El premio más polémico

Redacción

Por Redacción

Aun cuando sólo fuera cuestión de homenajear a quienes ayudan a poner fin a guerras en zonas conflictivas o, mediante un arreglo diplomático astuto, a impedir que se produzca un nuevo estallido bélico, los noruegos responsables de elegir el ganador anual del Premio Nobel de la Paz se verían en una situación sumamente difícil. Será por eso que a menudo optan por dar el premio ya a activistas ecológicos o sociales que militan a favor de causas que les parecen buenas, ya a organizaciones que, de un modo u otro, podrían haber contribuido a mantener el statu quo, como acaba de suceder al decidir el Comité Noruego otorgarlo a la Unión Europea porque han transcurrido casi setenta años sin una guerra entre sus integrantes aunque, desde luego, fuerzas militares de los países miembros han participado de guerras en otras partes del planeta. Con todo, si bien a juicio de los pacifistas el que algunos países europeos no se hayan desarmado por completo es más que suficiente como para poner en ridículo la decisión de los biempensantes académicos noruegos, es legítimo señalar que con frecuencia las intervenciones militares sirven para evitar males mayores. Por desgracia, en el mundo que efectivamente existe mostrarse siempre dispuesto a batirse en retirada suele tener consecuencias trágicas. Al fin y al cabo el genocidio en que, hace menos de veinte años, murieron más de un millón de personas en Ruanda fue posibilitado por la negativa de las potencias occidentales a intervenir en un conflicto ajeno. Asimismo, de no haber sido por el clima pacifista que imperaba en Francia y el Reino Unido en la década del treinta del siglo pasado, la Segunda Guerra Mundial podría haberse evitado. De todas maneras, el motivo principal por el que tantos se han manifestado desconcertados por la voluntad de los noruegos de premiar a la UE tiene menos que ver con la indignación que algunos dicen sentir por los supuestos pecados militaristas –de omisión en los casos de Ruanda y los Balcanes, de comisión en los de Afganistán, Irak, Libia y diversos países africanos– de ciertos países miembros que con la sensación de que en cualquier momento la federación embrionaria podría desintegrarse debido a los problemas gravísimos de la Eurozona. Es que últimamente muchos han llegado a la conclusión de que un proyecto monetario que fue emprendido con el fin de apurar la consolidación de la unidad europea ha resultado ser contraproducente al crecer la brecha entre los países periféricos, como Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda, por un lado y el núcleo que se ha formado en torno a Alemania por el otro. Puesto que casi todos los días hay grandes manifestaciones callejeras, con episodios de violencia, en ciudades como Atenas, Madrid y Roma, es sin duda natural que muchos europeos hayan tomado lo hecho por el Comité Noruego por una humorada de pésimo gusto. No es la primera vez que los noruegos se las han ingeniado para dejar perplejos a los demás. Entre los galardonados por el Comité han estado políticos como Henry Kissinger, Yasser Arafat, Jimmy Carter, Al Gore y Barack Obama, además de una variedad de personajes polémicos comprometidos con causas consideradas progresistas y entidades vinculadas con la ONU. Según los escépticos, Obama decepcionó a sus admiradores porque, lejos de romper con la política exterior intervencionista de su antecesor en la Casa Blanca, George W. Bush, cerrar el centro de detención en Guantánamo y abandonar a su suerte a los afganos, ha continuado librando, con vigor, la “guerra contra el terror”, aunque, a juicio de sus críticos republicanos, la preferencia del demócrata por un estilo retórico más conciliador ha aumentado el peligro de que estallen conflictos en gran escala en el Gran Oriente Medio. Es que, cuando de la paz se trata, los dilemas que tienen que enfrentar los dirigentes políticos de países poderosos distan de ser tan sencillos como quisieran creer los socialdemócratas noruegos que todos los años se ven constreñidos a decidir el destino de un premio que, por razones no muy claras, aún es muy prestigioso. Así, pues, es comprensible que, en ocasiones, consigan molestar a tirios y troyanos o que provoquen extrañeza otorgando el galardón a una organización que disfruta del aprecio de quienes comparten sus opiniones.


Aun cuando sólo fuera cuestión de homenajear a quienes ayudan a poner fin a guerras en zonas conflictivas o, mediante un arreglo diplomático astuto, a impedir que se produzca un nuevo estallido bélico, los noruegos responsables de elegir el ganador anual del Premio Nobel de la Paz se verían en una situación sumamente difícil. Será por eso que a menudo optan por dar el premio ya a activistas ecológicos o sociales que militan a favor de causas que les parecen buenas, ya a organizaciones que, de un modo u otro, podrían haber contribuido a mantener el statu quo, como acaba de suceder al decidir el Comité Noruego otorgarlo a la Unión Europea porque han transcurrido casi setenta años sin una guerra entre sus integrantes aunque, desde luego, fuerzas militares de los países miembros han participado de guerras en otras partes del planeta. Con todo, si bien a juicio de los pacifistas el que algunos países europeos no se hayan desarmado por completo es más que suficiente como para poner en ridículo la decisión de los biempensantes académicos noruegos, es legítimo señalar que con frecuencia las intervenciones militares sirven para evitar males mayores. Por desgracia, en el mundo que efectivamente existe mostrarse siempre dispuesto a batirse en retirada suele tener consecuencias trágicas. Al fin y al cabo el genocidio en que, hace menos de veinte años, murieron más de un millón de personas en Ruanda fue posibilitado por la negativa de las potencias occidentales a intervenir en un conflicto ajeno. Asimismo, de no haber sido por el clima pacifista que imperaba en Francia y el Reino Unido en la década del treinta del siglo pasado, la Segunda Guerra Mundial podría haberse evitado. De todas maneras, el motivo principal por el que tantos se han manifestado desconcertados por la voluntad de los noruegos de premiar a la UE tiene menos que ver con la indignación que algunos dicen sentir por los supuestos pecados militaristas –de omisión en los casos de Ruanda y los Balcanes, de comisión en los de Afganistán, Irak, Libia y diversos países africanos– de ciertos países miembros que con la sensación de que en cualquier momento la federación embrionaria podría desintegrarse debido a los problemas gravísimos de la Eurozona. Es que últimamente muchos han llegado a la conclusión de que un proyecto monetario que fue emprendido con el fin de apurar la consolidación de la unidad europea ha resultado ser contraproducente al crecer la brecha entre los países periféricos, como Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda, por un lado y el núcleo que se ha formado en torno a Alemania por el otro. Puesto que casi todos los días hay grandes manifestaciones callejeras, con episodios de violencia, en ciudades como Atenas, Madrid y Roma, es sin duda natural que muchos europeos hayan tomado lo hecho por el Comité Noruego por una humorada de pésimo gusto. No es la primera vez que los noruegos se las han ingeniado para dejar perplejos a los demás. Entre los galardonados por el Comité han estado políticos como Henry Kissinger, Yasser Arafat, Jimmy Carter, Al Gore y Barack Obama, además de una variedad de personajes polémicos comprometidos con causas consideradas progresistas y entidades vinculadas con la ONU. Según los escépticos, Obama decepcionó a sus admiradores porque, lejos de romper con la política exterior intervencionista de su antecesor en la Casa Blanca, George W. Bush, cerrar el centro de detención en Guantánamo y abandonar a su suerte a los afganos, ha continuado librando, con vigor, la “guerra contra el terror”, aunque, a juicio de sus críticos republicanos, la preferencia del demócrata por un estilo retórico más conciliador ha aumentado el peligro de que estallen conflictos en gran escala en el Gran Oriente Medio. Es que, cuando de la paz se trata, los dilemas que tienen que enfrentar los dirigentes políticos de países poderosos distan de ser tan sencillos como quisieran creer los socialdemócratas noruegos que todos los años se ven constreñidos a decidir el destino de un premio que, por razones no muy claras, aún es muy prestigioso. Así, pues, es comprensible que, en ocasiones, consigan molestar a tirios y troyanos o que provoquen extrañeza otorgando el galardón a una organización que disfruta del aprecio de quienes comparten sus opiniones.

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