El racismo crece en Mali
Desde que la repentina –pero oportuna– intervención militar francesa bautizada como “Serval” comenzó el pasado 12 de enero, el avance de los insurgentes fundamentalistas árabes que se habían apoderado del norte de Mali se interrumpió y fue seguido por el precipitado repliegue de sus contingentes, la sombra preocupante del racismo ha aparecido, lamentablemente, en el conflicto del Sahel y sería realmente trágico dejar que crezca y a sus actores impunes. Quizás porque el conflicto referido enfrenta, de pronto, cual dos bandos, a la mayoría de la población negra del sur del país: los tuaregs, separatistas árabes nómades, y una etnia diferente que, en cambio, habita en el norte del país. Situación que no es exclusiva de Mali y caracteriza a otros países de la región, como, por ejemplo, Mauritania o mismo Sudán. Las organizaciones de derechos humanos, como suele suceder, han hecho sonar –temprana y correctamente– el alerta. Las fuerzas militares de Mali que responden al gobierno de Bamako, habrían comenzado (de acuerdo a las informaciones que esas organizaciones difunden) a maltratar abiertamente a personas civiles de la población árabe, sin importarles demasiado si sus integrantes están –o no– vinculados con los insurgentes. Como si, de pronto, el color más claro de la piel árabe fuese suficiente como para definir, por sí mismo, a un enemigo, combatiente o no. De horror. Todo lo cual es obviamente inaceptable y, además, peligrosísimo por sus consecuencias si se extendiera o perdurara. Hay ya una verdadera marea de acusaciones, sin pruebas, que se acumulan contra los tuaregs, genéricamente. También hay noticias de públicos malos tratos y, aparentemente, hasta una decena de salvajes y arbitrarias ejecuciones sumarias. Todas esas tropelías de distinto tipo son perpetradas con color de venganza, más allá y por fuera de los andariveles normales de una justicia con medios limitados. Esto es particularmente grave cuando algunas de las diferentes agrupaciones tuaregs estarían alejándose –abierta y públicamente– de toda vinculación con los insurgentes fundamentalistas. Como aparentemente ocurre, por ejemplo, con el Movimiento Islámico de Azawad o con algunos de los miembros de Ansar Dine, que no necesariamente comparten las creencias ni el andar sanguinario de una parte de sus exlíderes y lo están manifestando abiertamente. Hora de ojos abiertos entonces. Lo que supone estar alertas para evitar que este tipo de situaciones, no extrañas a la locura de la guerra, que son expresiones de salvajismo que con frecuencia desatan los enfrentamientos armados, se reiteren o expandan. Francia y la comunidad internacional toda deberían operar con un alerta especial en todo este capítulo, aunque sea cierto que no puede naturalmente asumir, cual endoso en blanco, la responsabilidad por lo que hagan las fuerzas armadas de Mali cuando operan por su propia cuenta. Pero deben hacer todo lo posible para que los episodios inhumanos de salvajismo no se reiteren. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Desde que la repentina –pero oportuna– intervención militar francesa bautizada como “Serval” comenzó el pasado 12 de enero, el avance de los insurgentes fundamentalistas árabes que se habían apoderado del norte de Mali se interrumpió y fue seguido por el precipitado repliegue de sus contingentes, la sombra preocupante del racismo ha aparecido, lamentablemente, en el conflicto del Sahel y sería realmente trágico dejar que crezca y a sus actores impunes. Quizás porque el conflicto referido enfrenta, de pronto, cual dos bandos, a la mayoría de la población negra del sur del país: los tuaregs, separatistas árabes nómades, y una etnia diferente que, en cambio, habita en el norte del país. Situación que no es exclusiva de Mali y caracteriza a otros países de la región, como, por ejemplo, Mauritania o mismo Sudán. Las organizaciones de derechos humanos, como suele suceder, han hecho sonar –temprana y correctamente– el alerta. Las fuerzas militares de Mali que responden al gobierno de Bamako, habrían comenzado (de acuerdo a las informaciones que esas organizaciones difunden) a maltratar abiertamente a personas civiles de la población árabe, sin importarles demasiado si sus integrantes están –o no– vinculados con los insurgentes. Como si, de pronto, el color más claro de la piel árabe fuese suficiente como para definir, por sí mismo, a un enemigo, combatiente o no. De horror. Todo lo cual es obviamente inaceptable y, además, peligrosísimo por sus consecuencias si se extendiera o perdurara. Hay ya una verdadera marea de acusaciones, sin pruebas, que se acumulan contra los tuaregs, genéricamente. También hay noticias de públicos malos tratos y, aparentemente, hasta una decena de salvajes y arbitrarias ejecuciones sumarias. Todas esas tropelías de distinto tipo son perpetradas con color de venganza, más allá y por fuera de los andariveles normales de una justicia con medios limitados. Esto es particularmente grave cuando algunas de las diferentes agrupaciones tuaregs estarían alejándose –abierta y públicamente– de toda vinculación con los insurgentes fundamentalistas. Como aparentemente ocurre, por ejemplo, con el Movimiento Islámico de Azawad o con algunos de los miembros de Ansar Dine, que no necesariamente comparten las creencias ni el andar sanguinario de una parte de sus exlíderes y lo están manifestando abiertamente. Hora de ojos abiertos entonces. Lo que supone estar alertas para evitar que este tipo de situaciones, no extrañas a la locura de la guerra, que son expresiones de salvajismo que con frecuencia desatan los enfrentamientos armados, se reiteren o expandan. Francia y la comunidad internacional toda deberían operar con un alerta especial en todo este capítulo, aunque sea cierto que no puede naturalmente asumir, cual endoso en blanco, la responsabilidad por lo que hagan las fuerzas armadas de Mali cuando operan por su propia cuenta. Pero deben hacer todo lo posible para que los episodios inhumanos de salvajismo no se reiteren. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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