El papel del vice

Ya lo sabíamos. Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros miembros del gobierno nacional, el vicepresidente Julio Cobos ha resultado ser un traidor, un intruso, un topo que, como los del mundillo del espionaje, con malas artes se infiltró en el Poder Ejecutivo para entonces sabotearlo desempatando en el Senado primero una ley de retenciones móviles y, la semana pasada, la ley del 82% móvil. Según Cristina, es “un vicepresidente okupa”, mientras que el canciller Héctor Timerman lo califica del “gran fracaso argentino”. Huelga decir que tales epítetos no molestan en absoluto al propio Cobos que, una vez más, se ha visto beneficiado por su voluntad de oponerse al gobierno del que, en teoría por lo menos, es subjefe, aunque podría argüir que la función así supuesta ha sido usurpada por Néstor Kirchner. Lejos de desprestigiarlo, su voto, en esta ocasión positivo, le ha permitido ganar terreno en la interna radical frente a su rival Ricardo Alfonsín. Puede entenderse el enojo que sienten los Kirchner por lo que ha sucedido; al fin y al cabo, no es nada común que una sola persona se las arregle para ser a un tiempo vicepresidente y uno de los líderes más respetados de la oposición. Como nos recordó el secretario de Legal y Técnica de la Presidencia, Carlos Zannini, al aludir hace poco a los jueces de la Corte Suprema, los santacruceños pusieron a Cobos “para otra cosa”. En el 2007, cuando lo eligieron para acompañar a Cristina en la fórmula presidencial, creían que su presencia les serviría para arañar algunos votos más y consolidar sus lazos con los “radicales K”, sin que se les ocurriera que tendría sus propios principios y que se resistiría a traicionarlos. Aunque es de suponer que, al aceptar la invitación, Cobos sabía muy bien que los Kirchner no tolerarían cualquier manifestación de disidencia de su parte, por razones que nunca serán aclaradas optó por fingir creer que la gestión de Cristina sería muy distinta de la de su marido y que realmente procuraría mejorar la condición de las maltrechas instituciones políticas nacionales. Lo que estamos viendo es un choque entre dos códigos éticos muy distintos. En uno, el reivindicado por los Kirchner, todo debe subordinarse a la lealtad hacia el jefe máximo; en el otro, siempre es necesario tomar en cuenta muchos otros factores, como la coherencia, la trayectoria personal y los presuntos intereses del país y de sus habitantes. Por lo común, los peronistas están acostumbrados a proclamarse partidarios de la ética de la lealtad, pero a partir de la muerte del general Juan Domingo Perón raramente han logrado encolumnarse detrás de un solo líder, razón por la que es rutinario que los seguidores de uno llamen “traidores” a los comprometidos con otro. Para los militantes de otros movimientos o partidos, las cosas distan de ser tan sencillas. Desde su punto de vista, la lealtad excesiva es denigrante, ya que estimula la obsecuencia “verticalista”, además del desprecio por los principios y los ideales que es típico de quienes eran “neoliberales” fervorosos en la década final del siglo pasado, para entonces transformarse, en la primera del actual, en enemigos jurados del liberalismo en todas sus formas. Según parece, Néstor Kirchner creyó que Cobos entendería que su función consistiría en obedecer sin chistar a sus mandos naturales, pero pronto se daría cuenta de la magnitud de su error, ya que el vicepresidente se formó en otra tradición, una que, debería ser innecesario decirlo, es mucho más compatible con la democracia representativa. El verticalismo autoritario, en que todo queda subordinado a la voluntad de un jefe absoluto que ni siquiera se ve constreñido a explicar las razones por las que decide impulsar medidas determinadas, es propio de una etapa evolutiva que el país tendrá que dejar atrás para que la democracia sea mucho más que una serie de contiendas electorales. Se lo haya propuesto o no, al negarse a desempeñar el rol de títere pasivo que los Kirchner le habían asignado Cobos ha hecho un aporte importante al desarrollo de la democracia argentina cuya eventual maduración no será fruto de la lealtad al caudillo de turno de políticos abnegados sino de la voluntad de quienes tienen sus propias ideas y no se permiten intimidar por personajes de mentalidad autoritaria.


Ya lo sabíamos. Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros miembros del gobierno nacional, el vicepresidente Julio Cobos ha resultado ser un traidor, un intruso, un topo que, como los del mundillo del espionaje, con malas artes se infiltró en el Poder Ejecutivo para entonces sabotearlo desempatando en el Senado primero una ley de retenciones móviles y, la semana pasada, la ley del 82% móvil. Según Cristina, es “un vicepresidente okupa”, mientras que el canciller Héctor Timerman lo califica del “gran fracaso argentino”. Huelga decir que tales epítetos no molestan en absoluto al propio Cobos que, una vez más, se ha visto beneficiado por su voluntad de oponerse al gobierno del que, en teoría por lo menos, es subjefe, aunque podría argüir que la función así supuesta ha sido usurpada por Néstor Kirchner. Lejos de desprestigiarlo, su voto, en esta ocasión positivo, le ha permitido ganar terreno en la interna radical frente a su rival Ricardo Alfonsín. Puede entenderse el enojo que sienten los Kirchner por lo que ha sucedido; al fin y al cabo, no es nada común que una sola persona se las arregle para ser a un tiempo vicepresidente y uno de los líderes más respetados de la oposición. Como nos recordó el secretario de Legal y Técnica de la Presidencia, Carlos Zannini, al aludir hace poco a los jueces de la Corte Suprema, los santacruceños pusieron a Cobos “para otra cosa”. En el 2007, cuando lo eligieron para acompañar a Cristina en la fórmula presidencial, creían que su presencia les serviría para arañar algunos votos más y consolidar sus lazos con los “radicales K”, sin que se les ocurriera que tendría sus propios principios y que se resistiría a traicionarlos. Aunque es de suponer que, al aceptar la invitación, Cobos sabía muy bien que los Kirchner no tolerarían cualquier manifestación de disidencia de su parte, por razones que nunca serán aclaradas optó por fingir creer que la gestión de Cristina sería muy distinta de la de su marido y que realmente procuraría mejorar la condición de las maltrechas instituciones políticas nacionales. Lo que estamos viendo es un choque entre dos códigos éticos muy distintos. En uno, el reivindicado por los Kirchner, todo debe subordinarse a la lealtad hacia el jefe máximo; en el otro, siempre es necesario tomar en cuenta muchos otros factores, como la coherencia, la trayectoria personal y los presuntos intereses del país y de sus habitantes. Por lo común, los peronistas están acostumbrados a proclamarse partidarios de la ética de la lealtad, pero a partir de la muerte del general Juan Domingo Perón raramente han logrado encolumnarse detrás de un solo líder, razón por la que es rutinario que los seguidores de uno llamen “traidores” a los comprometidos con otro. Para los militantes de otros movimientos o partidos, las cosas distan de ser tan sencillas. Desde su punto de vista, la lealtad excesiva es denigrante, ya que estimula la obsecuencia “verticalista”, además del desprecio por los principios y los ideales que es típico de quienes eran “neoliberales” fervorosos en la década final del siglo pasado, para entonces transformarse, en la primera del actual, en enemigos jurados del liberalismo en todas sus formas. Según parece, Néstor Kirchner creyó que Cobos entendería que su función consistiría en obedecer sin chistar a sus mandos naturales, pero pronto se daría cuenta de la magnitud de su error, ya que el vicepresidente se formó en otra tradición, una que, debería ser innecesario decirlo, es mucho más compatible con la democracia representativa. El verticalismo autoritario, en que todo queda subordinado a la voluntad de un jefe absoluto que ni siquiera se ve constreñido a explicar las razones por las que decide impulsar medidas determinadas, es propio de una etapa evolutiva que el país tendrá que dejar atrás para que la democracia sea mucho más que una serie de contiendas electorales. Se lo haya propuesto o no, al negarse a desempeñar el rol de títere pasivo que los Kirchner le habían asignado Cobos ha hecho un aporte importante al desarrollo de la democracia argentina cuya eventual maduración no será fruto de la lealtad al caudillo de turno de políticos abnegados sino de la voluntad de quienes tienen sus propias ideas y no se permiten intimidar por personajes de mentalidad autoritaria.

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