El voto en blanco, o negar lo que se teme

Votos en blanco se registraron el domingo en la categoría de diputados nacionales.





Las elecciones primarias para definir las candidaturas a diputados nacionales no asignan bancas ni generan efectos institucionales. Por eso mismo, constituyen una rica fuente de información sobre las preferencias de los electores, ya que el voto se decide sin la presión o las especulaciones de un comicio definitorio. En ese marco conviene analizar cómo el voto en blanco captó en Río Negro el segundo lugar de las preferencias electorales en la candidatura de diputados nacionales: • Unas 39.000 personas ingresaron al cuarto oscuro, miraron las propuestas, votaron una fórmula presidencial pero eligieron no incluir en el sobre ninguna de las seis listas de candidatos a diputados nacionales. • Otras 5.000 personas dejaron libres tanto el tramo presidencial como de aspirantes al Congreso. En suma, fueron 44.000 personas las que no votaron listas de diputados nacionales. En “Ensayo sobre la lucidez”, José Saramago imagina la reacción de la clase política de un país ficcional luego de que, en unas elecciones municipales, más del 75 por ciento de los electores se inclinaran por votar en blanco, porcentaje que creció al 83 por ciento en una también imaginaria segunda vuelta. La obra describe la conjura, la sospecha y la persecución en busca de culpables, sin que se sepa muy bien de qué. El voto en blanco El voto en blanco es, para la ciencia política y el constitucionalismo, expresión genuina de la voluntad electoral. Es un voto válido y de significación clara, que puede ser leído en forma tan precisa como la manifestación en favor de una u otra lista. En un país como el nuestro, en que participar de un sufragio es obligatorio, es la manera que el sistema democrático reserva a los ciudadanos que deseen comunicar a la dirigencia política que las ofertas de candidatos que los partidos han puesto a su alcance no le satisfacen. Se diferencia del voto nulo precisamente porque éste es “anti-sistema”. Quien voluntariamente introduce en el sobre un papel ajeno a la votación o rompe y tacha una boleta hasta hacerla ilegible, reniega del propio sistema electoral, por lo cual su sufragio no se considera válido ni se computa para establecer porcentajes. El voto en blanco, en cambio, es válido y, por lo tanto, conforma el universo de sufragios a tomar en cuenta para calcular el porcentaje de preferencias obtenido por cada lista de candidatos. Sin embargo, no lo es, y se lo relega a la “letra chica” de los cómputos finales. La asignación de bancas Para lo único que el voto en blanco no puede ser considerado es para la asignación de bancas en un cuerpo parlamentario, ya que el vacío no puede ocupar un lugar físico en la acción política concreta. Para cualquier otro efecto, vale y expresa. La legislación electoral y la propia Constitución fueron mutando en los últimos años hasta -virtualmente- eliminar los efectos políticos del voto en blanco, sobre todo a partir de la crisis de representación que hizo eclosión en el año 2001 en la Argentina. El primer cambio se introdujo en la Constitución Nacional, al reformarla en 1994, cuando se consignó -sólo para la elección de presidente y vice- que, a los efectos de determinar la necesidad o no de segunda vuelta, se considerara el porcentajes de los “votos afirmativos válidamente emitidos”. Hasta entonces, toda referencia legal y constitucional aludía a porcentajes de “votos válidamente emitidos”, lo que -por supuesto- incluía a los en blanco. A partir de esa reforma, la siguiente modificación de la ley electoral nacional adoptó esa tesitura para todos los comicios, y dejó de considerar a los votos en blanco para el cálculo de porcentajes de los resultados de una elección. “Ninguneados” o no, existen y se hacen notar.

Luego de modificar la Constitución y la ley los votos en blanco dejaron de computarse para sacar los porcentajes de cada partido.

ELECCIONES PRIMARIAS 2011

ALICIA MILLER amiller@rionegro.com.ar


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El voto en blanco, o negar lo que se teme