El poder y las valijas, una relación compleja

Por Redacción

Tres de febrero de 1852. Se desvanece la tarde sobre Buenos Aires. Un hombre rubio de ojos muy celestes entra a tropel a la hoy Plaza Garay. Rostro sudoroso. Lentamente se agota un día “muy acontecido”, como suelen definir los historiadores americanos esas jornadas que dejan huella profunda en la vida de un país. El hombre desmonta. Firma unos papeles que alguien le alcanza. Juan Manuel de Rosas renuncia al poder que a pura dictadura ejerció durante 17 años. Rosas apura sus pasos. En horas, Buenos Aires caerá en manos de su excompinche Federal José de Urquiza y la variopinta legión de unitarios que lo apoya. En la mañana, en Caseros, se había definido quién ganaba y quién perdía. El Padre de los Pobres y Restaurador de las Leyes sabe que su pescuezo está en juego. Y Rosas llega a la delegación británica. Lo recibe Robert Gore, marino de Su Majestad que oficia de embajador. Lo asila. Y, por la noche, Gore lo embarca en el Centauro, de bandera inglesa. Desde el puente del buque, Rosas verá y sentirá el bullicio que genera su caída. ¿Con cuántas valijas disparó el supremo? Dos bolsos de grueso cuero para él y sus dos hijos. ¿Y con cuántas valijas disparó Juan Perón el 20 de septiembre de 1955? Con una sola. El 19 se lo había pasado cavilando. ¿Podía desde lo militar derrotar a La Libertadora? Sí, podía. Pero esto implicaba abrir la posibilidad de guerra civil. La Argentina de aquel terrible 55 tenía mucho de la España del 36. En la noche del 19 de aquel fiero mes, Perón miró a Renzi, su secretario privado. –Preparame una maleta, algo de ropa y algo de guita. Y Renzi cumplió. Puso 70.000 dólares y dos millones de pesos. “Lo de ‘pocas pilchas’ quedaba claro: el general sabía que iba a volver”, solía ironizar Antonio Cafiero. 24 de marzo de 1976. A las 0:40 de un día con estampa muy grave en la vida argentina, un helicóptero militar levantó desde del helipuerto de la Rosada. Destino de la máquina: la Residencia de Olivos. Simulando un desperfecto, los pilotos le notificaron a Isabel Perón que se desviaban a la zona militar de Aeroparque. Con la máquina en tierra, Isabelita quedó detenida. –¿Qué será de mí? –Será conducida a El Messidor, en Neuquén, previo aterrizaje en Bariloche. Estamos aquí para garantizarle la vida –le respondió un general. –No tengo ropa, estoy con lo puesto –dijo Isabel. –Estamos en eso –le respondieron. E Isabel partió sin valijas. No bien levantó el avión, un general llamó desde Buenos Aires a un coronel subjefe de la hoy Escuela Militar de Montaña, en Bariloche. –Coronel, le mando la pollera –dijo con voz tropera. –¿Cómo, mi general? –¡Que le mando la pollera! –No entiendo, mi general… –¡Que le mando a Isabel Perón, carajo! Rito Burgoa se llamó aquel coronel. Amante de la montaña y eximio andinista, tuvo un final poco honroso para esos pergaminos. Podando un árbol, se cayó de dos metros. Se mató. Y claro, en toda esta historia hay cuatro radicales, cinco si se cuenta a Arturo Frondizi, que también tuvieron salidas muy particulares del poder en materia de equipajes. En las primeras horas de la tarde del 30 de septiembre del 30, un general de escaso funcionamiento neuronal, prepotente, bigotudo y filonazi –José Uriburu– entró a la Rosada gritando “¡Aquí mando yo, carajo!” y el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen comenzaba a ser historia. Para esa hora El Peludo ya estaba detenido en el 7 de Infantería de La Plata. Sin valijas y sólo con lo puesto, marchó preso a Martín García. Con los días le llegaron una docena de calzoncillos largos y de frisa y algunas tricotas alcanzadas. Un aporte de correligionarios bonaerenses. Muchos años después, en abril del 62, un hombre que hizo un tenaz esfuerzo para convencer de que se podía hacer de la Argentina una nación moderna, dijo serenamente: “No renuncio ni renunciaré”. Hombre con la pasión por las ideas fue Frondizi. Un presidente incomprendido. Le tocó mandar –si es que mandó– en un país donde el odio germinaba desaforadamente. Perdió. Cuando partió detenido también rumbo a Martín García, don Arturo sólo llevaba un maletín con ropa. Lo había armado uno de sus edecanes. Y, con conmovedora dignidad, en el amanecer del 28 de junio del 66 un hombre muy canoso dejó la Rosada por la puerta de Rivadavia 50. Ahí, en la vereda, tomó un taxi Peugeot 404. Lo rodeaban, vivando su nombre, más jóvenes radicales que los bronces de la UCR. Arturo Illia ya no era presidente. Rústicos generales hablaron de una nueva Argentina que se encargarían de construir. Sueño disparatado. –A Martínez, por favor –dijo Arturo Illia al chofer. Rato después, llegaba a la casa de un hermano. La historia también disputa aquí si el taxista le cobró o no. La ropa de don Arturo había quedado en Olivos. Sus hijos se encargaron de retirarla días después. Y en un 8 de julio de 1989, quedará como interrogante sin resolver qué quiso decir Raúl Alfonsín cuando le entregó la banda y el bastón a Carlos Menem y mirando a un Salón Blanco en el que tronaba la marcha peronista se despidió con un “hasta luego”. ¿Habrá querido decir que volvería al poder? El final de su gobierno tuvo perfiles shakesperianos. El recuerdo late todavía muy intenso para millones de argentinos. Alfonsín vio llegar el final y se replegó en tiempo y con valijas ordenadas. Cuentan que lo único que dejó desordenado fue el quincho de la residencia. Varias botellas de licor vacías. Tantas que sorprendieron al grupo de menemistas que manejó la transición del lugar. La estampida con que Fernando de la Rúa dejó el poder en diciembre del 2001 late aún muy vigorosamente entre los argentinos. Huelga entrar en detalles. Y, si de equipaje se trata, un día de mayo del 94 Anahí Tappatá descendió de un fatigado 737 en el Aeropuerto de Santa Fe. Flamante convencional por Río Negro para reformar la Constitución nacional, vio un estilizado jet. Aún en la pista, su única pasajera dictaba órdenes destinadas a descargar su equipaje: 18 valijas. Era Cristina Fernández de Kirchner, también convencional. ¿Con cuántas valijas dejará ahora el poder?

Opiniones

Carlos Torrengo – carlostorrengo@hotmail.com (Especial para “Río Negro”)