El tiempo compartido

Por Redacción

la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

La Santa Rita está igual que siempre, la parrilla de cientos de asados está en el mismo lugar y hasta con los mismos accesorios, incluido el espacio de cuadritos chicos para los chinchulines. Las herramientas en la caja de siempre y hasta el aroma queda en algunos lugares de la casa. Y eso que pasaron años. Eso sí, las moras de la vereda se ven distintas y la vieja reposera azul en la que se sentaba todas las mañanas temprano a leer el diario está siempre vacía. Mi padre ya no está, o sí, depende de cómo lo veamos. Era la silla del abuelo, claro, abuelo de unos, padre de otros. Y sí, era la silla del abuelo, el cuchillo del abuelo, la casa del abuelo. Así lo recuerdan mis hijos. En cambio, aunque los espacios me recuerdan mil cosas, tengo guardadas las charlas interminables en sus últimos años, su enfermedad asumida, el final previsible pero nunca reconocido, la vejez y las historias compartidas. Hablamos y hablamos de lo que los padres podríamos hacer si empezáramos de nuevo, de lo que haríamos igual y de lo que cambiaríamos. Pasaron años de lucha palmo a palmo con su enfermedad hasta que llegó el final. Jamás admitió un dolor, jamás dijo que no aguantaba más. El orgullo era lo más fuerte, tan fuerte que no se lo reconocía ni a sus hijos. Y pensé que esta historia podía ser la de cualquier papá, cargado de sacrificio a lo largo de su vida, cargado de luchas, con más lucha que éxitos, con errores y aciertos pero con trabajo, mucho trabajo, siempre. Cuántos podrán, entre los que ya estamos grandes, compartir este día con sus padres. Ojalá sean muchos. La muerte trae consigo la idea de no vernos más y eso da cierto escalofrío porque no se repetirán los encuentros, los asados, las charlas ni las discusiones. Pero estén o no estén, aunque este día podría ser cualquier otro, me quiero quedar con el balance que será de por vida, con los malos ejemplos que sirven de aprendizaje, con los buenos que enseñan y con la idea del sacrificio de toda una vida. Me quiero quedar con el tiempo compartido, olvidarme por hoy aunque sea de los retos por las malas notas en la escuela, por las malas contestaciones y por las macanas. Quiero recordar los barriletes que hacíamos juntos con papel de diario, quiero traer a hoy los juguetes de madera que surgían de su ingenio de carpintero sin ejercicio, su empeño por inculcarnos el ciclismo como deporte elegido y su apego a la música folclórica. No le gustó el fútbol jamás, pero era hincha de San Lorenzo y ya de viejo se hizo “un poco” de Boca –“por ustedes”, me decía–, pero si jugaban Boca y San Lorenzo era del equipo de Boedo. Se tomaba el trabajo de idear juegos que por las noches concentraban a los chicos del barrio, éramos muchos, y entre muchos nos dábamos fuerza cuando se trataba de cuentos de terror. Muchos en un escenario de pueblo chico donde los mitos y las leyendas eran abundantes. Nos tenía un poco cansados con su único tema. Cada vez que había asado o juntada familiar cantaba lo mismo. Pero se sentía un consagrado, más aún cuando los hermanos le decían que cantaba bien. Eso fue mi viejo, pero puede ser cualquiera de los que ya no están o de los que comparten cada día con sus hijos. De tanto en tanto un mimo no les viene mal, aunque parezcan de roble, aunque jamás se les caiga una lágrima, aunque nunca se quejen. Esa fortaleza puede ser real, pero también sus sentimientos. Claro, en el universo de padres tal vez el suyo o el mío sean nada más que un recuerdo acotado, pero vale reconocerlo, vale el recuerdo y, si se puede, el brindis por ellos. Por los que están y por los que no, cada uno a su modo sabrá medir el abrazo real o imaginario.


Exit mobile version