El voto de Lula

Por Redacción

Para el disgusto comprensible de su rival, Carlos Menem, Néstor Kirchner optó por iniciar su gestión presidencial diez días antes de la fecha prevista para el ballottage con una entrevista bien publicitada con el mandatario brasileño, Luiz Inácio «Lula» da Silva, seguida por otra con el chileno Ricardo Lagos. Además de contribuir a intensificar la impresión ya difundida de que el ballottage no será más que un trámite formal, el propósito de su gira relámpago era mostrar que es plenamente capaz de cumplir un papel digno en el escenario latinoamericano y que desde el vamos contará con el respaldo decidido de los líderes vecinos más destacados. Puesto que, a diferencia de Menem, Kirchner es un partidario conocido de «la integración latinoamericana», su éxito ha sido notable, sobre todo en el Brasil, donde Lula no hizo el menor esfuerzo por ocultar su preferencia por su visitante por encima de Menem, llegando al extremo escasamente diplomático de afirmar que si fuera ciudadano argentino no vacilaría en darle su voto. Si bien de forma menos exuberante, el chileno Lagos dejó saber que no lo considera hostil a su país a pesar de ciertas declaraciones típicamente vehementes que Kirchner formuló en su época de rebelde patagónico de actitudes agresivamente nacionalistas. El que Kirchner haya podido cenar con sus parientes chilenos no lo habrá perjudicado.

Puesto que en los meses últimos Lula ha conseguido merecer el respeto de los empresarios y financistas internacionales sin por eso perder la simpatía de quienes se creen progresistas, su aval no puede sino ayudar a Kirchner, un político que a juicio de muchos es meramente un títere manipulado por el peronismo bonaerense de Eduardo Duhalde, a convencer a los escépticos de que podría estar en condiciones de gobernar el país. Asimismo, el compromiso del santacruceño y de su primer ministro de Economía in pectore, Roberto Lavagna, con el Mercosur, habrá servido para dar cierta coherencia a su eventual gestión. No se trata de un asunto menor. Por motivos evidentes, siempre conviene que un gobierno pueda encapsular su «proyecto» en muy pocas palabras, razón por la cual Menem dio a entender que encarnaba la «integración al mundo» y, antes de producirse la renuncia de su vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, Fernando de la Rúa pareció representar «la lucha contra la corrupción». Con tal de que Kirchner logre consolidarse en el poder, será probable que el tema básico de su gestión o, cuando menos, de la primera etapa, sea «la profundización del Mercosur», meta que, de más está decirlo, muchos tomarán por una forma relativamente segura de oponerse a Estados Unidos.

En opinión del gobierno brasileño y también del muy poderoso lobby paulista que siempre ha logrado hacer de sus propias prioridades una «política de Estado», la «integración» económica con la Argentina sería sumamente provechosa, pero para nuestro país los beneficios de apostar casi todo a la relación con el Brasil nunca fueron tan evidentes. Al fin y al cabo, el objetivo a largo plazo de nuestros gobiernos debería consistir en contribuir a mejorar la productividad de la sociedad en su conjunto para que pueda «competir» con las más avanzadas. En este contexto, algunas medidas proteccionistas determinadas podrían ser útiles, aunque en el pasado los resultados de los esquemas de este tipo que se ensayaron fueron abrumadoramente decepcionantes, pero no nos convendría en absoluto resignarnos a formar parte de un bloque proteccionista dominado por los industriales de un gran país que, por desgracia, es en términos económicos bastante atrasado. Por el contrario, si bien las barreras defensivas que muchos brasileños quisieran erigir en torno de su propia esfera de influencia serían muy atractivas para aquellos empresarios que no tienen interés en intentar fabricar productos que podrían venderse en mercados un tanto más exigentes que el mercosureño, el proteccionismo que suponen no estimularía en absoluto a los más ambiciosos que entienden que para que un día los argentinos disfruten de un nivel de vida comparable con el ya habitual en Italia o España, su economía tendrá que ser por lo menos tan productiva como las del sur de Europa, meta que no se alcanzará si nos concentramos demasiado en «la integración» con el Brasil.


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