El nacionalismo regresa a Europa
Mientras que en Estados Unidos y, más aún, en América Latina el nacionalismo siempre ha disfrutado de buena salud, en Europa el establishment político e intelectual quisiera creer que murió en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. El horror que tantos sienten cuando piensan en las consecuencias de anteponer los intereses del país o de la etnia propia a todo lo demás es comprensible. De no haber sido por las ambiciones de los nacionalistas alemanes e italianos y, en menor medida, de otros, el Viejo Continente no hubiera sufrido una catástrofe humanitaria de dimensiones apenas concebibles que segó millones de vidas. Pero, para alarma de los comprometidos con la Unión Europea, parecería que en su parte del mundo el nacionalismo está levantándose de su lecho de enfermo. En Francia, Italia, Inglaterra, Escocia, Cataluña, Grecia, Hungría y otras comarcas, movimientos desembozadamente nacionalistas están cobrando fuerza. Ya no es cuestión sólo de una franja conformada por extremistas nostálgicos. Con todo, hay una diferencia importante entre los nacionalistas actuales y sus antecesores de setenta o más años atrás. Puede que muchos sean personajes agresivos, pero pocos fantasean con conquistar las tierras de sus vecinos; antes bien, están a la defensa. Lejos de soñar con apoderarse del mundo, quieren mantenerlo a raya, impedir que los prive de lo que suponen es entrañablemente suyo. Con la excepción acaso pasajera de los separatistas escoceses, catalanes y vascos, que dicen aspirar al autogobierno, los nacionalistas europeos se oponen a la inmigración masiva de personas procedentes de culturas que les son radicalmente ajenas, a la “globalización” que está transformando la economía local y a la soberbia que atribuyen a los “burócratas anónimos” de Bruselas. Los preocupa el poder creciente de las instituciones de la Unión Europea y la debilidad resultante de aquellas de sus países natales. Aunque la mayoría de los nacionalistas parece dispuesta a reconocer, si bien a regañadientes, que sería mejor conservar la UE por ser relativamente pequeños en comparación con Estados Unidos o China, hasta países como Alemania, Francia y el Reino Unido lo que tienen en mente es una confederación mucho menos uniforme que la propuesta por las elites tradicionales, una en que se respetara más la idiosincrasia de los distintos pueblos. Es probable que las ideas así insinuadas terminen imponiéndose. Para desagrado de los persuadidos de que la Unión Europea pudiera reemplazar emotivamente a los Estados nacionales, lo que le permitiría erigirse en una superpotencia equiparable con Estados Unidos, las viejas lealtades han resultado ser demasiado fuertes. Despreciarlas, calificarlas de ultraderechistas, cuando no de fascistas, como hacen progresistas que preferirían abolir las fronteras, sólo sirve para exasperar a la mayoría que se siente abrumada por las oleadas de cambio a las que se ha visto sometida. Por reaccionario que sea cerrar filas con los aceptados como compatriotas para hacer frente al resto del género humano, sería inútil negar que es algo instintivo, natural. Para que los habitantes de un lugar determinado conformen una comunidad auténtica es necesario que compartan el mismo conjunto de valores. Para desazón de los convencidos de que, con buena voluntad, debería ser posible crear sociedades a un tiempo caleidoscópicas y solidarias en que pueblos de una multitud de tradiciones culturales o religiosas convivan amistosamente en un clima de respeto mutuo, la experiencia universal hace pensar que el ideal así supuesto es utópico. Han existido sociedades multiculturales, pero todas han sido muy conflictivas. En la India, la mayor parte de África y Oriente Medio matanzas motivadas por odios sectarios o étnicos a menudo ponen fin a períodos de tranquilidad que en verdad no son más que treguas. Aunque el tribalismo está con nosotros desde el Paleolítico, el nacionalismo es considerado un fenómeno relativamente moderno que, en su forma actual, se remonta a la reacción de pensadores alemanes como Johann Gottfried Herder frente a las pretensiones universalistas de su vecinos franceses. Sin embargo, lo que en el caso de Herder comenzó como la defensa de particularidades culturales contra los decididos a eliminarlas no tardó en transformarse en una doctrina política que muchos encontrarían irresistible. Como resultado, en Europa pronto florecerían docenas de nacionalismos rivales, lo que hizo del continente un aquelarre; las fronteras entre los diversos grupos eran imprecisas y por lo tanto era imposible separarlos sin violar los derechos de millones de individuos. Asimismo, los comprometidos con una versión determinada de la nación propia se sintieron obligados a excluir a quienes no podían o no querían adoptarla. Por desgracia, definir una nación no es tan fácil como muchos suponen. A juicio de algunos, hay que privilegiar el idioma o el dialecto. Otros hacen hincapié en el credo religioso o, hasta 1945, en presuntas características raciales. Exportado a Asia y África, el nacionalismo hizo insostenibles los imperios de Gran Bretaña, Francia y Portugal. En Europa misma ya había destruido el multiétnico Imperio Austrohúngaro. Podría tomarse la Unión Europea por un intento de restaurar, en escala mayor, el viejo orden, con métodos pacíficos y democráticos. Hasta hace poco pareció que el proyecto sería exitoso y que casi todos los habitantes del Viejo Continente, incluyendo a los rusos, terminarían dentro de lo que los teóricos más optimistas llamaban “la casa europea”, pero últimamente se ha hecho evidente que los impulsores obraban con rapidez excesiva. Al introducir prematuramente la moneda común, decretar un sinnúmero de leyes novedosas sin darse el trabajo de consultar a los afectados y abrir las puertas para que entraran decenas de millones de extracomunitarios, los “eurócratas” de Bruselas despertaron al monstruo que querían dejar comatoso. Para apaciguarlo tendrán que dar algunos pasos atrás, respetando más ciertas particularidades locales, con la esperanza de que, andando el tiempo, la conciencia de que por separado los países europeos correrían el riesgo de verse marginados por gigantes de dimensiones continentales sirva para permitir que el proyecto político más ambicioso del mundo actual cumpla sus objetivos.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO