El secreto de su sonrisa

Emiliano Sánchez es músico. Pero lo que más define a este percusionista que ya va por el séptimo año de la carrera de Percusión en el Instituto Universitario Patagónico de Artes, además de su talento, es la alegría que transmite desde el escenario. Desde cualquier escenario. Y desde cualquiera de los muchísimos grupos que integra: el Ensamble de Percusión de Fundación Cultural Patagonia; el Ensamble de Guitarras, también de FCP; el Ensamble de Improvisación Libre del IUPA; Rumbo Flamenco, que ya grabó un disco; una formación de jazz y otra en El Bolsón.

Por Redacción

Fotos Emiliana Cantera

En el Ensamble Libre de Percusión, con el que participó en el Primer festival de Música Contemporánea.

Verónica Bonacchi

vbonacchi@rionegro.com.ar

Emiliano Sánchez sonríe.

Arriba del escenario.

Arriba del metro noventa que mide.

Detrás de cualquiera de los instrumentos que esté tocando.

Se inclina sobre el vibráfono, y vestido de negro, como todos los integrantes del Ensamble de Percusión de Fundación Cultural Patagonia, deja ver su sonrisa. Una sonrisa que se recorta en su cuerpo largo y flaco, que se mueve, como poseído por los sonidos que ejecuta.

Es una actitud que este músico lleva a todas partes.

Emiliano, que ya va por el séptimo año de la carrera de Percusión del Instituto Universitario Patagónico de Artes (IUPA) integra dos formaciones de Fundación Cultural Patagonia (el Ensamble de Percusión y el de Guitarras); una del IUPA (el Ensamble de Improvisación Libre); tiene un grupo de flamenco (Rumbo Flamenco); una banda que sólo sobrevive a sus cortos veranos en El Bolsón; un grupo de jazz fusión y una formación sin nombre que hace canciones acústicas. Y en todas, Emiliano disfruta de lo que hace.

“La idea del músico serio no me gusta”, dice, con sus pocas palabras, en un tono bajísimo que contrasta con los sonidos que después logra sobre un escenario.

El secreto de la felicidad, detrás de ese chico de 23 años que tiene un aire al Steve Jobs más joven, con sus anteojos y su reconcentración, es una murga.

Sí, una de esas murgas ruidosas, coloridas, alegres.

Emiliano se topó con su destino musical hace 14 años. En aquel momento, vivía en Buenos Aires, y al salir de una clase de teatro que dictaban en su colegio para volver a su casa, una murga lo detuvo.

Fue la energía, el sonido o algo que no sabe explicar con todas las palabras. Pero aquel día, la plaza de su barrio de San Fernando, vibraba al ritmo de la música. Había gente caminando sobre zancos, bailando, moviéndose, enfundados en trajes brillantes. “Era buenísimo. Entonces empecé a quedarme. Me encantaba. Primero bailaba y nada más, y después empecé a tocar”. Los desparejos se llamaba aquella murga que marcó su rumbo, a los 9 años.

A los doce, su familia de padres docentes, se mudó a El Bolsón. Y Emiliano se llevó su infantil espíritu murguero a la cordillera. Integró allí un grupo y a los 14 tuvo la chance de compartir escenario nada menos que con los uruguayos de Falta y resto.

Inspirado por el ritmo, esa noche, cuando volvió a casa, encaró a sus papás, con la solemnidad de un adolescente que ya sabe lo que quiere:

–Voy a vivir de la música. No quiero estudiar más. Yo quiero vivir de la música.

Pero los docentes le atajaron el sueño con una sola frase:

–No. Vas a seguir estudiando y después estudiás música.

Ganaron ellos.

Ahora Emiliano vive en Roca. Se vino a estudiar al IUPA, hace siete años, y sigue fielmente la carrera de Percusión.

Hace cinco años que forma parte del staff del Festival Internacional de Percusión que dirige su maestro, Ángel Frette y que se sube cada invierno al escenario del Auditorio “Ciudad de las Artes”. Y los músicos extranjeros invitados suelen cederle sus aplausos, o lo señalan para que el público preste atención a esa persona alta como un junco, que se doble sobre la marimba o el vibráfono y que evidentemente está disfrutando de lo que hace.

Aunque ya no integra una murga, Emiliano no ha perdido las ganas de moverse. “Es algo que trabajo. Trabajo el cuerpo para poder acompañar lo que pasa con la música. Y también para sostener la ansiedad. Soy muy de sacar todo para afuera y a veces no acompaña lo musical. Quiero poder trabajar eso para que se condiga lo musical con lo corporal”, explica lo inexplicable, porque lo cierto es que su cuerpo siempre parece en trance con el hecho musical, ajeno a todo, salvo a los sonidos.

Quizás porque supo desde muy chico que quería ser música, y porque convivió con los ritmos, Emiliano tiene una visión bastante peculiar de su paso por el IUPA. “Hay mucha gente que llega sin saber qué música prefiere. Entran a que los llenen. Son como una biblioteca vacía, no saben qué géneros les gusta. Entonces, todo lo que ven y escuchan, pasa a ser su Biblia, su único contenido. Yo, en cambio, siempre tuve claro que venía a buscar herramientas. Yo ya tenía una idea de a qué lugar ir. Siempre lo tomé así. Mi pensamiento ideológico musical no condice con todo lo que escucho ahí. Pero todo me nutre, me sirve, y luego lo adapto a lo que necesito”, dice, práctico, serio por primera vez. “Yo siempre trato de ver lo bueno, de encontrarle

Sólo le quedan dos años de formación, antes de salir del IUPA.

–¿Qué vas a hacer después?

–Irme.

–¿A dónde?

–No sé adónde, pero me voy ir para expandirme, porque si no te empezás a… No sé adónde…

Emiliano no termina las frases. Sólo se ríe. Esta vez fuerte.

ENTREVISTA: Emiliano sánchez


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