El sabio mensaje del padre Dall’Oglio desde Siria
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Escribo estas líneas en momentos en que los medios de comunicación informan de la desaparición del padre Dall’Oglio, un sacerdote jesuita de 59 años que, desde hace 30 años ejerce esforzadamente su ministerio en Siria. No se sabe dónde puede estar desde el 28 de julio pasado. En 1992 Dall’Oglio fundó la comunidad al-Khalil que –con visión ecuménica– promueve el diálogo entre cristianos y musulmanes. En el 2012 fue expulsado de Siria por el gobierno de Assad, por sus presuntos contactos con los insurgentes. En julio pasado aparentemente regresó a ese país. Subrepticiamente. Con todos los riesgos que esto supone. Hoy estaría –secuestrado– en manos de un grupo fundamentalista islámico vinculado a Al Qaeda, lo que es preocupante. Mientras tanto, la guerra civil siria se ha cobrado ya más de 100.000 vidas, como si fuera una maldición imparable. Para peor, parecería haberse transformado en un conflicto faccioso entre musulmanes chiitas, por una parte, y sunnitas, por la otra. Con el obvio componente de irracionalidad que ello conlleva. Dall’Oglio está lejos de ser un insurgente. Es más bien un pacifista, que no apoya a los Assad. Tiene un mensaje dramático para todos, que puede resumirse en una de las frases más impactantes de un libro de su autoría que está por aparecer en Italia: “Collera e Luce”. Esa frase es: “Para superar las guerras debemos aceptar al otro. Por ello, o transitamos el camino de las diferencias o caemos en el de la muerte”. Así de claro. En otras palabras: o aceptamos el pluralismo, la diversidad, el respeto y la tolerancia por quienes piensan distinto o nos matamos entre nosotros. Con mucha frecuencia, enseña la historia, esto es así. Tenemos que comprender entonces que la paz es vivir en la diversidad y que la violencia aparece cuando se trata de someter al hombre a un discurso único, uniforme, cualquiera fuese su contenido. Sencillamente porque esto es privarlo de la libertad de elegir, que es nada menos lo que distingue al hombre de los animales. Las diferencias, si no se aceptan, con frecuencia se suprimen. Y esto es una deriva hacia la tiranía o el autoritarismo. Debemos además advertir que las teorías fantasiosas que pretenden que todo está “predeterminado” y que existe un “complot” que nos tiene a todos prisioneros, nos alejan de la realidad, a la que todos podemos aportar desde nuestros diferentes rincones en la sociedad. Cuando se está empantanado en una guerra tan ferozmente inhumana como la que afecta a Siria, en la que, nos advierte Dall’Oglio, se ha “pasado de vivir bajo una dictadura sofocante, a tener que padecer un horror anárquico indescriptible”, la necesidad de tolerancia es decisiva. Ausente que sea, no sorprende demasiado otra peligrosa deriva, que hasta incluye la utilización de armas químicas, de destrucción masiva. Ni que las muertes de civiles inocentes se acumulen. Tolerar, nos dice el padre Dall’Oglio, supone hacer un esfuerzo, a veces inmenso, de armonía interior y exterior. Pero no hacerlo es acercarse rápidamente al andarivel suicida de la violencia. Tolerar es, por lo demás, relativamente fácil en las democracias, estructuras sociales que no son ni musulmanas, ni cristianas, sino un mecanismo al que el padre Dall’Oglio califica de “magnífica invención de la racionalidad humana que –cuando funciona– permite eludir las guerras”. El totalitarismo, en cambio, contiene siempre algún germen violento, que tarde o temprano se manifiesta. Y es intolerante, por definición. El mensaje del sacerdote italiano es bien claro, queda visto. Pero su futuro y su seguridad personal están ahora en altísimo riesgo. Dios quiera que no termine siendo una víctima más de un conflicto que la comunidad internacional lamentablemente parecería incapaz de sofocar. Quienes tenemos fe estamos naturalmente en una suerte de vigilia de oración por la seguridad del padre Dall’Oglio. Como la de tantos otros que viven momentos similares. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas