El nuevo papa y la pobreza
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
El nuevo papa Francisco, en una audiencia ante 6.000 periodistas que siguió al cónclave, al explicar por qué eligió el nombre de san Francisco de Asís dijo que le gustaría “una Iglesia pobre y para los pobres”. Estas declaraciones y otros gestos significativos han dejado en claro que es intención del flamante pontífice introducir un nuevo estilo en la Iglesia Católica. Lo que otorga especial credibilidad a estas actuaciones simbólicas es la incuestionable coherencia entre la prédica y la conducta del cura Bergoglio observada a lo largo de su dilatada y austera vida. Algo que inevitablemente irrita a quienes no pueden ofrecer una imagen semejante. En América Latina, lamentablemente, hay todavía muchos pobres. Como son tantos, los pobres tienen un enorme peso electoral. Por ese motivo son muchos también los que interpelan a los pobres para obtener su apoyo en las urnas. Sin embargo, las políticas que luego se implementan no siempre tienen éxito en resolver el problema acuciante de la pobreza. Cuando adoptan los rasgos de meros paliativos que prolongan la pobreza, esas políticas son objeto de natural sospecha. De igual modo, son muchos los dirigentes políticos que hablan en nombre de los pobres. Y asumiendo una defensa no otorgada de los pobres, acusan a determinados actores políticos –las “oligarquías vernáculas”, el “imperialismo”, “las corporaciones”– de ser los causantes de la pobreza. Es una burda simplificación, sin duda, pero que resulta más llamativa cuando proviene de personas que son inmensamente ricas. Personas que, a diferencia de Bergoglio, a lo largo de su vida han demostrado sentir un inmenso atractivo por los objetos de lujo –carteras, joyas, relojes– que son denominados “bienes posicionales” porque son las marcas de distinción que permiten a los ricos diferenciarse de la posición que ocupan los pobres. Esta notoria incoherencia entre la prédica y la conducta personal se observa también entre los objetivos políticos que proclaman y los medios que utilizan para alcanzarlos. Hemos escuchado en Argentina a muchos dirigentes que reivindican el rol del Estado como el instrumento más adecuado para romper el círculo vicioso de la pobreza. Seguramente tienen razón, pero luego en la práctica, para conservar el poder, esos dirigentes dilapidan sin escrúpulos los recursos del Estado en el fortalecimiento de sus posiciones partidarias. Los países que con éxito han logrado derrotar la pobreza, en especial los del sudeste asiático, han convertido el Estado en una poderosa herramienta para avanzar en la construcción de una economía sustentable. Han sabido promover el desarrollo con iniciativas estatales que han permitido expandir una economía eficiente y productiva que ha ido absorbiendo paulatinamente los bolsones de pobreza. Pero para ello han profesionalizado la administración pública, la han blindado frente a la influencia partidaria y han evitado el despilfarro de los recursos del Estado en la alimentación de clientelas electorales. En Argentina, en cambio, los ricos que aman a los pobres no han cesado de acrecentar su asombrosa riqueza personal y los defensores a ultranza del Estado no han dudado en usarlo con fines partidistas, colonizando a las empresas públicas y convirtiéndolas en deficitarias, pesadas e inservibles. Lo que pone en evidencia la enorme incoherencia que nutre un discurso político que hace todo lo contrario de lo que predica. En el lenguaje político, esa forma de conducirse tiene un nombre que se remonta a los primeros tiempos en que se ensayó la democracia en Grecia: se llama “demagogia”. Ese estilo de hacer política, que invadió también las altas esferas vaticanas, es el que el nuevo papa Francisco viene a cuestionar. Al menos, es lo que se infiere de sus palabras. Por ese motivo es que su designación ha disgustado a los sectores más exaltados del kirchnerismo. Han visto rápidamente en la figura de Bergoglio a un fuerte impugnador de ese estilo tan vinculado a un modo cínico, confrontativo y bélico de entender la política que hasta ahora han venido utilizado con total displicencia. El nuevo papa de origen argentino relató que la palabra “pobres” le surgió en la mente cuando lo eligieron e inmediatamente la asoció a la figura de san Francisco de Asís. Explicó que no tuvo entonces ninguna duda de que elegiría el nombre de ese santo predicador de la pobreza y de la paz. Añadió también que los católicos deberían recordar que el centro de la Iglesia es Jesús y no el papa. Unas palabras y unas definiciones dirigidas al mundo entero pero que en Argentina tendrán, con toda probabilidad, repercusiones inesperadas.