El oscuro mundo de Vera Fogwill
Múltiples voces en una novela negra y visceral.
La actriz debuta con su primera novela, aunque, como cuenta ella, escribe desde los 13 años y tuvo la aprobación de su padre: Rodolfo.
Seis personajes y una narradora omnisciente se cruzarán en el rompecabezas de la cotidianeidad hasta el próximo martes, el día que morirán, resume “Buenos, limpios & lindos”, la primera novela de Vera Fogwill, que hila múltiples voces para repensar la existencia humana y digerir un mundo que se oscurece día a día. Raymundo, que a los 90 años busca el amor; una joven musulmana convencida de sí misma y de sus valores; Jonathan, un chico acorralado por su padre; una geóloga perseguida por el pánico; Diosnel, un hombre enano que vende la fórmula del éxito y Nadia, una adolescente que odia a su nariz tanto como a su origen, articulan sin saber sus deseos, obsesiones, ideologías y miedos. Los retazos de vidas y relaciones y un futuro sin salida serán seguidos en tiempo y espacio por una heroína narradora –madre, empleada en el registro de defunciones, fanática de Gustavo Cerati– que permanece en un estado comatoso, pero a la vez lúcido, que le permite ir más allá, cuestionar la vida (el sentido), pensar en la muerte y ponerle valor a lo que importa. “Buenos, limpios & lindos” (Seix Barral), contracara local de la comedia negra de Ettore Scola, “para ensombrecerla mejor”, dirá Alan Pauls, es un panóptico de vidas que se acabarán, una trama armada arquitectónicamente que transita por la crueldad, la emoción, la angustia y la euforia para llegar a un lugar –¿la muerte?– y a un por qué, mientras se impone como una suerte de manifiesto autoral para decir “lo no dicho”. Vera Fogwill (Buenos Aires, 1972) dice que esta es su primera novela que saca a la luz, pero –aclara para los que no saben– ella escribe “desde los 16 años”. Es guionista, vive de eso, es madre y actriz, lo que hace que su rostro sea familiar. Y desde que tiene uso de la palabra escrita, es escritora. Hija del escritor Rodolfo Fogwill (1941-2010), Vera contó con el consentimiento paterno desde muy chica. “A los 13 años me escribió: ‘Estoy orgulloso de vos porque decís lo que querés y no lo que los demás quieren’. Me avaló a decir lo que quiero, no lo que está de moda. Eso vale la pena”, cuenta. “Fue avalar los papelones que uno puede hacer. Todo el mundo está tratando de no caer en el pozo. Cuando escribía esta novela sabía que estaba yendo a un pozo porque abordaba cosas muy límites, corría un riesgo en dialogar sin pruritos”, agrega la autora. Embarcada en una estructura narrativa “que fue un desafío”, Vera craneó esta novela “en capas” ocho años atrás, incluyó datos precisos –como que en Argentina mueren unas 305.000 personas al año–, investigó a fondo sobre el mundo musulmán, agregó cientos de referencias culturales e incluso consultó desde el I-Ching hasta seminarios magistrales sobre cómo aprovechar el tiempo. “No quería servir todo en una bandeja sino que haya un pequeño esfuerzo, no simplificar las cosas, es como en la vida que vas escuchando cosas y armando rompecabezas. ¿Quién se murió y por qué se murió? Son situaciones que conmueven”, cuenta. La muerte es el punto de partida narrativo. “No quería que al final te quedes con la muerte, sino que empieces con esa situación estrangulante. A partir de ahí hay una apertura para ver vidas desde otra óptica. El lugar de ‘no estar’ permite una distancia y otra mirada. Va a pasar esto y te voy a contar cómo se llegó”. Con destreza, la autora logra correr el velo del miedo a dejar de existir. “Pensar desde la muerte da trascendencia a hechos que si no fueran así, serían nimios. Sería estúpido contarte sobre un adolescente que quiere una PlayStation y el padre no se la quiere regalar, por ejemplo. Si no ponía ese límite los problemas serían cotidianos o generacionales. Si realmente vas a morir, volvés a tener sentido común”, reflexiona. La ficción refleja el hecho de “vivir en una sociedad de riesgo. Es una casualidad que estemos vivos, hay desde enfermedades, riesgos o lo inexplicable. Hay gente que no se plantea esto y hay otros que estamos permanentemente pensándolo, somos temerosos, quizás porque hay cierta conciencia. Lo que más me interesa en el campo de la creación es repensar estas cuestiones”. Para ella, “nada tiene mucho sentido, hay cierta crueldad que viene con el ser humano y no la vamos a cambiar, lamentablemente, porque sino no repetiríamos algunos errores”. “Hay un costado –dice– donde todos estamos sufriendo. No me estoy basando en otro planeta para escribir, la gente sufre. Si empezás a ver eso aparece la crueldad, porque es de uno mismo con uno mismo. El libro no tiene absurdos, absurda es la realidad, yo trato de ponerla en un género”. En su adolescencia, Vera creía que sería parte de un engranaje que cambiaría el mundo, pero hoy acepta otro juego y lo traslada a su novela. “Creía que se podían hacer cosas, en un momento dado me di cuenta que desde ningún campo podía mejorar el mundo, acepté esa condición de que no era nada y no podía hacer mucho. Hoy, mi mirada es escéptica”. Por esa razón eligió contar el universo adolescente con personajes de entre 13 y 15 años, cuyas vidas se truncan de una forma u otra. “Es una etapa donde uno tiene una creencia fuerte, con un sentido de lógica fuera de lo real, donde los planes se arman con una vehemencia y potencia que sólo se vuelven a tener en la vejez, donde volvés a desear con esa fuerza”, señala. La presencia de Cerati –banda sonora de muchos momentos de la vida de Fogwill– sobrevuela todo el libro con sus canciones, pero también remite a su estado de salud. “No me meto con nada que no sea de público conocimiento. La novela toca todo el tiempo lo que no se puede hablar y dice lo que nadie quiere decir y escuchar”, dice. Según cuenta, la figura de Cerati, ídolo de la narradora, fue una aparición “orgánica” en el texto. “También tuve un familiar que estuvo en coma y reflexionaba sobre ese estado, que es el de la protagonista, y me preguntaba qué estaba pasando”. “A la vez, mientras escribía escuchaba sus canciones y se me resignificaron las letras. Cómo pudo haber escrito eso antes de lo que le pasó. Estaba adelantado y eso me impactó. Todo estaba conectado”. Ni ‘cool, ni introspectiva, ni erótica, ni de moda. Vera Fogwill es visceral en su novela, es “políticamente incorrecta” y es en el momento de la vergüenza del papelón donde se detiene y dice: “sé que está bueno lo que estoy haciendo”. (Télam)
Leticia Pogoriles