En el camino – Alturas II

Redacción

Por Redacción

Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar

Irene Caselli

irenecaselli@gmail.com

Es un hombre extraordinario que me inspiró para que llegara a amar las alturas. A los pocos meses en Quito, me enteré de un programa de montañismo dedicado a “jóvenes de toda edad”: el entrenamiento duraba 90 días y el objetivo era llegar a 5.897 metros, la cima del Cotopaxi.

Enfrentarse cada semana a cumbres más exigentes me parecía imposible. Detesto el frío y los glaciares me daban miedo. Pero me animé al escuchar que el fundador del programa, Fabián Zurita, era el montañista activo más viejo del país.

Este pequeño hombre de 75 años -ahora por los 80-, austero y con el rostro ajado por el sol, no tenía pinta de crack deportivo. Tampoco lo ayudaba su vestimenta: suéter grueso de lana con dibujos de llamas, pantalones que parecían un pijama, y botines antiguos y pesados.

Al verlo andar por los caminos empinados del Ilaló, un volcán inactivo de 3.000 metros en las afueras de Quito, algo cambió: si Fabián podía avanzar sin quejarse, ¿cómo me iba a detener el frío o la falta de oxígeno? Además, estaba segura de que había algún secreto para que él siguiera en la montaña. ¿Habría encontrado el famoso elixir de la vida?

Fabián conoció las alturas en diciembre del 1950, a los 16 años, en una expedición del colegio.. Sin gafas de sol, se aventuró por el glaciar de los Illinizas, desconociendo los daños que el reflejo de la luz en la nieve puede provocar a la vista. Esa noche volvió a su casa con los ojos ardiendo, pero feliz porque había encontrado el amor de su vida: la montaña.

A diferencia de otros andinistas, nunca se dedicó a coronar los picos más altos del mundo. Su misión ha sido transmitir su pasión por las cumbres a través de programas como aquél en el que participé, o de campamentos de verano para niños. “He llevado miles de personas a conocer las alturas. Este ha sido mi Everest”, suele repetir.

Con él descubrí las reglas para llegar a la cima: concentrarse, respirar por la nariz, avanzar a ritmo lento pero regular, sin parar. Me llevó a rincones perdidos del Ecuador y de su famosa Avenida de los Volcanes. También aprendí a reconocer los nevados que se veían desde Quito al amanecer, y las pocas plantas que pueblan los páramos andinos después de los 4.000 metros. Y por primera vez vi un cóndor, una rareza en Ecuador, donde hay menos de 50 al aire libre.

Me acuerdo ese día. Avanzábamos hacia el refugio del Cayambe, el tercer pico del país. Fabián paró y se quedó en silencio, mirando para arriba. El cóndor, de un marrón claro, estaba en una roca distante. Por un instante miré esa ave legendaria. Pero enseguida me di vuelta hacia Fabián. Hice click: el secreto estaba en esa sonrisa de niño, sorprendido y emocionado.

Periodista italiana

@irenecaselli


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