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Redacción

Por Redacción

El papa Benedicto XVI eligió un momento oportuno para visitar España y presidir la Jornada Mundial de la Juventud. España, un país que durante siglos fue dominado por el catolicismo, se transformó luego del derrumbe de la dictadura franquista en un bastión del laicismo militante, pero últimamente se ha precipitado en una crisis económica y social que afecta sobre todo a los relativamente jóvenes. Aunque sería ingenuo atribuir los problemas enfrentados por tantos españoles y otros europeos que se sienten desorientados a nada más que el reemplazo de las viejas certezas religiosas por otras que podrían calificarse de progresistas, también lo sería suponer que el cambio que se ha producido en el sistema de valores no ha incidido en la evolución de la sociedad. Por cierto, no habrá sido sólo una casualidad que el colapso de la autoridad de la Iglesia Católica en países como España, Italia e Irlanda haya coincidido con una caída estrepitosa de la tasa de natalidad que, entre otras cosas, ha hecho insostenibles esquemas previsionales que se crearon en circunstancias muy distintas. El pontífice alemán dista de ser el único convencido de que la crisis que están viviendo todos los países occidentales es en el fondo “moral” y que está relacionada con “la superficialidad, el consumismo y el hedonismo imperantes” que denunció en Madrid, o que se afirma ofendido por “tanta insolidaridad y tanta corrupción”. Irónicamente, tal vez, comparten su opinión muchos progresistas laicos que, por supuesto, no imputan tales lacras al abandono de la fe religiosa sino a la naturaleza del sistema capitalista vigente. Sin embargo, aunque en todas partes –salvo en la Argentina kirchnerista– el consumismo tiene mala prensa, si demasiados tomaran al pie de la letra las recomendaciones tanto del Papa como de los críticos laicos más virulentos del capitalismo, negándose a comprar bienes de consumo no necesarios, la consecuencia inmediata sería una depresión económica fenomenal y el aumento vertiginoso del desempleo. Mal que bien, el consumo es el principal motor de la economía moderna y ha posibilitado que muchos centenares de millones de personas, no una pequeña elite como en el pasado por el que tantos clérigos como Joseph Ratzinger sienten nostalgia, disfrutaran de un grado notable de bienestar material. Si la mayoría optara por reducir sus gastos al mínimo, dando la espalda al consumismo por motivos éticos como los reivindicados por el Papa y por muchos izquierdistas de mentalidad parecida, los más perjudicados serían los pobres cuyos ingresos dependen por completo de la marcha de la economía local. Es probable que en Europa las distintas confesiones religiosas se vean beneficiadas por la “crisis de valores” que afecta al mundo entero, pero no lo es que las iglesias cristianas logren reconquistar la virtual hegemonía intelectual, y el poder político, que tuvieron en otros tiempos. A lo sumo, desempeñarán un papel crítico que obligue a dirigentes mayoritariamente laicos a cuestionar sus propios principios y reconocer la necesidad de pensar más en las consecuencias a largo plazo de las reformas que se propongan. En todos los países de cultura europea abundan los “indignados” que se sienten terriblemente decepcionados por la brecha imprevista que se da entre expectativas que hasta hace apenas tres años les parecieron razonables y la realidad del “mercado de trabajo”. Sociedades en que la mayoría se había acostumbrado a creer que el crecimiento económico sería incesante y que siempre habría más recursos financieros disponibles han descubierto de golpe que podrían esperarles años de estancamiento o, lo que sería peor, de retroceso, eventualidad ésta para la que no se habían preparado. Hasta ahora, los dirigentes políticos europeos y norteamericanos no han conseguido responder de manera satisfactoria a los reclamos de quienes temen por su futuro en sociedades en que no pueden encontrar un lugar laboral acorde con sus esperanzas y con sus calificaciones educativas. Culpar a banqueros codiciosos y a “la corrupción” del descalabro económico y social puede servir para aplacar a algunos, pero no ayudará a solucionar los problemas concretos de los millones de personas que temen por su futuro en un mundo que, de súbito, se ha vuelto mucho más exigente.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 21 de agosto de 2011


El papa Benedicto XVI eligió un momento oportuno para visitar España y presidir la Jornada Mundial de la Juventud. España, un país que durante siglos fue dominado por el catolicismo, se transformó luego del derrumbe de la dictadura franquista en un bastión del laicismo militante, pero últimamente se ha precipitado en una crisis económica y social que afecta sobre todo a los relativamente jóvenes. Aunque sería ingenuo atribuir los problemas enfrentados por tantos españoles y otros europeos que se sienten desorientados a nada más que el reemplazo de las viejas certezas religiosas por otras que podrían calificarse de progresistas, también lo sería suponer que el cambio que se ha producido en el sistema de valores no ha incidido en la evolución de la sociedad. Por cierto, no habrá sido sólo una casualidad que el colapso de la autoridad de la Iglesia Católica en países como España, Italia e Irlanda haya coincidido con una caída estrepitosa de la tasa de natalidad que, entre otras cosas, ha hecho insostenibles esquemas previsionales que se crearon en circunstancias muy distintas. El pontífice alemán dista de ser el único convencido de que la crisis que están viviendo todos los países occidentales es en el fondo “moral” y que está relacionada con “la superficialidad, el consumismo y el hedonismo imperantes” que denunció en Madrid, o que se afirma ofendido por “tanta insolidaridad y tanta corrupción”. Irónicamente, tal vez, comparten su opinión muchos progresistas laicos que, por supuesto, no imputan tales lacras al abandono de la fe religiosa sino a la naturaleza del sistema capitalista vigente. Sin embargo, aunque en todas partes –salvo en la Argentina kirchnerista– el consumismo tiene mala prensa, si demasiados tomaran al pie de la letra las recomendaciones tanto del Papa como de los críticos laicos más virulentos del capitalismo, negándose a comprar bienes de consumo no necesarios, la consecuencia inmediata sería una depresión económica fenomenal y el aumento vertiginoso del desempleo. Mal que bien, el consumo es el principal motor de la economía moderna y ha posibilitado que muchos centenares de millones de personas, no una pequeña elite como en el pasado por el que tantos clérigos como Joseph Ratzinger sienten nostalgia, disfrutaran de un grado notable de bienestar material. Si la mayoría optara por reducir sus gastos al mínimo, dando la espalda al consumismo por motivos éticos como los reivindicados por el Papa y por muchos izquierdistas de mentalidad parecida, los más perjudicados serían los pobres cuyos ingresos dependen por completo de la marcha de la economía local. Es probable que en Europa las distintas confesiones religiosas se vean beneficiadas por la “crisis de valores” que afecta al mundo entero, pero no lo es que las iglesias cristianas logren reconquistar la virtual hegemonía intelectual, y el poder político, que tuvieron en otros tiempos. A lo sumo, desempeñarán un papel crítico que obligue a dirigentes mayoritariamente laicos a cuestionar sus propios principios y reconocer la necesidad de pensar más en las consecuencias a largo plazo de las reformas que se propongan. En todos los países de cultura europea abundan los “indignados” que se sienten terriblemente decepcionados por la brecha imprevista que se da entre expectativas que hasta hace apenas tres años les parecieron razonables y la realidad del “mercado de trabajo”. Sociedades en que la mayoría se había acostumbrado a creer que el crecimiento económico sería incesante y que siempre habría más recursos financieros disponibles han descubierto de golpe que podrían esperarles años de estancamiento o, lo que sería peor, de retroceso, eventualidad ésta para la que no se habían preparado. Hasta ahora, los dirigentes políticos europeos y norteamericanos no han conseguido responder de manera satisfactoria a los reclamos de quienes temen por su futuro en sociedades en que no pueden encontrar un lugar laboral acorde con sus esperanzas y con sus calificaciones educativas. Culpar a banqueros codiciosos y a “la corrupción” del descalabro económico y social puede servir para aplacar a algunos, pero no ayudará a solucionar los problemas concretos de los millones de personas que temen por su futuro en un mundo que, de súbito, se ha vuelto mucho más exigente.

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