez más precisos y es cada vez menos probable que no nos reconozcan. Todavía cometen errores, pero el piso de reconocimiento hoy está en un 70% y tienen picos de efectividad cercanos al 90%.


En China uno ya puede ir a un negocio y “pagar con una sonrisa” con la app Smile to Pay, el sistema de pago online con reconocimiento facial de Alipay. También se puede sacar un crédito en el banco virtual operado por Xiaohua (con el escaneado de tu rostro en la app móvil Xiaohua Qianbao).
Hace un siglo cedimos las huellas dactilares al Estado. Ahora les regalamos nuestra cara a los programas de reconocimiento facial. Pero no es lo mismo haber cedido nuestras huellas dactilares que dar nuestra cara. Es bastante difícil que alguien consiga fácilmente nuestras huellas, pero no hace falta ser un espía muy sofisticado para tomar una foto sin que el retratado se dé cuenta.


Todos las aplicaciones populares (Instagram, Facebook o Twitter) están llenas de fotos que millones de ciudadanos le toman a otros que no conocen. Cualquiera de esas fotos sirve para que un buen programa de reconocimiento facial pueda dar todos los datos de la persona, desde su documento hasta su domicilio.


Hace un siglo cedimos las huellas dactilares al Estado. Ahora les regalamos nuestra cara a los programas de reconocimiento facial. Pero no es lo mismo una cosa que la otra.



El poderoso programa Face++ ayuda al gobierno chino a seguir a cada uno de los más de mil millones de adultos que se desplazan por el país. No solo reconoce los rostros de cada ciudadano chino, sino las patentes de los autos, la ropa, las posturas, etc. Esto no solo pasa en países con gobiernos autoritarios: en EE. UU. se está viviendo un proceso parecido. La base de datos del gobierno norteamericano contiene 125 millones de rostros.


Hasta hace poco solo se podían registrar los datos de personas con antecedentes judiciales. Estos 125 millones de rostros de la base estadounidense no pertenecen a delincuentes: son de los ciudadanos comunes que han cedido, por lo general sin saberlo, sus derechos. Vivimos bajo una vigilancia virtual absoluta sin saberlo. Basta entrar en la web de la AFIP y ver los movimientos de dinero que cada uno de nosotros tiene registrados.


El profiláctico o el test de embarazo que compraste en la farmacia de la otra cuadra también figuran allí.
Esa enorme vigilancia sobre cada uno de nosotros, que hoy es la norma estatal (pero también de las principales empresas, y de toda institución o individuo que sepa cómo hacerlo), nos ofrece a cambio una vida más fácil o un rato de entretenimiento. Al menos mientras no haya problemas porque un algoritmo (ante el cual no hay apelación posible) detectó que tus movimientos son sospechosos de terrorismo o evasión fiscal.


El mundo virtual no tiene fronteras. Estamos físicamente en Buenos Aires pero en la pantalla estamos frente a las pirámides de Egipto. Vivimos una temporalidad acelerada y ansiosa que no soporta la espera y cambia nuestra percepción del tiempo. También la ubicuidad del mundo virtual transforma nuestra percepción del espacio.
Somos otros, distintos de los que fuimos, y todavía no nos dimos cuenta.


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