El triunfo de la inteligencia
En medio de la agitación que la semana pasada convulsionaba todos los mercados financieros, pocos prestaron mucha atención a la evolución de las acciones de la estadounidense Apple que, si bien pasajeramente, desplazó a la petrolera Exxon, de la misma nacionalidad, como la empresa más valiosa del mundo, con una capitalización bursátil de más de 341.000 millones de dólares, un monto equiparable con nuestro producto bruto anual. Es de prever que, siempre y cuando el precio del petróleo no aumente mucho en los meses próximos, Apple recuperará el primer lugar que ostentó por algunos minutos el 8 del mes corriente. Si lo logra, se trataría de una hazaña notable. A diferencia de Exxon y otras empresas petroleras gigantescas, cuyas dimensiones pueden atribuirse a la explotación de recursos naturales, el éxito de Apple y sus rivales como Microsoft y Google se debe exclusivamente a la inteligencia humana. Aun cuando todas sus instalaciones físicas se destruyeran, se recuperarían pronto porque su riqueza es casi exclusivamente intelectual, ya que de no haber sido por las ideas de un puñado de personas y por su capacidad para aplicarlas, dichas empresas no existirían. Tampoco hubiera avanzado de manera tan vertiginosa la informática, que tanto incide en la vida de una proporción cada vez mayor de los habitantes de la Tierra. Desde hace más de un siglo es evidente que la riqueza relativa de las diversas naciones, con la excepción de algunas escasamente pobladas, depende menos de la posesión de materias primas abundantes –es decir, de la suerte–, que de la movilización de los recursos humanos por parte de sociedades determinadas. No es sólo cuestión del nivel educativo alcanzado por amplios sectores de la población sino también de la presencia de instituciones, sistemas legales, costumbres y actitudes que, en su conjunto, permiten que sean bien aprovechados tales recursos que, es de suponer, están disponibles en todas partes. Nos convendría, pues, tratar de entender los motivos por los cuales las grandes empresas informáticas, y otras basadas en la inteligencia como las relacionadas con la bioingeniería, han nacido y prosperado principalmente en Estados Unidos y, de manera menos espectacular pero así y todo notable, en Europa occidental y el Japón. No es que los habitantes de América Latina estén menos dotados por la naturaleza que los de los países que están liderando la revolución tecnológica, sino que las sociedades en que se forman no brindan a los innovadores un medio ambiente propicio, razón por la que los más talentosos y ambiciosos suelen trasladarse cuanto antes al hemisferio norte, donde muchos han logrado abrirse camino. Una estrategia de desarrollo seria se orientaría a la eliminación de los muchos obstáculos que han frenado el progreso de los países de la región. Uno, el más notorio, consiste en el escaso interés de las elites intelectuales y políticas en la investigación científica que se ve reflejado en los programas de estudios de las universidades más prestigiosas, además, huelga decirlo, del estado deficiente de la educación pública. También sería necesario tomar en cuenta factores jurídicos, el efecto asfixiante de una cultura burocrática anticuada, la hostilidad de tantos hacia el sector privado y la politización enfermiza de virtualmente todo. Es probable que entre nosotros estén personas que, de haber vivido en otro país, hubieran podido emular a los fundadores de empresas como Apple, Microsoft y Google que, en términos económicos, cotizan tanto como la Argentina misma, pero que han tenido que conformarse con manejar pequeñas empresas que apenas consiguen sobrevivir. Tales personas, y las muchas que en otras circunstancias serían capaces de acompañarlas, constituyen la auténtica riqueza del país. En comparación con ellas, los pozos de petróleo, reservas gasíferas y campos sembrados de soja o trigo son, por decirlo así, meramente anecdóticos. A lo sumo, pueden garantizar cierto nivel de prosperidad –pésimamente repartida, es verdad–, pero no son suficientes como para permitir que el país reduzca mucho la brecha que lo separa de otros que, a pesar de sus problemas económicos recientes, siguen disfrutando de un ingreso per cápita varias veces más alto que el nuestro.
En medio de la agitación que la semana pasada convulsionaba todos los mercados financieros, pocos prestaron mucha atención a la evolución de las acciones de la estadounidense Apple que, si bien pasajeramente, desplazó a la petrolera Exxon, de la misma nacionalidad, como la empresa más valiosa del mundo, con una capitalización bursátil de más de 341.000 millones de dólares, un monto equiparable con nuestro producto bruto anual. Es de prever que, siempre y cuando el precio del petróleo no aumente mucho en los meses próximos, Apple recuperará el primer lugar que ostentó por algunos minutos el 8 del mes corriente. Si lo logra, se trataría de una hazaña notable. A diferencia de Exxon y otras empresas petroleras gigantescas, cuyas dimensiones pueden atribuirse a la explotación de recursos naturales, el éxito de Apple y sus rivales como Microsoft y Google se debe exclusivamente a la inteligencia humana. Aun cuando todas sus instalaciones físicas se destruyeran, se recuperarían pronto porque su riqueza es casi exclusivamente intelectual, ya que de no haber sido por las ideas de un puñado de personas y por su capacidad para aplicarlas, dichas empresas no existirían. Tampoco hubiera avanzado de manera tan vertiginosa la informática, que tanto incide en la vida de una proporción cada vez mayor de los habitantes de la Tierra. Desde hace más de un siglo es evidente que la riqueza relativa de las diversas naciones, con la excepción de algunas escasamente pobladas, depende menos de la posesión de materias primas abundantes –es decir, de la suerte–, que de la movilización de los recursos humanos por parte de sociedades determinadas. No es sólo cuestión del nivel educativo alcanzado por amplios sectores de la población sino también de la presencia de instituciones, sistemas legales, costumbres y actitudes que, en su conjunto, permiten que sean bien aprovechados tales recursos que, es de suponer, están disponibles en todas partes. Nos convendría, pues, tratar de entender los motivos por los cuales las grandes empresas informáticas, y otras basadas en la inteligencia como las relacionadas con la bioingeniería, han nacido y prosperado principalmente en Estados Unidos y, de manera menos espectacular pero así y todo notable, en Europa occidental y el Japón. No es que los habitantes de América Latina estén menos dotados por la naturaleza que los de los países que están liderando la revolución tecnológica, sino que las sociedades en que se forman no brindan a los innovadores un medio ambiente propicio, razón por la que los más talentosos y ambiciosos suelen trasladarse cuanto antes al hemisferio norte, donde muchos han logrado abrirse camino. Una estrategia de desarrollo seria se orientaría a la eliminación de los muchos obstáculos que han frenado el progreso de los países de la región. Uno, el más notorio, consiste en el escaso interés de las elites intelectuales y políticas en la investigación científica que se ve reflejado en los programas de estudios de las universidades más prestigiosas, además, huelga decirlo, del estado deficiente de la educación pública. También sería necesario tomar en cuenta factores jurídicos, el efecto asfixiante de una cultura burocrática anticuada, la hostilidad de tantos hacia el sector privado y la politización enfermiza de virtualmente todo. Es probable que entre nosotros estén personas que, de haber vivido en otro país, hubieran podido emular a los fundadores de empresas como Apple, Microsoft y Google que, en términos económicos, cotizan tanto como la Argentina misma, pero que han tenido que conformarse con manejar pequeñas empresas que apenas consiguen sobrevivir. Tales personas, y las muchas que en otras circunstancias serían capaces de acompañarlas, constituyen la auténtica riqueza del país. En comparación con ellas, los pozos de petróleo, reservas gasíferas y campos sembrados de soja o trigo son, por decirlo así, meramente anecdóticos. A lo sumo, pueden garantizar cierto nivel de prosperidad –pésimamente repartida, es verdad–, pero no son suficientes como para permitir que el país reduzca mucho la brecha que lo separa de otros que, a pesar de sus problemas económicos recientes, siguen disfrutando de un ingreso per cápita varias veces más alto que el nuestro.
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