Embrollo bonaerense
Para sorpresa de aquellos peronistas que creían que todo ya había sido arreglado, la esposa del presidente Eduardo Duhalde optó por no ser la compañera de fórmula del gobernador bonaerense Felipe Solá en las elecciones provinciales de setiembre, decisión que, según parece, se debió a motivos más personales que políticos aunque, claro está, en la actualidad la diferencia entre lo personal y lo político suele ser mínima. Sea como fuere, no cabe duda de que la actitud de «Chiche» Duhalde ha perjudicado mucho a Solá, mandatario cuya independencia de criterio le ha supuesto la hostilidad apenas disimulada de los caciques peronistas del conurbano que sospechan que de tener la oportunidad trataría de obligarlos a respetar normas un tanto menos rudimentarias que las propias del tristemente célebre «aparato duhaldista». Desde el punto de vista de los intendentes y operadores de la zona, la presencia de Chiche como vicegobernadora a cargo de repartir los «gastos sociales» hubiera sido una garantía de que poco cambiara en los próximos años.
Otro que se ha visto perjudicado por la decisión de la esposa de Duhalde ha sido el candidato presidencial Néstor Kirchner, que esperaba contar con su apoyo activo en la campaña electoral. Aunque es posible que Chiche procure ayudarlo, el que por ahora cuando menos afirme preferir quedarse en casa lo privará de las ventajas que le hubiera supuesto la convicción de que de triunfar contaría con el respaldo firme de la familia Duhalde, asegurándose así una base de sustentación política que sería mucho más fuerte que la surgida del cuarto oscuro. Si bien los Duhalde no siempre figuran entre los dirigentes más respetados del país, la conciencia de que al próximo presidente le sería sumamente difícil gobernar con el peronismo bonaerense en contra no puede sino incidir en la actitud de los muchos que temen que el poder del próximo ocupante de la Casa Rosada sea tan precario que las elecciones, lejos de inaugurar un período de estabilidad política, sean la antesala del caos. Aunque el protagonismo de Chiche, lo mismo que el de otros personajes como el senador Eduardo Menem, se debe más que nada a su relación personal con un «caudillo», ha logrado aprovechar las oportunidades para construirse una imagen propia, la de una administradora presuntamente eficaz preocupada, cuando no, por los problemas sociales, de suerte que es probable que de haber acompañado a Solá le hubiera asegurado una cantidad apreciable de votos procedentes de sectores que no suelen sentirse atraídos por el estilo poco populista del gobernador. Sin embargo, tal aporte no hubiera sido gratuito. Antes bien, los duhaldistas no hubieran vacilado un solo momento en atribuir un eventual triunfo de Solá al «carisma» de su compañera de fórmula, lo cual, a su entender, les otorgaría el derecho a considerarlo un mero títere obligado a obedecer sus instrucciones o, caso contrario, a pagar las consecuencias. Puesto que la crisis en la que el país se precipitó a fines del 2001 fue en buena medida el resultado de una situación en la que el «poder real» no estaba en manos del presidente formal sino de caudillos partidarios que no se sentían responsables por el gobierno, la reedición del esquema perverso así supuesto en la provincia más poderosa del país no contribuiría en absoluto a garantizar la gobernabilidad.
Es un secreto a voces que Duhalde, alentado por encuestas de opinión que lo han convencido de que por fin la ciudadanía está dispuesta a aceptarlo, quiere conservar su poder con la esperanza de regresar a la Casa Rosada en el 2007 a caballo de una mayoría electoral genuina. Puesto que ya se ha comprometido a terminar su gestión actual el 25 de mayo, está concentrándose en conservar su poder sobre el aparato bonaerense, conjunto en el que, como sabe muy bien, no abundan los personajes que sean a un tiempo presentables y «leales», razón por la que ha convalidado las pretensiones de Solá a pesar de no tener éste el perfil de un duhaldista típico. Pero sin la presencia en la fórmula de Chiche, las posibilidades de Solá se verán tan reducidas, que los bonaerenses podrían terminar eligiendo a un candidato aún menos duhaldista, lo que además de constituir un revés muy doloroso para el presidente interino complicaría todavía más un panorama político que ya se ve sumamente embrollado.