El temor a la realidad

Por Redacción

Desde hace varios años, en opinión de algunos sectores influyentes Ricardo López Murphy es un «derechista ultraliberal», cuando no un «golpista» que, de tener la oportunidad, no vacilaría en transformar la Argentina en una especie de campo de concentración hipercapitalista. Esta imagen alarmante no es fruto de su trayectoria personal, si bien su gusto por las metáforas castrenses y su bigote han servido para dotarla de una pátina de verosimilitud, sino de que tiene la costumbre para muchos siniestra de decir la verdad cuando habla en torno del estado de la economía nacional y las medidas que a su juicio será necesario tomar para que un día llegue a funcionar. Puede que por distintos motivos sus propuestas no sean las más apropiadas, pero una cosa es cierta: el país no tendrá ninguna posibilidad de recuperarse mientras no cuente con gobernantes dispuestos a tomar medidas que sean por lo menos tan «duras» como las planteadas por López Murphy.

La negativa a entender dicha realidad es la causa fundamental de la gran debacle que ha depauperado a millones y que, de continuar, reducirá un país que en buena lógica debería poder compararse con Australia, al nivel de Argelia o Afganistán. Sucede que los muchísimos errores que se han cometido en los años últimos no se han debido a enfoques ideológicos equivocados o al apego irracional a una teoría económica fantasiosa, sino a la voluntad al parecer irresistible de la mayoría de los políticos de seguir gastando como si el país hubiera sido mucho más rico de lo que efectivamente era. Aunque los culpables de tanta irresponsabilidad reivindicaban sus decisiones aludiendo a distintas «doctrinas», sólo se trataba de intentos de dar una apariencia respetable a su pusilanimidad o sensiblería. Después de todo, en otras partes del mundo gobiernos izquierdistas han manejado las cuentas públicas con rigor, ahorrando así a sus compatriotas los desastres que suelen producirse aquí, sin por eso traicionar a sus principios.

A pesar de la extrema gravedad de la crisis, los esfuerzos de López Murphy, acaso el único político que ha tenido el coraje moral necesario para asumir la realidad, por promover su candidatura presidencial aún no han tenido mucho éxito. Si bien cuenta con la adhesión de muchos empresarios, las encuestas de opinión muestran que la mayoría sigue creyéndolo una suerte de «extremista» neoliberal. Es posible que en los meses próximos su candidatura logre levantar vuelo, pero aunque esto no ocurra su eventual fracaso, que podría atribuirse a su imagen «autoritaria», no importaría demasiado si sus rivales manifestaran la misma voluntad de actuar con la severidad precisa para frenar la caída estrepitosa de la economía nacional y, con ella, del país y de casi todos sus habitantes. Al fin y al cabo, para todos salvo los aspirantes a trasladarse a la Casa Rosada y sus respectivos simpatizantes, la identidad de los futuros presidentes es lo de menos. El destino del país, que dependerá en gran medida del realismo de sus conductores, es un asunto de importancia decididamente mayor.

Así las cosas, el que López Murphy todavía no haya conseguido erigirse en una «alternativa» convincente debería preocupar menos a sus partidarios que el hecho de que sea tomado por un político excepcionalmente «duro», lo cual, huelga decirlo, significa que virtualmente todos los demás políticos siguen confiando en las recetas facilistas y a menudo meramente retóricas que han servido para llevarnos a la calamitosa situación actual. No es una cuestión de estar en favor o en contra del FMI o de anteponer o subordinar la equidad a la eficiencia del conjunto, sino de seriedad. La causa básica del naufragio de la Argentina ha sido la ligereza criminal de sus tripulantes que siempre han preferido depender ya del impuesto inflacionario, ya de los créditos que hasta hace poco nos facilitaba la banca internacional, a asumir los «costos políticos» de cualquier medida, por claramente necesaria fue fuera, que pudiera molestar a su clientela o ser considerada antipática por el electorado. Por ahora cuando menos, López Murphy parece ser el único dirigente que esté dispuesto a actuar con la firmeza exigida por las circunstancias, razón por la que es escasa la posibilidad de que el país consiga dejar de caer antes de experimentar muchas tragedias más.


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