El mundo siempre está mejorando, pero la mayoría no se da cuenta



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Vivimos cada vez más años y en mejores condiciones, pero la mayoría cree que todo tiempo pasado fue mejor. Según una encuesta de la OCDE, que reúne a 34 de los países con mayor potencial económico, apenas el 12% de los habitantes de esos países cree que el mundo ha mejorado.

Cuando Colón llegó a América, en todo el planeta vivían unos 500 millones de personas. Más del 95% de ellos eran pobres o miserables. La expectativa de vida al nacer era, en promedio, de unos 28 años. La inmensa mayoría moría en la infancia. Uno de cada dos niños no llegaba a cumplir los cinco años. Existían personas de más de 40 años, pero eran tan extrañas como las que hoy tienen más de 100 años.

En 1798 Thomas Malthus publicó su “Ensayo sobre el principio de la población”, en el que sostenía que mientras la población crecía geométricamente la disposición de alimentos solo crecía aritméticamente. Argumentó que, cuando se superara el límite de los 1.000 millones de personas, la humanidad se destruiría en una guerra por el alimento.

Hoy la población mundial alcanza los 7.300 millones de habitantes y hay alimentos en exceso: producimos comida para unos 9.000 millones de personas. Mucha de esa comida se pierde o se desperdicia y el hambre que aun subsiste se debe a un déficit en la distribución, no a la escasa producción de alimentos.

Hasta fines del siglo XIX no se logró alcanzar una expectativa de vida de 40 años. Y la división por género era terrible: las mujeres vivían mucho menos que los varones porque la mayoría moría durante un parto. Las horribles condiciones de higiene de los partos explicaron gran parte de la mortalidad femenina durante milenios. Era difícil que una mujer superara los 25 años. Muchas morían a los 14 o 16, ya en su tercero o cuarto parto.

Salvo el cáncer y las enfermedades cardiovasculares, que hoy son las dos principales causas de muerte, todas las enfermedades que mataron a la mayoría de la población durante milenios se encuentran controladas.

No solo se trata de mejoras en la salud, la higiene, la alimentación, la calidad de vida, la posibilidad de envejecer en buenas condiciones, sino también del cambio radical que se operó en la educación a partir de la Revolución Industrial de 1750. En la Edad Media europea, el 99% de los nobles era analfabeto. Los clérigos y unos pocos nobles sabían leer y escribir (con muchas dificultades, peor que un niño actual que comienza la escuela primaria). Los eruditos eran excepcionales. En toda Europa, en cada generación, apenas si eran unas decenas.

Vivimos el triple de tiempo que hace 250 años. Vivimos mucho mejor desde el punto de vista de la calidad de vida y de la educación. En 1816, el 90% de la población era pobre; hoy, apenas dos siglos más tarde, lo es apenas el 10%, según el último informe de la FAO. La mayoría de los niños nacidos este año tienen ya una expectativa de vida de un siglo: ¡un siglo!

¿Cómo puede ser que, ante esta evidencia, aun la mayoría siga creyendo que nunca estuvimos peor? Cuando se produjo la Revolución Francesa surgieron en Europa sectas místicas (cristianas y judías) de carácter apocalíptico. Sostenían que había que pasar por una catástrofe nunca vista para depurar a la humanidad y que recién luego de esa depuración se iba a poder revolucionar el mundo y construir una sociedad armónica y solidaria.

Esos movimientos se relacionaron profundamente con la naciente izquierda política y desde allí inseminaron el pensamiento progresista de Occidente. De esos movimientos catastrofistas nos viene el pensamiento de que el mundo empeora permanentemente. El progresismo sigue viendo siempre el vaso medio vacío y lo interpreta como un anuncio de la crisis revolucionaria.

No importa cuánta evidencia se aporte sobre el descenso de la pobreza, el progresista-apocalíptico refutará que ese pequeño porcentaje equivale a cientos de millones de personas y que nunca hubo tal cantidad. Estamos tan mal que aumentó la desigualdad: unos pocos ricos tienen tanta fortuna como millones de pobres. Para este pensamiento de izquierda siempre el mundo es imperfecto, horrible y está por estallar.

A pesar de lo que se diga, las ideologías no han muerto. Están más vivas que nunca. Como afirmó Claude Levi-Strauss, “nada se parece más al pensamiento mítico que la ideología política”. Funciona como la religión laica de nuestra época. Y al igual que las religiones formales, a las ideologías no hay debate racional que las disipe.

(*) Crítico cultural

OPINIÓN

Daniel Molina -

@rayovirtual (Especial para “Río Negro”)


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