El Occidente desorientado



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SEGÚN LO VEO

Las sublevaciones populares que ya culminaron con la huida del dictador tunecino Ben Ali primero y, un par de semanas más tarde, del egipcio Hosni Mubarak tomaron por sorpresa al gobierno de Estados Unidos, de ahí la reacción vacilante del presidente Barack Obama frente a lo que sucedía en El Cairo y Alejandría: un día dijo que “el faraón” debería encargarse de la “transición hacia la democracia”; al siguiente le pidió irse cuanto antes en un intento desesperado por hacer pensar que se solidarizaba con la muchedumbre inmensa que llenaba la plaza principal de la capital egipcia. La confusión evidente de Obama resultó desconcertante. Parecería que los servicios de inteligencia norteamericanos no le habían advertido de que el prolongado reinado del dictador octogenario, de salud precaria, se acercaba a su fin y que por lo tanto sería necesario que la superpotencia se preparara para un período de cambios tal vez traumáticos en una región que desde la Segunda Guerra Mundial considera de interés estratégico. Hasta último momento el gobierno norteamericano respaldó al régimen de Mubarak, entregándole anualmente una cantidad fabulosa de dinero en ayuda militar, pero no procuró ayudar a las agrupaciones democráticas laicas como había hecho durante años en Europa central y oriental antes de la caída del Muro de Berlín, acaso por no querer hacer pensar que continuaba por el mismo rumbo que el ex presidente George W. Bush que, para indignación de sus compatriotas progresistas, por lo menos había tratado de “exportar” la democracia a Egipto presionando al dictador para que iniciara las reformas correspondientes. Es de por sí peligrosa la impresión ya difundida en Europa y el Oriente Medio de que la política exterior de Estados Unidos está en manos de aficionados ignorantes, elegidos por su militancia en el Partido Demócrata o en organizaciones no gubernamentales supuestamente progresistas. Los acostumbrados a la presencia reconfortante de un escudo militar norteamericano temen verse abandonados a su suerte en un mundo que les parece cada vez más hostil. Es éste el caso de los europeos, cuyo pacifismo puede atribuirse a la mentalidad de los habituados a contar con la protección de fuerzas armadas ajenas, privilegio que les ha permitido desarmarse sin preocuparse por las consecuencias. Asimismo, la sensación de que, de resultas de la retirada anímica de Estados Unidos, se ha producido un vacío de poder en la región más explosiva del planeta, no puede sino tentar a los deseosos de llenarlo. Por lo pronto, los aspirantes más temibles a sacar provecho de la actitud dubitativa norteamericana son los iraníes. Como nos recordaron las revelaciones de WikiLeaks, varios líderes árabes habían exhortado a Estados Unidos a frustrarlos manu militari, pero hasta ahora no hay muchos motivos para creer que Obama les haya prestado atención; tal vez espera que el pueblo iraní se las arregle para emular al tunecino y el egipcio. De todos modos, de consolidarse la idea de que el “hombre más poderoso del mundo” ha optado por limitarse a pronunciar discursos altisonantes, los iraníes no serán los únicos que se propongan aprovechar las circunstancias ya para eliminar peligros en potencia, ya para aumentar su propia influencia. Mucho dependerá del curso que tomen los acontecimientos en Egipto y otros países musulmanes. Si, como tantos esperan, la dictadura militar que efectivamente existe se ve sucedida pronto por un gobierno civil democrático que se concentre en buscar soluciones para los muchísimos problemas internos, sin caer en la tentación casi irresistible de achacarlos a Israel y el imperialismo occidental, el optimismo que está en boga desde el derrocamiento de Ben Ali se habrá visto reivindicado. En cambio, si los islamistas de la Hermandad Musulmana –una organización comprometida desde hace décadas con la islamización del mundo entero pero que según voceros del gobierno de Obama se ha convertido en una especie de sociedad de beneficencia que no plantea una amenaza a nadie– logran aprovechar lo que para ellos es una oportunidad inmejorable para acumular más poder, las pesadillas de los más pesimistas podrían resultar ser proféticas. Algunos esperanzados dicen creer que el mundo árabe está por democratizarse como hace relativamente poco hicieron América Latina y partes de lo que había sido el imperio soviético, que en adelante no habrá dictadores crueles y que en verdad muy pocos se sienten comprometidos con el islamismo militante que, aseveran los más vehementes, es sólo un cuco inventado por reaccionarios decididos a frenar el cambio. Tal juicio es absurdamente prematuro. Muchas revoluciones que no tardaron en adquirir formas horrorosas, como la francesa, la bolchevique y la iraní, empezaron con una rebelión popular contra un régimen despreciado sin que nadie pudiera prever que una minoría inescrupulosa bien organizada terminaría monopolizando el poder. Aunque no está escrito que a los egipcios y otros árabes les aguarda el destino atroz que puso fin a las ilusiones, y la vida, de tantos franceses y sus vecinos, rusos e iraníes que por un rato habían creído que los cambios en marcha les serían muy beneficiosos, sólo para darse cuenta de la magnitud de su error cuando ya fue demasiado tarde, tampoco lo está que el futuro les será mejor que el pasado. Entre los motivos del optimismo que sintieron los entusiasmados por el espectáculo brindado por manifestaciones gigantescas pero así y todo mayormente pacíficas, en Túnez, El Cairo y otras ciudades árabes, están el protagonismo de jóvenes que, además de saber expresarse en inglés, se movilizaban haciendo uso de las redes sociales posibilitadas por el avance arrollador de la informática y la participación escasa de los fanáticos religiosos que en otras oportunidades han monopolizado la calle para aullar consignas sanguinarias contra el Occidente en su conjunto y, desde luego, contra los judíos. Hubo episodios que contradijeron el relato agradable así supuesto: en la plaza Tahrir de El Cairo, una periodista estrella, “aria” para más señas, de la televisión norteamericana fue violada por una turba que le gritaba “¡Judía! ¡Judía!” y en Túnez una sinagoga fue blanco de un escrache yihadista, pero los medios más importantes prefirieron pasarlos por alto. Parecería que, como la administración de Obama, quieren convencerse de que todo saldrá maravillosamente bien. Por ser tan terrible la alternativa, hay que rezar para que en esta ocasión hayan acertado.

JAMES NEILSON


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