El triunfo de Chávez
Como sucedió en la Argentina hace casi un año, el domingo más del 54% del electorado venezolano votó a favor de prolongar el statu quo y en contra de la inestabilidad que con toda seguridad le hubiera supuesto un triunfo opositor. Fue debido a la esperanza, o el temor, de que en esta ocasión Hugo Chávez perdiera por un puñado de votos, lo que hubiera provocado una crisis mayúscula no sólo en Venezuela sino también en el resto de la región, que las elecciones que acaban de celebrarse motivaron el interés de muchos que por lo común no se preocupan por las vicisitudes políticas de países extranjeros. Si bien la rotunda victoria de Chávez sobre su joven contrincante Henrique Capriles Radonski sorprendió a quienes habían previsto un resultado más ajustado, fue menos contundente de lo que había pronosticado el caudillo mismo, ya que a inicios de la campaña se manifestaba convencido de que ganaría con más de dos tercios de los votos. Sea como fuere, aunque en vísperas de la jornada electoral Chávez reaccionó frente al desafío planteado por Capriles, comprometiéndose a gobernar en adelante con más prolijidad, no es demasiado probable que modifique su particular estilo. Tampoco lo es que aquellos mandatarios latinoamericanos que lo admiran, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, reconozcan que métodos que pueden funcionar muy bien en un país como Venezuela, en el que todo gira en torno a un solo producto, el petróleo, que el líder máximo puede tratar como si formara parte de su propio patrimonio, no son apropiados para otros de conformación socioeconómica muy distinta. Antes bien, basándose en la experiencia a su juicio exitosa del inventor del “socialismo del siglo XXI”, podrían llegar a la conclusión de que para aumentar el poder que han conseguido les convendría asegurarse un virtual monopolio mediático, una caja llena, redes clientelistas más extensas y el temor generalizado a lo que podría suceder si, andando el tiempo, se vieran reemplazados por opositores de ideas muy diferentes. Con todo, aunque es evidente que muchos kirchneristas se sienten tentados a procurar aplicar aquí la metodología chavista, la situación en que se encuentra Cristina se asemeja cada vez menos a la de su amigo caribeño que, como nos han recordado nuevamente los resultados de las elecciones del domingo, siempre ha contado con el apoyo fervoroso de millones de personas que se creen beneficiadas por el distribucionismo discrecional típico de la clase de gobierno que encabeza. Para muchos en lo que sigue siendo el “Primer Mundo”, en que un aumento apenas perceptible de la tasa de inflación o de desocupación o un escándalo de corrupción menor pueden resultar más que suficientes para hundir un gobierno, la aparente indiferencia de los electorados latinoamericanos hacia tales detalles motiva extrañeza. Pero, como entienden muy bien los kirchneristas, en América Latina suelen importar mucho más “el relato” y “el carisma” de quien lo encarna que la evolución real del costo de vida o la proliferación de empresarios oportunistas que de la noche a la mañana logran transformarse en magnates multimillonarios gracias a sus vínculos con el poder. Por cierto, no cabe duda alguna de que la gestión de Chávez ha sido extraordinariamente ineficaz. En buena lógica, el fenomenal boom petrolero que ha disfrutado Venezuela debería haberle permitido llevar a cabo una revolución social y cultural parecida a la que está en marcha en Brasil, encaminada a poner fin a la pobreza degradante mejorando el sistema educativo y dando un impulso a la productividad de todas las empresas, desde las más rudimentarias hasta las grandes corporaciones, pero, como todos los populistas, Chávez ha preferido limitarse a convertir a “los humildes” en dependientes agradecidos, de tal modo fortaleciendo su propio liderazgo. Asimismo, Chávez sigue aprovechando el desprestigio merecido de la clase política de su país que antes de su llegada en los años finales de la década de los noventa se había destacado por la conducta irresponsable y corrupta del grueso de sus integrantes para frustrar los intentos de organizar partidos auténticos. El que Capriles haya contado con el respaldo de por lo menos treinta partidos distintos refleja la penosa fragmentación del mundillo político de su país que, en este ámbito, se parece mucho al nuestro.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 9 de octubre de 2012
Como sucedió en la Argentina hace casi un año, el domingo más del 54% del electorado venezolano votó a favor de prolongar el statu quo y en contra de la inestabilidad que con toda seguridad le hubiera supuesto un triunfo opositor. Fue debido a la esperanza, o el temor, de que en esta ocasión Hugo Chávez perdiera por un puñado de votos, lo que hubiera provocado una crisis mayúscula no sólo en Venezuela sino también en el resto de la región, que las elecciones que acaban de celebrarse motivaron el interés de muchos que por lo común no se preocupan por las vicisitudes políticas de países extranjeros. Si bien la rotunda victoria de Chávez sobre su joven contrincante Henrique Capriles Radonski sorprendió a quienes habían previsto un resultado más ajustado, fue menos contundente de lo que había pronosticado el caudillo mismo, ya que a inicios de la campaña se manifestaba convencido de que ganaría con más de dos tercios de los votos. Sea como fuere, aunque en vísperas de la jornada electoral Chávez reaccionó frente al desafío planteado por Capriles, comprometiéndose a gobernar en adelante con más prolijidad, no es demasiado probable que modifique su particular estilo. Tampoco lo es que aquellos mandatarios latinoamericanos que lo admiran, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, reconozcan que métodos que pueden funcionar muy bien en un país como Venezuela, en el que todo gira en torno a un solo producto, el petróleo, que el líder máximo puede tratar como si formara parte de su propio patrimonio, no son apropiados para otros de conformación socioeconómica muy distinta. Antes bien, basándose en la experiencia a su juicio exitosa del inventor del “socialismo del siglo XXI”, podrían llegar a la conclusión de que para aumentar el poder que han conseguido les convendría asegurarse un virtual monopolio mediático, una caja llena, redes clientelistas más extensas y el temor generalizado a lo que podría suceder si, andando el tiempo, se vieran reemplazados por opositores de ideas muy diferentes. Con todo, aunque es evidente que muchos kirchneristas se sienten tentados a procurar aplicar aquí la metodología chavista, la situación en que se encuentra Cristina se asemeja cada vez menos a la de su amigo caribeño que, como nos han recordado nuevamente los resultados de las elecciones del domingo, siempre ha contado con el apoyo fervoroso de millones de personas que se creen beneficiadas por el distribucionismo discrecional típico de la clase de gobierno que encabeza. Para muchos en lo que sigue siendo el “Primer Mundo”, en que un aumento apenas perceptible de la tasa de inflación o de desocupación o un escándalo de corrupción menor pueden resultar más que suficientes para hundir un gobierno, la aparente indiferencia de los electorados latinoamericanos hacia tales detalles motiva extrañeza. Pero, como entienden muy bien los kirchneristas, en América Latina suelen importar mucho más “el relato” y “el carisma” de quien lo encarna que la evolución real del costo de vida o la proliferación de empresarios oportunistas que de la noche a la mañana logran transformarse en magnates multimillonarios gracias a sus vínculos con el poder. Por cierto, no cabe duda alguna de que la gestión de Chávez ha sido extraordinariamente ineficaz. En buena lógica, el fenomenal boom petrolero que ha disfrutado Venezuela debería haberle permitido llevar a cabo una revolución social y cultural parecida a la que está en marcha en Brasil, encaminada a poner fin a la pobreza degradante mejorando el sistema educativo y dando un impulso a la productividad de todas las empresas, desde las más rudimentarias hasta las grandes corporaciones, pero, como todos los populistas, Chávez ha preferido limitarse a convertir a “los humildes” en dependientes agradecidos, de tal modo fortaleciendo su propio liderazgo. Asimismo, Chávez sigue aprovechando el desprestigio merecido de la clase política de su país que antes de su llegada en los años finales de la década de los noventa se había destacado por la conducta irresponsable y corrupta del grueso de sus integrantes para frustrar los intentos de organizar partidos auténticos. El que Capriles haya contado con el respaldo de por lo menos treinta partidos distintos refleja la penosa fragmentación del mundillo político de su país que, en este ámbito, se parece mucho al nuestro.
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