El voto tucumano

Por Redacción

En opinión de muchos juristas, el ex radical, ex duhaldista y por ahora kirchnerista fervoroso José Alperovich no tenía derecho alguno a ser candidato a gobernador de Tucumán, ya que la Constitución provincial prohíbe una segunda reelección, pero tal detalle no molestó ni al mandatario, el que con la ayuda de la Corte Suprema local logró hacer desaparecer su primer período, ni al 70% del electorado tucumano que el domingo pasado le dio una mayoría masiva, aunque no fue tan grande como en el 2007 cuando fue elegido –mejor dicho, reelegido– con el 78% de los votos. De todos modos, por tratarse de un electorado que en los años noventa mantuvo en vilo al resto del país encolumnándose detrás del truculento militar Antonio Domingo Bussi a pesar de los crímenes de lesa humanidad que había perpetrado en la jurisdicción como interventor de la dictadura castrense, el que una vez más haya pasado por alto las formalidades institucionales no fue una sorpresa. Tampoco lo fue que, al confirmarse su triunfo holgado en las urnas, Alperovich lo haya dedicado a Néstor Kirchner y a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En todas las provincias, pero en especial las pobres, los gobernadores entienden muy bien que les conviene contar con el respaldo de “la Nación” –es decir del presidente de turno–, puesto que de lo contrario carecerían del dinero que necesitan para mantener contentos a los muchos que dependen del Estado. Como ya es habitual en ocasiones como ésta, Alperovich niega que el resultado electoral fuera producto del clientelismo; dice que “la gente no se vende por bolsones”. Lo atribuye a las bondades de una gestión que se inició en el 2003 pero que, dicen sus críticos, ha cambiado muy poco en una provincia, dominada por una pequeña oligarquía, en que la mayoría sigue hundida en la pobreza. Para los deseosos de modificar el statu quo en Tucumán y otras provincias de características similares, para no hablar del superpoblado conurbano bonaerense, el conservadurismo al parecer congénito del electorado es motivo de frustración, pero dadas las circunstancias es comprensible. Puede que desde el punto de vista de la minoría que se preocupa por tales temas el clientelismo paternalista que se ha difundido por el país sea denigrante y, para más señas, sirva para perpetuar la miseria, pero desde aquél de los acostumbrados a depender de la ayuda ajena y supuestamente personalizada, es mejor que las alternativas planteadas por políticos opositores. Asimismo, la sensación generalizada de que la economía nacional está disfrutando de un buen momento y la esperanza de que los beneficios terminen llegando a las zonas más rezagadas se han combinado para que la mayoría apueste al continuismo. En buena parte del país, y también en el resto de América Latina, pequeñas minorías dominantes conformadas por empresarios y quienes viven de la política han aprendido a aprovechar las necesidades de la mayoría pobre. Con pasión, sus voceros se afirman decididos a luchar por el desarrollo y la justicia social, atribuyen la desigualdad extrema a la maldad de sus supuestos enemigos ideológicos y contrastan su propio pragmatismo con la incapacidad de los opositores locales para formular propuestas concretas o proyectos realistas. El método funciona. Siempre y cuando los líderes sepan adaptarse a tiempo a los cambios políticos nacionales e incluso internacionales, les es relativamente fácil conservar sus privilegios. Como nos recuerda la trayectoria política a primera vista sinuosa pero en verdad consistente de Alperovich y quienes lo rodean, siempre hay que pactar con los poderes existentes. En la actualidad, esto significa sumarse al “proyecto” de la presidenta Cristina, razón por la que en las provincias pobres tiene asegurada una cantidad abultada de votos para las elecciones de octubre. Distintos dirigentes opositores dicen que la hegemonía caudillista de Alperovich y sus equivalentes en otras partes del interior tiene los días contados, pero el cambio que están esperando no parece estar por producirse en los meses próximos. Cuando por fin llegue, quienes están en el poder se esforzarán por acompañarlo: puesto que son expertos consumados en el arte de sobrevivir política y económicamente, no extrañaría en absoluto que lograran madrugar a sus adversarios.


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