“El País” bajo fuego

Redacción

Por Redacción

La reacción furibunda del gobierno venezolano frente a la publicación por el diario español “El País” de una foto que supuestamente mostraba al presidente Hugo Chávez intubado en un hospital cubano, pero que resultó ser apócrifa, además del desbordante regodeo tuitero de nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante lo que tomó por una nueva canallada mediática no pueden atribuirse a la indignación que a algunos les habrá provocado el pésimo gusto de los responsables del error. Al fin y al cabo, ni los chavistas ni los kirchneristas se destacan por su propio respeto por las normas de cortesía que, por oportunismo, se han puesto a reivindicar con vehemencia conmovedora. Antes bien, se habrá tratado de la frustración que sienten los chavistas y sus compañeros de ruta por la propensión creciente a mofarse de ellos de los intelectuales progresistas de Europa y América del Norte. “El País”, junto con el “New York Times”, “The Guardian” londinense y “Le Monde” de París, es miembro de la muy influyente alianza de medios de centroizquierda que hace algunos años apoyaba, con reparos puntuales, a los gobiernos populistas de América Latina por suponer que, a pesar de sus extravagancias y del autoritarismo que los caracterizaba, procuraban remediar las deficiencias estructurales de sus respectivas sociedades, pero que últimamente parece haber llegado a la conclusión de que en realidad líderes como Chávez y Cristina son reaccionarios locuaces y corruptos que, lejos de ayudar a los pobres de la región, están creando una situación que tarde o temprano los perjudicará y que en consecuencia no merecen simpatía alguna. De haberse tratado de un diario “amigo”, los venezolanos se hubieran limitado a amonestar a “El País” por dejarse engañar por el vendedor inescrupuloso de la foto “falsa” que, de todo modos, carecía de significado porque nadie ignora que Chávez está gravemente enfermo y que, “intubado” o no, está recibiendo tratamiento en una clínica cubana. Para Cristina, el paso en falso de “El País”, cuyos redactores, según parece, imaginaban –por motivos nada claros– que la ya mundialmente famosa foto era una primicia valiosísima, es evidencia suficiente de que hablar de la libertad de prensa es absurdo y que, como tuiteó, “es igual en todas partes”, aunque sería de suponer que no incluye en la “prensa canalla” que tanto le fastidia a los medios que, apropiándose del dinero aportado por los contribuyentes, está subsidiando para crear su propio imperio periodístico. Huelga decir que es preocupante la voluntad de la presidenta de aprovechar todas las oportunidades para desacreditar a los medios en su conjunto, como si formaran parte de una conspiración maligna en su contra, pero también lo es el populismo mediático que está detrás del deterioro de muchos periódicos antes considerados serios. En el mundo hispanohablante, “El País” tiene la reputación de ser un matutino muy respetable, equiparable en tal sentido a los mejores de Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y Alemania, pero parecería que una combinación de dificultades económicas y el deseo de competir con otros medios no sólo españoles sino también internacionales le hizo olvidar sus propias reglas internas. Como es natural, en esta ocasión los rivales de “El País”, sobre todo los molestos por las pretensiones éticas de centroizquierdistas que se atribuyen el monopolio de los buenos sentimientos, han agregado sus voces al coro descalificador populista, pero es de prever que tarde o temprano algunos cometan errores igualmente costosos. En un esfuerzo por reparar el daño, “El País” enseguida pidió perdón por el desliz y retiró cuanto ejemplar de la edición con la foto logró encontrar, pero ya era tarde para morigerar el golpe que acababa de sufrir su activo principal, que consiste en su credibilidad y el presunto sentido de responsabilidad de los redactores. De ser cuestión de un medio “amarillo”, especialista en chismes de dudosa veracidad y revelaciones escandalosas que no siente respeto alguno por la privacidad de las personas, este incidente lamentable no tendría mucha importancia: a lo sumo, la empresa pagaría una multa exorbitante que tomaría por gajes del oficio. Pero, claro está, se trata de uno de los diarios más prestigiosos de Europa, razón por la que no podrá darse el lujo de minimizar el significado de lo ocurrido.


La reacción furibunda del gobierno venezolano frente a la publicación por el diario español “El País” de una foto que supuestamente mostraba al presidente Hugo Chávez intubado en un hospital cubano, pero que resultó ser apócrifa, además del desbordante regodeo tuitero de nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante lo que tomó por una nueva canallada mediática no pueden atribuirse a la indignación que a algunos les habrá provocado el pésimo gusto de los responsables del error. Al fin y al cabo, ni los chavistas ni los kirchneristas se destacan por su propio respeto por las normas de cortesía que, por oportunismo, se han puesto a reivindicar con vehemencia conmovedora. Antes bien, se habrá tratado de la frustración que sienten los chavistas y sus compañeros de ruta por la propensión creciente a mofarse de ellos de los intelectuales progresistas de Europa y América del Norte. “El País”, junto con el “New York Times”, “The Guardian” londinense y “Le Monde” de París, es miembro de la muy influyente alianza de medios de centroizquierda que hace algunos años apoyaba, con reparos puntuales, a los gobiernos populistas de América Latina por suponer que, a pesar de sus extravagancias y del autoritarismo que los caracterizaba, procuraban remediar las deficiencias estructurales de sus respectivas sociedades, pero que últimamente parece haber llegado a la conclusión de que en realidad líderes como Chávez y Cristina son reaccionarios locuaces y corruptos que, lejos de ayudar a los pobres de la región, están creando una situación que tarde o temprano los perjudicará y que en consecuencia no merecen simpatía alguna. De haberse tratado de un diario “amigo”, los venezolanos se hubieran limitado a amonestar a “El País” por dejarse engañar por el vendedor inescrupuloso de la foto “falsa” que, de todo modos, carecía de significado porque nadie ignora que Chávez está gravemente enfermo y que, “intubado” o no, está recibiendo tratamiento en una clínica cubana. Para Cristina, el paso en falso de “El País”, cuyos redactores, según parece, imaginaban –por motivos nada claros– que la ya mundialmente famosa foto era una primicia valiosísima, es evidencia suficiente de que hablar de la libertad de prensa es absurdo y que, como tuiteó, “es igual en todas partes”, aunque sería de suponer que no incluye en la “prensa canalla” que tanto le fastidia a los medios que, apropiándose del dinero aportado por los contribuyentes, está subsidiando para crear su propio imperio periodístico. Huelga decir que es preocupante la voluntad de la presidenta de aprovechar todas las oportunidades para desacreditar a los medios en su conjunto, como si formaran parte de una conspiración maligna en su contra, pero también lo es el populismo mediático que está detrás del deterioro de muchos periódicos antes considerados serios. En el mundo hispanohablante, “El País” tiene la reputación de ser un matutino muy respetable, equiparable en tal sentido a los mejores de Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y Alemania, pero parecería que una combinación de dificultades económicas y el deseo de competir con otros medios no sólo españoles sino también internacionales le hizo olvidar sus propias reglas internas. Como es natural, en esta ocasión los rivales de “El País”, sobre todo los molestos por las pretensiones éticas de centroizquierdistas que se atribuyen el monopolio de los buenos sentimientos, han agregado sus voces al coro descalificador populista, pero es de prever que tarde o temprano algunos cometan errores igualmente costosos. En un esfuerzo por reparar el daño, “El País” enseguida pidió perdón por el desliz y retiró cuanto ejemplar de la edición con la foto logró encontrar, pero ya era tarde para morigerar el golpe que acababa de sufrir su activo principal, que consiste en su credibilidad y el presunto sentido de responsabilidad de los redactores. De ser cuestión de un medio “amarillo”, especialista en chismes de dudosa veracidad y revelaciones escandalosas que no siente respeto alguno por la privacidad de las personas, este incidente lamentable no tendría mucha importancia: a lo sumo, la empresa pagaría una multa exorbitante que tomaría por gajes del oficio. Pero, claro está, se trata de uno de los diarios más prestigiosos de Europa, razón por la que no podrá darse el lujo de minimizar el significado de lo ocurrido.

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