El problema básico
Parecería que casi todos están en favor del máximo rigor para ayer o para mañana, pero nunca para hoy.
A pesar de que los presagios no habían sido nada promisorios, el ministro de Economía Roberto Lavagna pudo regresar desde Washington con algo más en su haber que nueva evidencia del desprecio apenas disimulado que sienten los funcionarios del FMI y del gobierno estadounidense por la resistencia de nuestra clase política a hacer frente a las consecuencias realmente catastróficas de sus propios errores. Además de conseguir que el FMI postergara el pago de los mil millones de dólares que debían abonarse a mediados del mes corriente, Lavagna se vio beneficiado por la voluntad tanto de los norteamericanos como de los europeos de politizar el caso argentino que ya incidía de forma acaso indirecta, pero aun así muy negativa en la evolución de los demás países latinoamericanos. Tal decisión se debió a la conciencia de que por estar pendiente buena parte de la sociedad argentina de la eventual ayuda de los países ricos, la inflexibilidad desdeñosa resultaría contraproducente por contribuir a socavar todavía más la confianza de la ciudadanía en el futuro, garantizando así que la crisis continuara agravándose. He aquí el motivo por el que los comentarios más recientes del secretario del Tesoro estadounidense Paul O»Neill y el director gerente del FMI, Horst Köhler, han sido relativamente alentadores: no es que se hayan sentido impresionados por la gestión vacilante de Duhalde, es que entienden que les convendría tratar de limitar los perjuicios que está provocando.
Pues bien, aunque cuando de la actitud del FMI y la Casa Blanca se trata la mayoría suele solidarizarse con el gobierno de turno, quejándose por la extrema «dureza» de los extranjeros y lamentando su falta de «sensibilidad» hacia el pueblo argentino, esto no ha sido óbice para que dicha mayoría se haya indignado por su excesiva indulgencia con gobiernos anteriores. Parecería que casi todos están en favor del máximo rigor para ayer o para mañana, pero nunca para hoy, lo cual, huelga decirlo, hace virtualmente imposible cualquier esfuerzo genuino por superar la crisis. Por cierto, al país no le habría convenido en absoluto que por motivos políticos el Fondo y el gobierno del presidente George W. Bush se hubieran puesto a aplaudir los «planes» alocados iniciales de Duhalde, Jorge Remes Lenicov e Ignacio de Mendiguren.
¿Le resultará beneficiosa su mayor «comprensión» actual? Todo depende de la forma en la que reaccione el gobierno ante las señales más amistosas que le han estado enviando O»Neill y Köhler. Si las toma por evidencia de que ya ha cumplido todos los «deberes», la crisis seguirá su camino destructivo: en tal caso, lejos de habernos ayudado, aquellos funcionarios internacionales tan influyentes se las habrán arreglado para hundirnos todavía más porque en circunstancias determinadas la bondad puede resultar mortífera. En cambio, si las interpreta de manera más realista, dando por descontado que de alcanzarse un acuerdo firme con el FMI en los meses próximos esto sólo significaría que les sería un poco menos difícil llevar a cabo las transformaciones muy profundas que son claramente esenciales para que la Argentina vuelva a ser «viable».
Como Köhler ha subrayado en diversas oportunidades, en la raíz de nuestra debacle está «la falta de confianza de la gente en el gobierno y en el sistema político», de suerte que restaurar la confianza ha de ser la prioridad absoluta tanto del gobierno mismo como de la comunidad internacional. Pero, mal que le pese a Duhalde, el resto del mundo no puede darle un cheque en blanco porque comparte las muchas y muy bien fundadas dudas de los argentinos mismos en cuanto a la sinceridad y la competencia de los dirigentes políticos locales. Es por eso que las palabras de aliento que últimamente han estado formulando los voceros del Fondo y del gobierno norteamericano valdrán muy poco a menos que la clase política confirmara que se inspiraban no en el temor al «contagio» sino en la evidencia de que, por fin, ha entendido que le corresponde ponerse a la altura de sus responsabilidades ineludibles y que lo demás -las internas partidarias cada vez más turbias, las candidaturas presidenciales, la «lucha» por aferrarse cueste lo que costare a un escaño legislativo- , debería subordinarse a los intereses del país en su conjunto.
A pesar de que los presagios no habían sido nada promisorios, el ministro de Economía Roberto Lavagna pudo regresar desde Washington con algo más en su haber que nueva evidencia del desprecio apenas disimulado que sienten los funcionarios del FMI y del gobierno estadounidense por la resistencia de nuestra clase política a hacer frente a las consecuencias realmente catastróficas de sus propios errores. Además de conseguir que el FMI postergara el pago de los mil millones de dólares que debían abonarse a mediados del mes corriente, Lavagna se vio beneficiado por la voluntad tanto de los norteamericanos como de los europeos de politizar el caso argentino que ya incidía de forma acaso indirecta, pero aun así muy negativa en la evolución de los demás países latinoamericanos. Tal decisión se debió a la conciencia de que por estar pendiente buena parte de la sociedad argentina de la eventual ayuda de los países ricos, la inflexibilidad desdeñosa resultaría contraproducente por contribuir a socavar todavía más la confianza de la ciudadanía en el futuro, garantizando así que la crisis continuara agravándose. He aquí el motivo por el que los comentarios más recientes del secretario del Tesoro estadounidense Paul O"Neill y el director gerente del FMI, Horst Köhler, han sido relativamente alentadores: no es que se hayan sentido impresionados por la gestión vacilante de Duhalde, es que entienden que les convendría tratar de limitar los perjuicios que está provocando.
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